15 de abril de 2013

0982- LOS TESOROS MAORÍES.

Por su aislamiento geográfico se cree que las tierras de Nueva Zelanda fue uno de los últimos lugares del planeta en colonizarse. Sin embargo no estamos hablando de unas islas pequeñas o de clima difícil, sino de un territorio extenso, próximo a los 270.000 Km2., de clima templado y perfectas condiciones de habitabilidad. Apenas diez siglos atrás este territorio tan solo estaba habitado por una fauna endémica de aves diversas, que prácticamente se extinguieron en su totalidad a la llegada de los humanos, especialmente por culpa de los mamíferos que éstos introdujeron sin control alguno en las islas. Algunos investigadores sugieren que hacia el año 150 d.C. las islas recibieron la emigración de un cierto número de indivíduos que, por motivos que se desconocen, murieron o abandonaron el territorio pocos años después dejando las islas nuevamente abandonadas. Por lo tanto se consideran primeros pobladores de ellas a los polinesios (maorís) que llegaron con canoas y en diferentes migraciones entre los siglos X y XIV de nuestra era. Los inmigrantes se instalaron de forma permanente y crearon lo que se ha dado en llamar la cultura maorí.  En los siglos siguientes las diferentes tribus crecieron demográficamente y cooperaban entre sí, de la misma forma que en algunas ocasiones luchaban por el control de determinados territorios.

Aislados del resto mundo hubieron de adaptar economía y organizaciones sociales a las condiciones ambientales, creando una cultura singular. La tradición oral maorí cuenta que sus antepasados llegaron de las tierras de Hawaiki con siete wakas (grandes canoas) y fundaron otras tantas tribus que hablaban un mismo idioma aunque, en la actualidad, aquellos dialectos iniciales están prácticamente extinguidos. La denominación común de aquellos primeros viajeros a las nuevas tierras descubiertas fue Aotearoa. Las diferentes tribus tenían en común la creencia de que desde el cabo Renga, situado al extremo noroeste de la isla del Norte, las almas de sus muertos viajaban hacia Hawaiki, la tierra de sus antepasados. Se cree que esa tierra, origen de los maorís, podría ser probablemente alguna de las islas próximas al archipiélago de Tahití. El cambio de vida sería importante puesto que pasaron de un clima tropical a otro templado y de escasos recursos alimenticios. Prontamente implantaron algunos cultivos y la cría de animales domésticos pues el aumento demográfico fue rápido y constante. La nueva cultura vivió en relativa paz hasta bien entrado el siglo XVII cuando el holandés Abel J. Tasman arribó a estas islas en 1.642, al servicio de la Compañía de las Indias Orientales.


Con dos pequeños barcos (Heemskerck y Zeehaen) Tasman partió del puerto de la actual Yakarta el 14 de Agosto de 1.642 en busca de tierras desconocidas. Llegaron a isla Mauricio, ya holandesa, 22 días después y tras reparar y aprovisionarse partieron de nuevo con cartas de las islas Salomón y algún dato de las lenguas de Nueva Guinea. Por diferentes contratiempos la salida de Fort Fredick Endrick no se llevó a cabo hasta el 8 de Octubre. Navegaron hacia el sur y el 29 de Octubre alcanzaron la latitud 46ºS donde fuertes vientos y nieblas les aconsejaron virar hacia el sureste. El 6 de Noviembre y con latitud 49,4ºS las señales de tierra próxima eran evidentes. El 24 de Noviembre vieron tierra, tras 9.000 Km. de travesía. Eran las tierras de Tasmania. Habían pasado de largo Australia. Plantaron la bandera neerlandesa en la bahía norte tomando posesión posesión formal de aquellas tierras.



Nueve días después, tras reconocer el territorio, se hicieron nuevamente a la mar en dirección este y el 13 de Diciembre divisaron nuevamente tierra. Era la costa noroeste de la isla Sur de Nueva Zelanda. Ningún europeo había llegando antes hasta allí. Luego siguió navegando hacia el norte siguiendo la costa cuando de pronto se vieron sorprendidos en Waca por el ataque de decenas de canoas maoríes. La lucha fue encarnizada y cuatro de los hombres de Tasman murieron quedando heridos otros muchos. El lugar quedó bautizado como "Bahía de los asesinos", actualmente Golden Bay. A su regreso Tasman fue recompensado con el grado de comandante pero en su informe reconoció no haber hecho otra cosa que navegar a lo largo de las costas, sin poder dar noticia de las tierras y de sus productos ya que no tuvieron fuerzas suficientes para enfrentarse a los salvajes que las habitaban. Los maoríes habían atacado a los recién llegados con tanta contundencia que los holandeses jamás volvieron por aquellas costas.

No fue hasta más de un siglo después (1.769) cuando James Cook visitaría aquellas tierras de Tasmania y Nueva Zelanda a bordo del Endeavour. Desde luego nadie puede discutirle la osadía y dotes excepcionales de navegante a este insigne explorador británico que dio nombre al estrecho que separa las dos islas principales de Nueva Zelanda, pero tampoco vamos a olvidar a Tupaia, tahitiano líder de la isla de Raitea y socio de Cook que tenía un amplio conocimiento de la geografía del Pacífico. Ambos se habían conocido en la primera parte del viaje, estando el Endeavour anclado cerca de Tahití. Cook había oído hablar de aquel personaje experto en temas espirituales y navegación, recibiéndole a bordo como un miembro más de su tripulación. Tupaia fue por lo tanto pilar importante del viaje y de las posteriores relaciones con los maoríes a la llegada de Cook a Nueva Zelanda.


Como líder de su pueblo, Tupaia hacía aquel viaje para una posible relación futura con los nuevos pueblos que se encontraran y medió por tanto entre los hombres de Cook y los maorís. Sin embargo Tupaia no estuvo presente en la primera reunión de Cook con los maoríes, llevada a cabo en Turanganui y los malentendidos hicieron estallar la violencia muriendo los parlamentarios maoríes. Reclamado Tupaia para la mediación con los maoríes, resultó ser que eran de la misma patria espiritual (Hawaiki) lo que facilitó el entendimiento y resultado favorable de todas las negociaciones. La fama de Tupaia era tan grande en todas islas del Pacífico Sur que incluso los maoríes tenían noticias de la existencia de ese personaje. Aquel viaje de Cook no significó la colonización del territorio pero abrió las puertas a la llegada de expediciones futuras. Titahi, vidente de la tribu de Ngati Whatua, de Tamaki Makaurau (que posteriormente se llamaría Auckland) profetizó la pronta llegada de un personaje (Cook) que traería otras personas y con ellas un cambio importante para los maoríes, pues sería portador de nuevas ideas y nuevos sistemas de control y poder. No se equivocó, pero también los maoríes se beneficiaron de aquellos cambios pues rápidamente aprendieron de balleneros y cazadores de focas, viajando prontamente a Sidney y a la propia Londres. El jefe Hongi Hika medio siglo después, viajó a la capital británica para conocer al rey inglés, adquirir fusiles y aumentar poder y prestigio entre su pueblo.


Sin embargo lo que da título a esta entrada es la riqueza mineral (jade) y turística de estas tierras descubiertas y colonizadas por el pueblo maorí mil años atrás y concretamente las que conciernen a la Costa Oeste de Nueva Zelanda.


Para los maoríes las montañas de la Costa Oeste han sido tradicionalmente la fuente del ponamou (jade) piedra que después de tantos siglos sigue dominando las tiendas de artesanía de Hokitika. Atención no obstante a los turistas pues hay mucho listo y algunas de las joyas que aquí se venden están elaboradas con jade falso importado de Europa o Asia puesto que el auténtico jade nacional es mucho más caro de conseguir. Curiosamente, sin embargo, el jade maorí es de nefrita, menos valioso normalmente que la jadeíta por ser más abundante y más dura, pero jades los dos al fin y al cabo. 
PATU. Maza maorí de jade.
De todas formas, una y otra son más fuertes que el acero, motivo por el cual los maoríes aprovechaban el jade para construir hachas, cuchillos y todo tipo de armas, especialmente el patu, maza con la que se golpeaba a los enemigos. El mango de la maza estaba perforado y una correa ligera lo sujetaba a la mano en momentos de lucha. Por todos estos usos y también por su belleza, el jade fue siempre para los maorís una piedra venerada

RAFAEL FABREGAT









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