5 de enero de 2012

0577- HACIA LOS MARES DEL SUR.

Hay diferentes apreciaciones sobre el significado y definición de lo que llamamos "Mares del Sur". En los tiempos de las primeras exploraciones españolas esta denominación se daba a los mares que rodean el oeste del continente sudamericano -hoy océano Pacífico- en contraposición al nombre de Mar del Norte, que se daba al océano Atlántico. En la foto adjunta tenemos un mapa parcial del Mar del Sur del cartógrafo Guilgelmus Blaeuw del año 1.635, que nos indica que éste bañaba las costas de Perú. Con el paso de los años el nombre de Mar del Sur, quedó relegado a una pequeña bahía del Mar del Norte que en holandés queda denominada Zuider Zee y que baña el noroeste de los Países Bajos. Sin embargo "Los Mares del Sur" son algo más, mucho más...

Procedente de las costas caribeñas y tras cruzar el continente americano, el día 25 de Septiembre de 1.513 el explorador español Vasco Núñez de Balboa se encontró con la sorpresa de hallarse frente a lo que hoy denominamos el Océano Pacífico. El explorador, procedente de las tierras bañadas por el mar del Caribe, consideró que aquel mar estaba al sur y debía denominarse como tal. Así pues, tras tomar oficialmente posesión de las tierras exploradas para la Corona española, oteando el horizonte desde un elevado promontorio de la costa peruana denominó a toda aquella enorme extensión de agua que tenía a sus pies como "Mar del Sur".

En su periplo alrededor del mundo y comandando la nave Victoria el 1 de Noviembre de 1.520 Fernando de Magallanes, portugués al servicio de la Corona Española, cruzó el estrecho de todos los Santos e inició la travesía de aquella masa de agua que rebautizó con el nombre de Océano Atlántico.
El día 6 de Marzo de 1.521 Magallanes y su tripulación llegaron enfermos y hambrientos a Las Molucas, al noroeste de Nueva Guinea y concretamente a una isla donde fueron bien recibidos por los indígenas que les aprovisionaron de cuanto necesitaron. Tras unos días de descanso prosiguieron viaje al norte y finalmente lo hicieron a las islas Filipinas, frente a las costas asiáticas. El sueño de Cristóbal Colón se había cumplido, habían llegado al extremo oriente. Sin embargo en la isla de Mactán, la tribu cebuana del jefe Lepu-Lepu les atacó por sorpresa y Magallanes pereció en la batalla.

Pero nos hemos desviado de la cuestión... Dejemos la Historia y, sin salir del océano Pacífico, vayámonos a los denominados mares del Sur. El destino no está cerca, pero tampoco está tan lejos.

Dejando las aguas filipinas, navegamos hacia el este/sureste, poniendo rumbo hacia Tahití, paraíso de adopción del insigne Paul Gauguin...
El velero se desliza alegremente por las azules y cálidas aguas. Prontamente Papúa Nueva Guinea se eleva a nuestra derecha mientras la Micronesia queda en la lejanía de babor. La línea del Ecuador está próxima y la temperatura es elevada, pero una agradable brisa hace soportable el calor.


Cruzamos el ecuador dejando a nuestra derecha las islas Salomón al tiempo que ajustamos el timón unos grados más al sur. El sol quiere esconderse en el horizonte y las primeras luces de Samoa se vislumbran a proa, las Fiji quedaron casi mil kilómetros atrás y a estribor. Se impone una parada para reponer fuerzas y empaparnos del ambiente de estas maravillosas islas, tan paradisiacas como aquellas que constituyen nuestra meta en este viaje.

Samoa emerge de entre las aguas de la Polinesia como excitante destino turístico, a medio camino entre Hawai y Nueva Zelanda. No es una isla, sino un numeroso grupo de ellas que compiten por ser las más bellas entre las bellas. Todo allí es sensualidad y armonía. El verde tropical de sus palmeras y sus montes volcánicos repletos de vegetación enamoran a todo aquel que se acerca a visitar este paradisiaco lugar, aún no saturado de visitantes. Frecuentemente los turistas pernoctan en las agradables "falés", cabañas típicas de Samoa con techo de paja. Lo ideal es impregnarse del ambiente relajado de sus gentes. El disfrute de sus maravillosas playas, el surf, el buceo, el senderismo selvático... Todo son actividades agradables y de fácil acceso. Al atardecer todo cambia a mejor, si es que lo más bello es mejorable...

Las espectaculares langostas asadas y todos los mejores frutos del mar y de las tierras tropicales se unen a espectáculos como la danza del "fiafa", para agradecer al visitante su presencia en las islas.
Sin embargo Samoa no es nuestro destino exclusivo. El viaje es a los Mares del Sur. A todo y a nada, una verdadera quimera porque todos los miles de islas que salpican estos mares tienen idéntica belleza, de la misma 
forma que todos sus habitantes tienen la misma hospitalidad para con el visitante y muy especialmente cuando éste busca lo mejor y quiere pagarlo. Metidos de lleno dentro del siglo XXI y por mucho que se nos rompa el hechizo de este paraíso tropical, pocas cosas son ya gratuitas y para disfrutar de todo lo que aquí se ofrece, naturalmente hay que pagarlo. La Polinesia ya no es la tierra virgen en la que perderse y donde disfrutar una auténtica aventura. Salvo la naturaleza y sus gentes todo es negocio, perfectamente organizado pero cartón-piedra al fin y al cabo.

Después de dos días de descanso proseguimos viaje. El mar estaba en completa calma y tras dejar atrás los últimos islotes del archipiélago de Samoa, el mar se volvió nuevamente azul. Las horas transcurren plácidas y a la mañana siguiente dejamos a babor Las Martinicas y a estribor las Islas Cook. Un día más y ante nosotros emerge la hermosura; es el mítico Tahití donde, como podemos comprobar, la belleza no está solamente en la vegetación ni en el azul turquesa de sus aguas. Paul Gauguin quizás tuviera algún problema de salud, no lo sabemos, pero está claro que la vista la tenía buena...

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