23 de agosto de 2026

3333/0216- EL ORGASMO FINGIDO.


Nunca me han gustado las mentiras, tampoco ésta. Desde mi punto de vista, la comedia ocasional puede pasar, pero permenente es mala y peligrosa. Los hombres toleran muy mal el fingimiento del placer sexual de las mujeres porque lesiona la imagen de su masculinidad. Muchas mujeres, tras una disputa, optan por mostrarse cariñosas y dispuestas a hacer el amor cuando, en realidad, su cuerpo no les pide sexo. Es una forma de hacer las paces, especialmente cuando son ellas las que han sido las culpables del desencuentro. ¿Qué pasa entonces?. Pues muy fácil. Cuando la mujer no se siente atraída por el sexo, rara vez puede llegar al orgasmo, por lo que se limita a fingirlo y ya está. Todo arreglado, como si el hombre fuera imbécil. Cierto es que los hombres siempre están dispuestos, pero aceptar el fraude...


Algunas son verdaderas artistas del engaño pero ellas se lo pierden, porque al hombre el orgasmo de la mujer le gusta tanto o más que el suyo propio así que, si les dan gato por liebre, ya no necesitan hacer las cosas bien para llegar a esa meta que tanto les gusta alcanzar. De todas formas creo sinceramente que lo del fingimiento es muy esporádico, ya que la mujer no es tonta y necesita tiempo y atenciones especiales para llegar a ese punto así que, si verdaderamente le interesa llegar, no veo la razón de pretender que ha alcanzado el clímax cuando en realidad no ha sido así. ¿Qué gana con ello?. Absolutamente nada. Más bien es justo lo contrario, ya que el hombre queda satisfecho y ella a dos velas.


¿Qué he hecho? -piensa ella- mientras su pareja, exahusta, está quedándose dormido. Es incomprensible que mujeres jóvenes y sanas sientan la necesidad de fingir el orgasmo. No puede entenderse. Vale que, en determinado momento, ellas no tengan ganas de nada y, por no llevarles la contraria, estén dispuestas a complacerles diciéndoles sí cuando su cuerpo les dice que no. Es normal que con tanta desgana no lleguen a nada y, sin embargo, no quieran que su pareja lo note pero, cuando este hecho se lleve a cabo con frecuencia, el tema ya está rondando la frigidez. Cuando esto sucede hay que hablarlo con la pareja ya que efectivamente, también hay hombres que van a lo suyo y no piensan en el placer de la mujer. Aún así, comedias las justas. Fingir nunca puede ser bueno.


Tener sexo con una pareja atractiva siempre es placentero, claro que sí, pero nada comparable cuando entre ellos existe el amor verdadero. El amor tiene ese puntito más que lo hace especial. Es la entrega total a tu pareja y al placer que con ella llegas a alcanzar. Lo de tener sexo para procrear es una aberración religiosa que no tiene perdón de Diós. No, no lo tiene, porque nada hay en la vida tan extremadamente limpio y generoso entre dos personas, como la entrega mútua y sin limitaciones de ningún tipo. Es el culmen, algo divino establecido por el Creador (si lo hay) para que la vida siga multiplicándose día tras día. Y no solo entre los humanos, sino entre todos los animales que pueblan la Tierra. Imperdonable pues el hecho de fingir lo que no sientes en absoluto.


Lamentablemente el mundo de hoy es muy superficial. Muchos jóvenes confunden el sexo con el amor y eso es, para ellos, un gran problema del que no se dan cuenta hasta cuando es demasiado tarde. Chicos y chicas se juntan, tienen sexo y hasta se marchan a vivir juntos cuando, en realidad apenas si se conocen. Trágicamente, más pronto que tarde, la ruptura está servida, porque no había amor verdadero, sino ganas de libertad sexual. El amor y el sexo son cosas diferentes, aunque a muchos no se lo parezca. El sexo se puede experimentar todos los días del año, sin que haya amor entre la pareja. El disfrute sexual es lo que lo sustenta pero, para que dure toda una vida, a pesar de todas las barreras que la vida nos trae, tiene que haber amor, es decir: vínculo sincero y profundo, basado en el respeto mútuo y el compromiso compartido. No por el qué dirán, sino porque así lo quieren los dos componentes de la pareja, que buscan con ello unas metas idénticas.

Rafael Fabregat Condill

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