18 de noviembre de 2011

0546- HAITÍ, VIVIR ENTRE CASCOTES.

Eran las 21 horas, 53 minutos y 9 segundos del día 12 de Enero de 2.010 cuando la tierra empezó a temblar con una dureza de 7,3 grados en la escala de Richter y epicentro a 15 Km. al sudoeste de Puerto Príncipe, capital de Haití. El seísmo se había producido a 10 Km. de profundidad y según los datos era el más fuerte sucedido desde el acontecido en el año 1.770, que llegó a los 7,5 grados y destruyó Puerto Príncipe en su totalidad, un tiempo en que los edificios no tenían lógicamente las garantías actuales. Sin embargo los destrozos iniciales, causados en el terremoto actual se vieron considerablemente ampliados tras una serie de réplicas que en seis ocasiones superaron los 5 grados, llegando a los 5,9 y en veintiséis ocasiones superaron los 4 grados. El seismo se hizo notar en los países cercanos. A modo de prevención, Jamaica, Cuba y República Domicana llevó a cabo algunas evacuaciones preventivas.

El panorama era aterrador. Los muertos, a miles, se sacaban de las casas destrozadas lanzándolos a la calle cual basura sin consideración. Cientos de edificios, de construción relativamente moderna, se desplomaron como cajas de cartón apliladas pillando entre sus ruínas a cientos de trabajadores o vecinos. Los trabajos de recuperación de cuerpos fue relativamente lenta, aunque el día 25 del mismo mes de Enero ya habían enterrado 150.000 cadáveres, solo en la capital, ignorándose los que podían quedar aún bajos los escombros. La cifra aproximada y dada como definitiva se dió a conocer el día del aniversario de la catástrofe: 316.000 muertos, 350.000 heridos y un 1.500.000 quedaron sin casa. Sin duda alguna, una de las catástrofes humanitarias más importantes de la historia.

Esta isla (La Española) que comparten los países de la República Dominicana y Haití, tiene desde siempre una actividad sismológica importante, con uno o más episodios de magnitud 7 o superior en todos los siglos desde que se tiene constancia.
Afortunadamente los inocentes niños nunca se dan cuenta de la realidad exacta de una catástrofe de estas características. A esta desgracia natural se suma, en el caso de Haití, el hecho de tratarse del país más pobre de América Latina, con un 80% de la población por debajo del límite de la pobreza y un 54% en probreza extrema.

La ayuda humanitaria no se hizo esperar pero, como siempre, hacerla llegar a cada uno de los damnificados no fue tarea fácil. Las desgracias nunca vienen solas y, como era de esperar, al terremoto le siguió una epidemia de cólera que ya ha causado más de 7.000 muertos. Se considera que la reconstrucción de los daños será una larga tarea, no inferior a diez años. A día de hoy, casi dos años después, todavía hay cientos de desaparecidos. Mientras tanto miles de afectados siguen viviendo de la ayuda humanitaria, en campamentos de refugiados y escarbando entre las ruínas para ver de encontrar algo con lo que sacar unas monedas.

Así están las cosas. Se espera que para finales del presente año 2.011 y tras dos años de penurias, la mitad de los escombros producidos por el terremoto hayan sido retirados y que 600.000 personas, de las 1.300.000 que viven en las carpas improvisadas tras el seísmo, puedan abandonarlas. Sin embargo la mala situación política del país, tendrá sin duda un impacto negativo para su reconstrucción. Esa misma situación es también la que propicia la mala distribución de las ayudas, del agua y de los equipos sanitarios, así como la percepción y reparto de los cientos de millones que la comunidad internacional remitió para su reconstrucción. Los poco más de 500 millones recibidos apenas suman un 10% de las ayudas prometidas en la reunión de donantes celebrada en marzo de 2.010 en Nueva York.

¿Condenados a vivir de la caridad permanentemente?. La historia lo dirá pero, al menos de momento, los problemas políticos internos ayudan muy poco a la llegada de las ayudas prometidas. Está frenada la percepción de las ayudas prometidas y de muchas otras que podrían recibirse si hubiera un gobierno claro y resolutivo. Mientras tanto, después de casi dos años de la catástrofe, entre 600 y 700 mil personas siguen bajo las tiendas de campaña provisionales y otros tantos se suman a éstos para la percepción de ayudas que les permitan subsisitir. Los escombros que todavía permanecen en las calles, solo en la capital, se dice que podrían llenar más de 8.000 piscinas olímpicas. Su limpieza y reconstrucción alcanzan un costo de 12.000 millones de dólares pero, mientras niños y mayores deambulan diariamente por entre esos escombros en busca de chatarra, las ayudas prometidas siguen sin llegar.

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