10 de diciembre de 2013

1206- NI COLÓN, NI ERIK EL ROJO.

Lamentablemente todo no son verdades, pero la vida no para de mostrarnos enfoques nuevos sobre hechos viejos que trastocan nuestras ideas sobre lo acontecido en tiempos lejanos. Tanto es así que, al final, uno duda ya de todo y de todos pues se siente incapaz de opinar sobre la verdad de las cosas. Ningún mortal es capaz de saberlo todo. Ni tan siquiera somos capaces de saberlo todo de una sola cosa. Por mucho que nos la expliquen una y otra vez, cada cual te la contará de una forma diferente. De niños a todos nos enseñaron que el descubridor de América (1492) era Cristóbal Colón y en la mayoría de los colegios nos dijeron incluso que era español. Después resultó que el angelito se llamaba Cristóforo Colombo y era italiano, de Génova, y más tarde aún, igual resulta que nadie sabe con toda fiabilidad la nacionalidad del citado navegante. Cuando uno, acertada o no, se ha formado una idea aproximada de los orígenes del descubridor del nuevo continente y de las mentiras y verdades de su vida y de su muerte, se entera que no fue este señor el descubridor de tales territorios sino que, en verdad, el primer europeo en pisar aquellas tierras fue Erik el Rojo.


Erik era un vikingo, comerciante y explorador noruego que creó el primer asentamiento humano en Groenlandia y que, con toda seguridad, también exploró las costas norteamericanas en alguna mañana de aburrido exilio. Con una empresa de hasta 25 barcos de diferente calado, el asentamiento de Groenlandia floreció de tal manera que llegó a tener hasta 3.000 habitantes esparcidos por toda el área de Eriksfjord y otros fiordos próximos. Uno, claro está, se siente satisfecho del histórico hallazgo, pero esta satisfacción dura poco. Ahora resulta que, cuando supuestamente llegó a tierras americanas Erik el Rojo (siglo X) aquello ya estaba atiborrado de irlandeses, capitaneados por el monje San BrendánEn principio lo de "las aventuras de Sant Brendán" era un cuento de aventuras escrito por el arzobispo Dom Benedeit a la reina Matilde, esposa del rey Enrique I de Inglaterra, que recogía leyendas y enseñanzas ejemplarizantes pero que, sin saberlo, escondían algunas verdades tan reales como la vida misma. El romance tuvo tanto éxito que, al amparo de tan extraordinario relato, se dibujaron mapas y se entablaron pleitos entre países por la propiedad de islas que nadie sabía si existían. 


Como era propio de la época también se relataban luchas entre grifos y diferentes monstruos marinos y dragones. Hasta se celebró misa sobre una isla, que resultó ser una ballena, hasta que intentando encender un fuego se movió. Todos los monjes que acompañaban a Brendán the navigator
participaron también de aquellas nobles aventuras. 
Ahí quedarían las cosas hasta que ya bien entrado el siglo XIX se descubrieron en la tierras de Nueva Inglaterra, parte nordeste del continente americano, hasta casi 800 construcciones subterráneas de piedra a las que nadie encontraba explicación alguna. Eran (y son) una especie de cuevas construidas bajo la tierra, pequeñas y estrechas grutas de utilidad desconocida. Se había comprobado la antigüedad de las mismas, pero sin saber quién las pudo haber construido ni por qué. Hace apenas unas décadas, ya a finales del siglo XX, se ha podido constatar la relación que había entre estas construcciones del Nordeste de Nueva Inglaterra con la también misteriosa Newgrange del condado de Meath, en Irlanda. Nadie podía imaginarlo, pero el cuento medieval de la reina Matilde renacía de sus cenizas para convertirse en auténtica historia de grandes navegantes. Datado entre los años 3300 y 2900 a.C. el Newgrange es el yacimiento arqueológico más importante de Irlanda. 


Oculto durante más de 4.000 años, fue descubierto en el siglo XVII por una gente que buscaba piedra para la construcción. A pesar del hallazgo, que lo describía como una especie de cueva de piedras, allí quedó en el anonimato y no se despertaría el interés y las consiguientes excavaciones hasta la segunda mitad del siglo XX, cuando el Departamento de Arqueología del University Cork College decide llevar a cabo su excavación. Se trata de un montículo redondo de piedra tallada y en su interior un pasadizo de 18 metros de largo que se adentra hasta un tercio del diámetro del círculo, desembocando en una cámara cruciforme utilizada como cámara funeraria, con techo en voladizo de 6 metros de altura y que ha permanecido intacto durante casi 6.000 años. 


Efectivamente se han encontrado restos de hasta cinco personas diferentes, pero no era esa la utilidad para la que fue creado este monumento. Como sucede con las 800 cámaras encontradas al noreste de Nueva Inglaterra, cada solsticio de invierno la cámara se ilumina en su totalidad. Durante 17 minutos un rayo de sol penetra en lo más profundo de la cámara, iluminando el cuenco de piedra donde reposaban los restos allí colocados. Aunque fuera utilizado en determinado momento como tumba, lo cierto es que tales construcciones eran parte de un ceremonial arqueoastronómico para pedir el favor de los dioses de la cosecha y por extensión  la elaboración de calendarios para uso agrícola que determinaban el momento idóneo para la siembra o plantación. 

Para favorecer este conocimiento lo relacionaron con 22 fiestas religiosas, de tal manera que en cada una de ellas se esperaba que la madre naturaleza les premiara con el fenómeno requerido, lo que sucedía "mágicamente" en la mayoría de las ocasiones. San Brendán nació en el año 484 en lo que es hoy el Condado de Kerry, en Irlanda. Los detalles de sus viajes a las "tierras del oeste" son tan vagos que nadie pudo determinar con exactitud al lugar americano del que hacen referencia, aunque habla de indios de raza blanca que bien podrían encajar en la misma Florida. Si todo eso es cierto, San Brendán fue el mayor navegante de todos los tiempos y anterior a Colón en nueve siglos. En ellos se habla, entre otras cosas, de cristales flotantes (icebergs) y de costumbres y ritos de esos indios que siglos después conocerían los exploradores del siglo XV. Según la tradición, Sant Brendán murió el 16 de Mayo del año 583, con 99 años de edad. Los jesuitas de su tiempo calificaron los textos de sus viajes al nuevo mundo como "apocripha deliramenta" lo cual impidió su edición hasta 1.836.


Leyenda o realidad, el libro de los viajes de este santo abad tuvieron un éxito sin precedentes en toda Europa. El papa Pablo VI, alarmado por las estrafalarias aventuras que allí se relatan, lo eliminó del santoral, aún siendo un fiel seguidor de la tradición misionera del cristianismo irlandés. La veracidad o no de sus viajes no podemos conocerla pero lo cierto es que, desde principios del siglo V, comunidades monásticas enteras se lanzaron al mar en lanchas de cuero calafateado (curraghs) a fin de predicar el evangelio por todos los confines de la tierra. El histórico San Brandán, abad de Clontarf, está acreditado por el escritor Adamnano, que inmortalizó la vida de este santo viajero en el año 633. 


En la historia de su vida se relata que Brandán viajó por el océano durante siete años  y que abades irlandeses posteriores completaron su obra llegando hasta Groenlandia y más allá. Este detalle impide saber si el propio Brandán llegó hasta aquellos parajes norteamericanos o si lo descubrieron sus seguidores mucho después. De lo que no cabe duda es que uno u otros llegarían al nuevo continente ya que, lo que ha movido el interés actual por los supuestos destinos del viaje del abad Brandán y de los monjes irlandeses que navegaron aquellas mismas aguas años después, ha sido el hallazgo de piedras datadas en aquella misma época y labradas con los mismos motivos artísticos o religiosos en forma de espirales triples. 


Está claro que Newgrange y otras construcciones similares del territorio irlandés, tienen la misma orientación y finalidad que las que existen en multitud de puntos del continente americano, de la misma forma que idénticas espirales están en ambos lados del océano, lo que indica con cierta fiabilidad que en diferentes etapas de la historia y siempre mucho antes del descubrimiento de Colón, celtas o antiguos monjes irlandeses llegaron a las costas americanas. 
Especialmente en los territorios de Nueva Inglaterra y siempre aplicando el conocimiento de las cámaras-calendario para establecer en aquel lejano territorio la fecha más adecuada para los diferentes trabajos agrícolas y sobre todo el de la siembra. Por si había alguna duda, ahí están los mismos o parecidos grabados en espiral en el viejo y el nuevo continente. ¿Casualidad?. No creo.

RAFAEL FABREGAT


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