Discusiones las hay todos los días, pero no está nada claro que salirte con la tuya te lleve a algo bueno. De momento te sientes satisfecho de que se haya impuesto tu criterio pero, en según qué casos, puedes destrozar tu relación con esa persona y dejar patente, frente a los demás, que eres una persona peligrosa y entrometida de la que es mejor apartarse. Perder siempre no le gusta a nadie. La canción "A mi manera" era de Sinatra y nadie tiene el por qué apropiarse de ella. Razón la tenemos todos y nadie, así que un poco de modestia tampoco va nada mal. En todas las relaciones humanas, pareja, amigos, etc., llega un momento que la opinión o los intereses son distintos y todos tenemos derecho a opinar pero, ¿quién tiene que salirse con la suya?. Pues bien, no llegar a las manos porque nadie tiene la razón absoluta.
Todos queremos que las cosas se hagan a nuestra manera, así que es normal que algunas veces los demás no vean bien lo que nosotros pensamos. ¿Cuantas veces, viajando en avión o autobús, tu compañero de asiento se ha apoderado de todo el reposabrazos y tú no puedes ni apoyar el codo?. Muchas ¿verdad?, claro que al menor descuido del compañero tú te apoderas del reposabrazos y te sientes tan satisfecha como si hubieras hecho cumbre en el Everest. Pero la verdad es que haber conquistado, en este caso el reposabrazos del sillón, no es el deleite que tú pensabas. La gente de bien, tras ganar una batalla, no se siente a gusto puesto que su victoria significa la derrota de los demás. Ganar siempre te da más control del que en realidad deseas. Controlarlo todo es pesado y acabas cediendo protagonismo a los demás.
¿Quieres que la casa sea así?. Pues hazlo a tu manera. ¿Que no limpio bien?. Pues hazlo tú. ¿Que las reuniones familiares o con amigos son mejores a tu manera?. Pues organízalo todo. Y la lista continúa y acaba asfixiándote, con lo cual acabas dándote cuenta que no te conviene tanto protagonismo. Si te sales siempre con la tuya acabas sola, agotada y poco apreciada. Si aún así persistes en tu actitud solo te cabe una solución: Delega responsabilidades, pero eso no se consigue de la noche a la mañana. Es un hábito que debes poner en práctica poco a poco. Empieza con pequeñas cosas que no te importen demasiado y salgan como salgan, alábalas siempre. Más adelante ya pasarás a las cosas más importantes, pero aprende a aceptar lo que otras personas hacen. No corrijas n intentes poner tu marca en todo cuanto se hace.
Cuantas más presiones ejerzas sobre tu pareja o amigos corres el peligro de que se cansen de ti y te dejen a tu aire, ya que pelear por todo a nadie le gusta. Puede que no sea una ruptura total, pero sí un abandono de su obligación de consultarte. ¡A ver qué es lo que haces!. Ten en cuenta que si te parece frustrante lo que hacen o dicen, más lo será que te abandonen o se nieguen a aceptar tus propuestas. Son guerras interminables que no conducen a nada bueno. En todo matrimonio o pandilla de amigos hay siempre alguien que suele llevar la voz cantante, pero no es señal de éxito, sino que sucede así porque los demás se acomodan a aprobar lo que se dice y dejar así que sea otro quien lleve la voz cantante y resuelva los problemas cuando los haya. Dejar que sea otro quien dirija el cotarro es una señal de inteligencia.
Dicho todo lo anterior acabo esta entrada señalando que en dejar que los demás se salgan con la suya solo tiene ventajas. Deja que otros escojan, ¿qué más da?. Como mínimo deja algunas veces que sea otra persona la que gane la discusión. Te acostumbrarás pronto y te darás cuenta que te conviene. Son batallas inútiles que llevas librando durante años y no llevan a partte alguna. Medita un poco... ¿Qué has ganado hasta ahora, por imponer tu criterio?. Nada ¿verdad?, pues eso. Si cedes, lo consultas todo y dejas que la otra parte decida, los dejarás desconcertados. Están preparados, como siempre, para batallar y tu les dejas ganar. ¿Qué pasa? -se dirán-, pero ten por seguro que les gustarás más y te lo consultarán todo. Mi consejo está claro: Déjales a su aire, ni dominarles ni dejarte dominar. Una cosa es que te respeten y otra muy distinta que quieras imponer tu criterio. ¡Ah! y sed felices...
Rafael Fabregat Condill
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