18 de junio de 2026

3333/0148- PERO, ¿QUÉ PASA CON LAS SUEGRAS?.

Se entiende que el título de esta entrada se refiere solamente a las suegras de las mujeres, porque la de los hombres... ¡son pan integral!. En fin, asuntos de pareja... Evaristo y Carmen llevan casasdos cuatro años. El es dentista y ella secretaria de dirección. Tienen problemas. Antes de acudir a un consejero matrimonial, la pareja estaba a punto de romperse porque, según Evaristo, su mujer le obligaba a elegir entre ella o su madre. En cambio para Carmen el problema es que su suegra se metía en todo y su marido nunca la defendía. El consejero no sabé qué camino tomar... El marido (Evaristo) le decía al profesional: "Mi mujer me ha puesto entre la espada y la pared. Quiere que mande a mi madre a paseo. O ella o mi madre. Discutimos todas las noches y, claro, de sexo nada de nada. Nos metemos en la cama sin dirigirnos la palabra"...


A todo esto, Carmen responde al consejero matrimonial: "¡Quiero que mi suegra deje de interferir en nuestra vida, y que no diga que soy una mala madre!. Evaristo tiene que poner en claro que primero somos mi hijo y yo... y después su madre. ¡No sopoprto que siempre se ponga de su parte!". El profesional no sabe qué responder para no enfadar a ninguna de las partes. Y es que resulta lamentable que una pareja que parece tenerlo todo, buenos trabajos, casa con jardín a las afueras y un hijo maravilloso, tenga que vivir con ellos la suegra y lo ponga todo patas arriba. Evaristo hizo una primera visita solo y contó al terapeuta que su padre había muerto dos años atrás y su madre había vendido la casa y comprado un piso, pero tenía que esperar dos meses para que lo rehabiitaran y el matrimonio pensó que lo mejor era que pasara ese tiempo con ellos. Hasta ahí todo perfecto, pero...


La buena voluntad de ambos en acogerla ha sido un desastre. "Carmen está desquiciada y me reprocha que no me ponga de su parte cuando ellas discuten. Cuando no es por una cosa es por otra y, aunque con nimiedades, todas las noches acabamos con morros y malas caras". Pero Evaristo piensa que detrás de esto hay algo más, ya que su mujer siempre reacciona a gritos y le exige a su marido que ponga fin a la situación. "¿Cómo iba a mandar a mi madre a paseo si acababa de morir mi padre?". Y así quedó la cosa... hasta que a la semana siguiente fueron los dos a la consulta. Ella se puso inmediatamente a la defensiva. "Su madre piensa que no debería trabajar y que me dedicara a cuidar a Evaristo y a nuestro hijo y no para de decirle al niño que mamá no tiene tiempo para ellos. ¡Y eso no es verdad!".


"Necesito el apoyo de mi marido para solucionar el problema". Inesperadamente el terapeuta le dice a Carmen: "Por qué no se lo dices tú a tu suegra". Ella se queda sorprendida, pues nunca había pensado en esa posibilidad. Sin embargo, poco a poco, gracias al terapeuta el matrimonio empieza a escucharse. Ella contó que sus padres habían sido tan felices que nunca escucharon a sus hijas y al no verse suficientemente importante siempre pensó que, al casarse, ella sería lo más importante para su marido, pero él también necesitaba el apoyo y la comprensión de su mujer, con lo cual el campo de batalla para expresar ese conflicto de necesidades había sido la presencia en la casa de la madre/suegra. El amor estaba ahí por lo que, según el consejero, lo primero era restablecer la comunicación entre ambos.


Evaristo habló con su mujer. "Entiendo perfectamente que te molesten muchas cosas de las que mi madre dice o hace pero, ¡por Diós Carmen!, ya también pienso lo mismo. Te ruego que comprendas que yo estoy entre la espada y la pared. ¿Puedes ayudarme?". Estas palabras surtieron efecto y a partir de entonces todo fue mucho mejor. Cuando la suegra decía o hacía algo inoportuno, lejos de enfrentarse a ella, los dos pensaban: "Pobre mujer, ya está mayor... ¡hay que dejarla hacer!". Y ambos hacía la vista gorda. Las sesiones con el terapeuta acabaron, pero la suegra seguía comportándose igual que antes. Eran ellos los que habían cambiado y ahora ya nada de lo que hacía o decía les importaba, porque habían aprendido a compartir sus emociones y a dar y recibir el apoyo que ambos necesitaban.

Rafael Fabregat Condill

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