Según la cultura recibida, el Universo es una cosa u otra. Pero verdad no hay más que una y nadie la sabe. Solo sabemos que el cielo está repleto de galaxias y estrellas y que estas últimas tienen una serie de planetas que giran a su alrededor, como nosotros hacemos con el Sol. Todo lo demás son conjeturas que a ninguna parte nos llevan. Somos demasiado pequeños para saber sobre algo tan grande. Y ahí es donde entran las diferentes religiones. Hasta hace 4.400 millones de años, la superficie de nuestro planeta era lo más parecido al infierno del que nos han hablado en la escuela y desde los púlpitos. Ríos de lava hirviendo y meteoritos que caían en una lluvia constante. Tras esa etapa un frío terrible, puesto que la atmósfera no dejaba pasar el calor del sol sobre la Tierra. Cuando todo eso acabó, llegaron los rayos del sol a la superficie y con ellos llegó la vida.
A los ojos de la ciencia eso es lo que ocurrió, pero hubieron de pasar miles de millones de años para que ocurriera el milagro de la vida. Lo que sucede es que las diferentes religiones arriman el ascua a su sardina predicándonos, según en que lugar del planeta vivamos, las diferentes creencias sobre el origen de la vida, cada cual más eleborada pero siempre poco o nada creíbles. Esas religiones nos cuentan que todo se resolvió en un espacio muy corto de tiempo por medio de la figura de un Diós que puede con todo, pero los científicos lo ven mucho más laborioso. Según ellos nuestro planeta azul tardó millones de años en emerger del fuego y del agua que hoy podemos contemplar. Nada menos que miles de millones de años para un simple planeta como el nuestro, sin contar lo que sería la formación de todo el Universo, con sus millones de galaxias y billones de estrellas y planetas.
Somos unos ignorantes. La teoría del Big Bang apenas tiene medio siglo de vida y nuestro planeta se consideraba plano hasta la Edad Media, poco más de quinientos años atrás. Por lo tanto nada sabemos y todo son consjeturas que no van a ninguna parte. Ni el cristianismo ni el islam, y tampoco los dioses del Lejano Oriente han conseguido dar una explicación válida para lo que es el Universo. En tiempos de ignorancia absoluta era muy fácil hacernos creer cuanto querían, pero esos tiempos son el pasado y en este momento ya (casi) nadie cree en falacias que no tienen sentido y que sus predicadores son los primeros en no creer. En África existe una etnia, llamada el Pueblo Dogón que cree que el mundo es una serpiente que se muerde la cola y en el que habita el diós Amma. Bajo sus dominios hay trece mundos rodeados de reptiles, sujetos a un eje vertical...
El octavo de esos trece mundos es la Tierra donde vivimos los humanos. Según la leyenda, Amma creó la Tierra, el cielo, las nubes y el agua. Mientras la serpiente que se muerde la cola no se devore a sí misma, el mundo no acabará. Este pueblo vive en una meseta de Mali que, para ellos, es el centro de la Tierra. Allí llegaron hace unos 600 años y construyeron sus casas de barro y paja pegadas a los acantilados, para protegerse de las tribus vecinas que ya habitaban la región cuando ellos llegaron. Algunas cabañas están situadas a 200 metros de altura y su único acceso son escalones tallados en la piedra a los que no tienen acceso los extranjeros. No es difícil comprender que se trata de seres anclados a un pasado del que les resulta difícil evolucionar.
Todo lo que los más eminentes científicos saben del Universo es un grano de arena en la inmensidad de todos los desiertos del planeta. O sea, nada. Y así seguirán, por los siglos de los siglos. Aún cuando nuestra civilización llegue a conquistar otros planetas, si es que pueden hacerlo algún día, la proporción de su sabiduría seguirá siendo la misma. ¿Y qué harán allí?. Yo os lo diré, vivir mil veces peor que en la Tierra. Así es de inmensa nuestra ambición e ignorancia sobre el tema. Nada sabemos y nada llegaremos a saber jamás, ni falta que hace. Lo que sí tenemos claro es que formamos parte de ese TODO, por un espacio muy corto de tiempo y por mucho orgullo que tengamos, somos una simple mota de polvo, cuya única misión es matarnos unos a otros en un intento de ser más que los demás. Todo por una ambición incomprensible, que es la culpable de nuestra discordia.
Rafael Fabregat Condill
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