15 de noviembre de 2011

0544- LOS OASIS QUE NO SALVAN VIDAS.

Las fotos son ciertamente espectaculares, pero yo no llamaría a desierto a estas arenas, ni oasis a estas aguas, al menos tal como normalmente los entendemos. No hay oasis sin agua, ni desierto sin arena. Pero en el caso de la foto que nos ocupa, sí hay desiertos con agua y sin oasis.
Se trata del Parque Nacional Lencois Maranhenses, estado de Maranhao, al noreste de Brasil. Un "desierto" de 300 Km2. de dunas de blanca arena y grandes lagunas que ofrecen una estampa particular y maravillosa, diferente completamente de lo que es un desierto convencional.
Esa diferencia estriba justamente en la gran cantidad de lluvias que caen sobre el territorio (1600mm.) lo cual no impide que, en la estación seca, las aguas se evaporen en su totalidad. A pesar de ello, algunas especies de peces y sobre todo almejas y tortugas perduran enterrados en las arenas y renacen a la vuelta de las lluvias.
La región tiene escasas infraestructuras turísticas pero no se descarta que pueda convertirse en un objetivo turístico de primer orden.

Aquí vemos algo distinto y normal, sobre lo que uno se imagina ante la palabra oasis, o sea, lugar relativamente pequeño donde hay agua, dentro de un desierto de medidas descomunales. Concretamente se trata del oasis Ubari, en Libia y perteneciente por tanto al Desierto del Sahara, el más grande del mundo.

De todas formas las cosas ya no son como antes y menos todavía en aquellos desiertos que forman parte de países con mayor o menor riqueza petrolífera.
Los desiertos con buenas carreteras son menos desiertos y los oasis, más que un lugar donde aplacar la sed, empiezan a ser destinos turísticos en los que no falta ninguna de las comodidades donde disfrutar y donde pueden cobrarte mediante la correspondiente tarjeta VISA. Aquellas penalidades de antaño, han quedado solamente para las películas de aventuras cuya realidad no existe.

A la vista de alguna fotografías que no desvelan el entorno, uno puede pensar que el lugar es realmente un paraje sin más contenido que el de poder apagar la sed del desierto abrasador y poder resguardarse bajo la sombra de cuatro raquíticas palmeras pero, nada más lejos de la realidad. Tras estas piedras y siguiendo el bonito camino que nos lleva al refrescante manantial, puede esconderse un cómodo hotel, un restaurante de lujo, o un destino turístico de primer orden.
Los camellos siguen circulando por el desierto, pero en poca cantidad. Hacerlo ya no es una necesidad, ni tampoco un negocio. Las pocas caravanas que siguen cruzándolo lo hacen más por nostalgia que por otra cosa. Es una forma de vida ancestral que de unos años a esta parte ha quedado invalidada por la multitud de carreteras o pistas que son atravesadas diariamente por camiones, todo terrenos y hasta por simples turismos.
El oasis es una estampa idílica, agradecido final de penalidades que la realidad y especialmente el cine nos ha mostrado en multitud de ocasiones. Desde siempre ha sido lugar de descanso y avituallamiento de agua con la que aplacar la sed de personas y animales. Hoy viene a ser lo mismo, pero a lo grande. Ya no es lugar de salvación, porque no se necesita, pero si lugar de descanso y relax donde pasar una o varias noches en lo que algunos llamarán "penalidades", por el único y simple hecho de que no encuentre la marca de vino o refresco que bebe habitualmente. También la comida puede ser y sin duda lo será, muy diferente a lo que los visitantes están acostumbrados, pero eso forma parte de la aventura y por lo tanto tiene su divertimento y su parte positiva.

El camello de la foto no está atado al tronco de una palmera, ni bebe agua encharcada. Se trata sin duda de un montaje simpático, pero que solo es eso: un montaje.
En fin, como se ha dicho anteriormente, los oasis han sido siempre lugar de salvación y descanso dentro del rigor abrasador del desierto pero hoy, que la sed ya no es impedimento para cruzarlo, siguen siendo lugar de esparcimiento y habitación de aquellas familias que lo habitaron desde siempre. Los jóvenes van marchando a las ciudades, pero los viejos quedan anclados a la nostalgia de tiempos pasados, tiempos que no fueron mejores, pero que fueron los suyos. Las cosas han cambiado mucho y no es difícil encontrar en estos lugares un bar, souvenirs y hasta algún pequeño hotel o restaurante. En algunos casos cruce de diferentes rutas, el oasis actual es muchas veces lugar de parada en viajes de aventura y de esparcimiento.
Ya nada es como antes, todo cambia, pero todo queda...

EL ÚLTIMO CONDILL

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