16 de abril de 2013

0983- ADORANDO AL ASESINO.

Mao Tse Tung, comunista, pero también capitalista y asesino del pueblo chino, es ahora adorado por éste. Nadie que no sea chino lo entiende, porque no hay forma de entenderlo, pero es una realidad indiscutible en un país que siempre ha querido ganarle (y le gana) al resto del mundo. Antes era en miseria y actualmente es en poder económico y social. Asesinados por hambre o por las armas, pero todos en tiempos de paz, las cifras que se manejan con cargo a Mao van entre los 10 a 50 millones de muertos, pero hay quien habla de 70 millones (que se dice pronto) de personas que murieron por sus políticas dictatoriales. Si esas cifras pueden parecer espeluznantes, más lo es si cabe el saber que la misma gente que hoy adora su recuerdo y los millones de fotos que lo presiden todo, son los hijos y nietos de aquellos que fueron asesinados a manos del mayor criminal de todos los tiempos. Lo curioso es que, cuando se increpa a alguno de ellos, por su adoración a tan espeluznante asesino, te responden que el bienestar actual fue propiciado gracias a sus medidas y por lo tanto debe de olvidarse el camino que condujo a tan excelentes resultados... ¡Inconcebible!. 


Libros de investigadores feacientes del comunismo mundial, hablan de los muertos que las medidas encaminadas a su implantación provocaron en los diferentes países del mundo...
- 65 millones en la República Popular China
- 20 millones en la URSS,
-   2 millones en Camboya,
-   2 millones en Corea del Norte,
- 1,7 millones en Afganistán, etc., etc., etc.
Con referencia a los muertos habidos en la URSS, se habla de fusilamientos de rehenes, de asesinato de obreros y campesinos rebeldes, la hambruna de 1922 y la liquidación de cosacos, la deportación y abandono de prisioneros de diferentes países y campos de concentración, así como la Gran Purga de 1937-1938. Así, a groso modo, de China puede decirse algo parecido y (además) la destrucción del pueblo tibetano. Lo que si ha quedado claro es que, siendo el nazismo una lacra aberrante de la humanidad, el comunismo ha resultado ser bastante peor. Al menos así lo indican las cifras de asesinados por parte de una u otra tendencia política, en ambos casos cobarde y dictatorial.


La bandera comunista es toda una farsa. Tiene el símbolo de la clase obrera sí, pero siempre ha sido manejada por dictadores que han oprimido al pueblo, asfixiándole hasta matarle. Efectivamente hay una hoz y un martillo de oro, no cabe duda. Pero el campo de sangre es mucho mayor. Cuando Mao Tsé Tung expropió la tierra a los terratenientes el pueblo suspiró satisfecho y agradecido. Tal como ellos esperaban, en principio la tierra fue repartida entre los obreros pero prontamente las políticas cambiaron. El sistema hizo decaer el rendimiento y aquello no era lo que el dictador pretendía. La tierra fue arrancada nuevamente de las manos de los trabajadores y fue a parar a la maquinaria del estado que organizó miles de comunas en las que todos trabajaban para el gobierno a cambio de unas migajas. Los que se quejaron fueron asesinados. Fueran del tamaño que fueran (ciudades, pueblos, aldeas) en todos los núcleos de población había vigilantes del régimen que lo controlaban todo y especialmente las lenguas de los obreros.


Disidente localizado, cadáver sumado. Así actuaron las fuerzas de Mao durante años. Pero, aunque él sabía a donde quería llegar, no tenía claro el camino. Estaba claro que a quien se pusiera enfrente había que liquidarlo, pero él mismo desconocía el camino a seguir. Primero liquidó a terratenientes y dueños de las diferentes fábricas y negocios, cediendo la propiedad a los trabajadores, pero con aquella medida pronto detectó un relajamiento en la producción que no era el resultado que Mao esperaba. 
Se propuso controlarlo todo desde su gobierno, pero las rebeliones se sucedieron porque el pueblo veía en el estado a un represor todavía mayor al de los antiguos propietarios de la tierra o del negocio. Así era, pero Mao cortó las quejas de raíz. A la esclavitud impuesta por el gobierno comunista se unía una represión política no conocida hasta entonces. El mayor genocidio de la Historia se había producido en China a cargo del líder An-Lushan (755-763) al instar una rebelión popular sobre el imperialismo chino que costó la vida a 35 millones de personas. Ahora, ya en pleno siglo XX, un nuevo genocidio con casi el doble de afectados, barría los pueblos de China capitaneado por Mao Tsé Tung, bajo el lema del llamado Gran Salto AdelanteLos dirigentes de la proclamada República Popular de China (1949) tenían claro que el objetivo era cumplir los parámetros de la causa ideológica, costase lo que costase. Era una visión revolucionaria del comunismo y de buen grado o a la fuerza, el pueblo había de dejarse la piel en esa dirección. 

Las políticas de Mao fueron tan radicales que, en algunos momentos, los propios dirigentes del partido a su servicio cuestionaron de su autoridad. Mao buscó y obtuvo la colaboración de Stalin, consistente en préstamos económicos y tecnológicos. Los mayores asesinos de la humanidad se unían más si cabe. Una de las primeras medidas fue la Reforma Agraria. En 1951 Mao confiscó las tierras y persiguió a los terratenientes por no colaborar con el régimen comunista. El Partido extendió su control en los medios productivos del país y sobre la propia población. Siguiendo el ejemplo de la URSS, China se propuso en incremento de la industria pesada y el masivo empleo de gente, antes agrícola, hizo mermar las cosechas. El mal llamado Salto Adelante hizo que la tierra volviera al control del estado mediante comunas agrícolas populares y miles de trabajadores fueron destinados a otros trabajos. 


Mermaron las cosechas que solo cubrían las exportaciones con las que se pagaba el préstamo ruso. Faltaban alimentos en las ciudades y las comunas fueron presionadas para entregar toda la producción. Bajo pena de muerte, el colectivo de trabajadores de las comunas quedo obligado a permanecer en las mismas sin apenas alimentos. El miedo era de tal magnitud que siendo productores de la comida, millones de ellos murieron de hambre. Muchos de ellos apenas tenían cumplidos los diez años de edad. Tras el fracaso de sus políticas Mao perdió buena parte de su poder, situación que se le hizo intolerable. A la muerte de Mao (1976) Deng Xiaoping persiguió los mismos fines que Mao, pero con los pies en el suelo y sin pedir para sí el culto que Mao siempre exigió. Favoreció la implantación de empresas multinacionales en el país proporcionándoles un auténtico paraíso de facilidades y mano de obra barata, sin exigencias de ningún tipo. 


Contrariamente a las políticas de Mao, la apertura económica de Xiaoping si que funcionó. Confiaba en la ambición desenfrenada de las multinacionales capitalistas para abrir los mercados mundiales que acarrearan hacia China la riqueza mundial y así ha sucedido. Deng entendió que para recibir del mundo la transferencia tecnológica necesaria había de ofrecer durante un tiempo la esclavitud del pueblo chino, pero después ya vendrían los tiempos de revancha. El Gran Salto Adelante se llevó a cabo, pero no con las políticas de Mao, sino con las de Deng Xiaoping. Sin embargo el trabajo de este último fue de tal sobriedad que los chinos ven en la figura de Mao al gran timonel que trajo la riqueza y el triunfo del país mientras Xiaoping, siendo el verdadero artífice del éxito, queda en un lejano segundo plano. A este es al líder que los chinos deberían adorar pues, como efectivo boomerang, ha sabido utilizar las ambiciones del capitalismo occidental en beneficio de su país y de su pueblo, pero así de injusto es nuestro mundo...

RAFAEL FABREGAT

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