5 de diciembre de 2013

1204- CALUMNIAS O SILENCIO.

Tan mala es la calumnia como el silencio, especialmente cuando te llega de aquellos que tú creías amigos incondicionales. Es triste, no cabe duda, tener que pensar que los amigos (de verdad) no existen. Esto rompe todos los esquemas de quien, inocente o imbécil, confiaba en quienes le rodeaban.
- ¿Por qué no tiene que ser así?-me pregunto todavía.
- ¿Como puede esperar tanta hipocresía, quien lo da todo sin pedir nada a cambio?. 
Está claro que todos no servimos para la carrera teatral y política, que es el modo de actuar de casi todos los que nos rodean, claro que ese es otro tema pues algunos hacen de esas profesiones su forma de vida. Sin embargo, ¿como pueden pensar algunos que todo lo que digan estos elementos tiene que ser verdad?. ¿Donde está el criterio de cada cual?. 
Mundo de ciegos, donde el tuerto es rey...
Porque quienes conocen el asunto, saben que no estoy hablando de política, sino de una asociación en la que nadie pagaba las cuotas y que, a pesar de ello, abandoné dejando una herencia 20 veces superior a las cuotas cobradas y, sin embargo, saliendo de allí como si la hubiera saqueado. 
Tal como se recoge en el título de esta entrada, que es más bien una reflexión en voz alta, cuando un muchacho inexperto y sin estudios, sufre una agresión interesada por parte de un elemento con carrera, mucho mayor y acostumbrado al acoso y derribo de todo aquel que se pusiera en su camino, hay tres posibles respuestas por parte de quien escucha: 
Ser altavoz y propagador de la calumnia, optar por el silencio, o exigir que se demuestre la veracidad de los hechos incriminatorios. 
Mi opinión es que ante una acusación tan seria, en la que está en juego el honor de una persona, la respuesta correcta y justa es la tercera. Claro que esto es ahora, en plena democracia, pero no en tiempos de Franco cuando entre cuatro se decidía la vida de todo un pueblo y especialmente el de las familias no afines al Régimen. 
Dicen que el tiempo todo lo cura, pero no es así. Como dije en una entrada anterior la gente no cambia, sino que más bien acrecenta sus defectos. Con el paso de los años el que era ladrón lo es más todavía, de la misma forma que el listo es más listo y el tonto más tonto. Al menos, así lo veo yo a mi corto entender.
Sin embargo, cosas de la vida y del cerebro, a pesar de sufrir tamaño atropello he sido siempre fiel amante de mi pueblo y de todas las costumbres que lo rodean... A veces, cuando se cruzan estos pensamientos por mi mente, me pregunto el por qué de este amor a mis raíces si son éstas las que me lo han negado todo. Porque un pueblo no son las casas, ni los garajes, ni mucho menos las plantas o árboles que salpican los escasos jardines de determinado enclave urbanístico.  El pueblo es la gente y en este caso la gente falló por mayoría absoluta. Sin duda a la persona que pasa por tan desgraciada experiencia y especialmente si es imbécil, le basta con saber que, por pequeño que sea, hay un porcentaje que, aunque no te lo haya dicho nunca, siempre ha creído en tí.
De todas formas, cuando uno lo da todo y todavía hay quien se atreve a dudar de tu integridad, no merece respuesta alguna y si no que se lo pregunten a Publio Cornelio Escipión, entrada nº 1200 de este Blog. ¿Qué puedes decir, cuando nadie te escucha?.

RAFAEL FABREGAT

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