Hurgarse la nariz, al parar ante un semáforo, es algo indecoroso y ordinario, pero muy común entre los conductores, especialmente masculinos. Pero hay más... Igual como escupir por la ventanilla del coche es algo punible que puede costarte una multa, puesto que al llevar a cabo una de estas acciones, estás descuidando la conducción y eso está penado con 100 euros al considerarse una infracción leve. El hecho de estar parado ante un semáforo no te exime de culpa puesto que, aún estando parado, formas parte de la circulación de la vía correspondiente. De todas formas en esta entrada al blog lo que se juzga es la ordinariez de llevar a cabo ésta u otras conductas que son groseras o faltas de educación, siempre que se lleven a cabo en público. Es lo que se llama una conducta grosera, maleducada, vulgar o de mal gusto.
A estos calicativos de acciones desagradables en público se suman otros problemas mucho más desagradables como el hecho de que pueden ser causa de infecciones bacterianas ya que, al tocar el volante tras la limpieza de la nariz puede transladar patógenos que tu, sin saberlo, tengas allí alojados y, especialmente conduciendo, puedes provocarte una hemorragia, puesto que la mucosa nasal es frágil y alberga arterias que pueden romperse con facilidad. A largo plazo esta actividad puede provocar incluso la ruptura del tabique nasal, alterando peligrosamente la respiración. Aunque está autorizado en privado, en público es una ordinariez y un peligro para quienes lo llevan a cabo. Y como esa acción hay muchas otras, como hurgarse los dientes con las manos y más todavía rascarse en determinadas zonas yendo por la calle.
Una cosa que todos hemos visto es a una chica arreglarse las bragas por la calle, seguramente porque se le han metido más adentro de lo deseable, o quizás porque les molesta el tanga que seguramente llevan. Naturalmente lo hacen por encima de la ropa, solo faltaría, pero es algo para hacer reír a quien lo ve. Está claro que es muy incómodo aguantar el picor o el escozor si la prenda en cuestión no está donde debe estar, pero andando por la calle no es el momento para arreglarlo. Quizás entrar en un bar o al llegar a donde vayas sería más discreto. En fin, no pasa nada, pero no está bien visto. Allá cada cual pero hay actitudes, como la higiene o las formas en la mesa en un restaurante, comiendo con las manos o la boca abierta. Quienes lo ven te califican enseguida como una persona desastrosa o poco civilizada.
Es una cuestión de urbanidad, de la que algunas personas pasan olímpicamente, pero no está bien hacerlo. ¿Quien se sacaría las pelotillas de la nariz cuando la están mirando?. Pocas ¿verdad?. Pues no es más que eso, una cuestión de urbanidad. Hasta la llegada de la Edad Media escupir o tirarse un pedo en público no estaba mal visto, se consideraba un acto natural de la persona, pero poco a poco la sociedad occidental fué civilizándose y aprendiendo a contenerse en ciertos aspectos que, por muy naturales que sean, deben moderarse en lo posible, controlando la tendencia puramente animal. El control de las conductas en todos los campos, de cara a los demás, con la educación se hace automática y todos la agradecemos. Lo que antes era público, en la actualidad es privado y oculto.
En la Baja Edad Media (siglos XIV y XV) a los hijos de los nobles ya se empezó a enseñarles modales para diferenciales de la plebe. A tal efecto, aunque no se les impedían ciertos actos, sí que se les mostraba la forma de hacerlo más educadamente. A tal efecto se les decía: "Escupe haciéndote a un lado para no ensuciar a nadie. Si cayera al suelo algo purulento, hay que eliminarlo con el pié para que nadie sienta repugnancia. Si ello no fuera posible, elimínalo con un pañuelo. No es correcto ofrecer a otro lo que uno ya tiene medio comido, ni mojar en la salsa un trozo de pan que ya ha sido mordido y menos aún sacarse de la boca comida masticada y devolverla a la fuente. Es malo retener la orina, así que hay que orinar, pero en secreto. No retener el flato; si uno puede salir hágase aparte y si no puede salir, disimúlese el ruido con una tos". El barón de Andilla, educando al rey Alfonso XII se lo dijo bien claro: "Lávate los piés al menos una vez, cada dos o tres meses".
Rafael Fabregat Condill

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