Todos quieren ir a Australia, todos quieren ir a Australia. Y total ¿para qué?. El asunto empieza a no tener ninguna gracia. Vayas por donde vayas, todo son canguros y es que hasta no hace tanto estos animales no tenían enemigo, pero últimamente quien más quien menos, se ha dado cuenta que la carne de canguro es muy saludable y nutritiva, hasta el punto de ser considerada una excelente opción, con pocas grasas y múltiples beneficios para la dieta. Total, que lo que actualmente es una plaga, el día menos pensado será una especie protegida ya que de lo contrario se los comerán todos en cuatro días. Ellos, pobrecitos, son simpáticos y dinámicos, con saltos de hasta 8 metros y capaces de programar el nacimiento de sus hijos a voluntad. Y se lo comen todo, ¡como en España los jabalíes...
Sus costumbres sociales son básicas y amistosas, lo cual no impide que haya auténticos combates entre ellos para conquistar a las hembras. Natural, si hay tantos competidores... Solo el tema sexual les hace feroces y peligrosos. Excitados por el olor de las hembras en celo, los machos la emprenden a zarpazos y patadas unos contra otros que casi dan miedo a quienes están cerca. Esta lucha acaba con la retirada del más débil, momento en que el macho ganador toma posesión de su trofeo que es el disfrute con su amada. Las hembras, mientras sus crías terminan de crecer en el marsupio, viven a sus anchas, ajenas a las disputas que los machos emprenden para hacerse con sus favores. Aunque más civilizadamente, hombres y mujeres no están tan lejos de ellos, en la lucha por emparejarse con la más guapa.
No hay tanta diferencia como pensamos. Los canguros cuando ven a una hembra que les gusta se ponen alerta y se rascan la nariz o hacen posturitas tan expresivas como las que puedan hacer los hombres y es que estos animales son muy diferentes a cualquier otro mamífero y su gran diferencia es que las extremidades superiores y las inferiores les sirven para hacer gestos y cosas para llamar la atención de las hembras, que otros no pueden hacer. Su nombre macropódidos significa "piés grandes", pero eso no es todo lo que necesitan para correr como lo hacen. Su cola la utilizan como si fuera un tercer pìé o como contrapeso en la carrera. Cuando caminan un trecho corto lo hacen caminando a cuatro patas, pero si han de recorrer un camino largo, lo hacen siempre a grandes saltos. Para ello toman impulso y saltan hasta 3,5 metros de altura y 8 metros de distancia cada vez.
De esta manera y brinco tras brinco logran velocidades de hasta 48 Km/hora. El marsupio es la más singular de sus características. Se trata de una bolsa formada por un pliegur de la piel que tienen las madres en el vientre para que sus hijos se desarrollen en su interior, puesto que vienen al mundo de forma precoz ya que estos animales carecen de placenta que pueda aportarles a los embriones cuanto necesitan para su total desarrollo. Nacidos prematuramente se alimentan en la citada bolsa gracias a las glándulas mamarias que allí se encuentran y que inyectan leche al recien nacido, el cual carece de capacidad de succionarla. Los indicios fósiles confirman que proceden de una clase de mamíferos marsupiales primitivos que no evolucionaron al estar separados del continente y sin competencia de los mamíferos placentarios.
Adaptados al duro desierto australiano, los canguros apenas beben, pero lo suplen con el tipo de comida que ingieren, principalmente hierba fresca, aunque comen de todo, lo cual hace que prosperen en los lugares más inhóspitos. Ello también tiene que ver con su aparato reproductor. La hembra alcanza su madurez sexual a los 15-20 meses y su gestación solo dura 33 días. Dos días después de parir vuelve a entrar en celo y queda preñada de nuevo, pero el óvulo queda implantado en la pared del útero en estado de blasfocito, hasta que la hembra haya desarrollado a la cría precedente. De tal insólita manera que, mientras atiende a un hijo fuera del marsupio, otro se desarrolla en su interior y otro más está en forma de blasfocito, con lo cual queda asgurada una descendencia cada ocho meses. ¡Madre mía...! ¿Cómo van a acabar con ellos?.
Rafael Fabregat Condill





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