27 de agosto de 2009

0002- HISTORIA Y LEYENDAS DEL PAPA LUNA (2ª parte)

PEDRO IV MARTÍNEZ DE LUNA Y GOTOR. (2ª parte)
Benedicto XIII, el Papa Luna.

ATENCION: Si no has leído la 1ª parte, haz clic en este enlace:
http://rafaelcondill.blogspot.com.es/2009/08/el-papa-luna-historia-y-leyendas.html

Castillo del Papa Luna. Peñíscola (Castellón)

Recluido en Peñíscola, Benedicto XIII vió transcurrir éstos y otros acontecimientos sin inmutarse, repitiendo una y mil veces su célebre frase: “el verdadero Papa soy yo”.
Los últimos apoyos que le quedaban hasta poco tiempo atrás, dejaron solo a Benedicto XIII, al acatar sus cardenales las determinaciones del Concilio de Constanza y al retirarle su reconocimiento los reinos de Castilla, Navarra, Aragón y Escocia.
Para Benedicto XIII empezaba una etapa, la última de su vida, de soledad y reflexión, una dura prueba que sobrellevaría con la entereza que había caracterizado toda su vida.
La Historia le reconoce como elemento esencial de la modernidad, ya que sostenía que la Iglesia no puede estar sometida al arbitrio y vaivenes de los poderes políticos. Avalaba su tesis el hecho de que los países seguidores del papado de Aviñón, después de tantos años transcurridos, permanecían católicos, mientras que los seguidores de Urbano VI prontamente se hicieron protestantes.
Razón no le faltaba, puesto que, aunque el foco central de la cultura siguió estando en manos de los clérigos, en esta época es cuando se observaron los primeros síntomas de que el laicismo humanista estaba predestinado a implantarse en el mundo moderno.
La universalidad de Don Pedro de Luna estuvo siempre íntimamente unida a Aragón. Su solar de origen en Illueca, en el sentido más amplio posible, le sirvió de refugio en los momentos difíciles y de base de lanzamiento hacia las elevadas metas que persiguió; pero también Aragón, con sentimiento, se fundió con su espíritu indomable y con su concepción política hasta el final de su aventura.
Después, desde su retiro de Peñíscola, rodeado de unos pocos fieles y de una riquísima Biblioteca, contempló impávido el paso de los acontecimientos. Vió cómo su propio reino de Aragón, junto a Castilla y Navarra le retiraron la obediencia; cómo un Concilio, el de Constanza, lo depuso y cómo los cardenales y los obispos de Aragón le abandonaron. Hasta pocos días antes de su muerte pasó largas horas leyendo ó escribiendo. En su libro “De las consolaciones de la vida humana” se inspiró en el gran filósofo Séneca y sus sentencias, así como en las Sagradas Escrituras.

Con serenidad mantuvo su rango y esperó, como el auténtico Papa, la muerte que le sobrevino el 29 de Noviembre de 1.422. Previamente, en su testamento había cedido sus posesiones a la Santa Sede de Roma, incluido el castillo que con posterioridad recuperó la Corona de Aragón. Benedicto XIII murió en la más absoluta convicción de ser el único y verdadero Papa, por lo que nunca reconoció la autoridad del papa romano Martín V.
La muerte no se hizo pública hasta siete meses después, atribuyéndose al 24 de Mayo de 1423, cuando los cardenales que él había nombrado se hubieron repartido el tesoro pontificio. Cuando el pueblo fue informado de la muerte del Papa Luna, ninguno de sus tesoros, incluida su monumental biblioteca, permanecía en su sitio.
El cuerpo de Benedicto XIII se presumía que debía devolverse a su Alcázar de Illueca, eso se pensaba, pero tras su fallecimiento en el castillo de Peñíscola, el traslado al solar que le vió nacer hubo de esperar algunos años más.
Tras el reparto de sus tesoros, sus cardenales acordaron la forma de continuar el legado apostólico, que supuestamente heredaban de su predecesor y de ahí nació la farsa que supuso el último capítulo del Cisma de Occidente.
Habiendo nombrado Don Pedro de Luna cuatro cardenales unos días antes y reunidos éstos en cónclave en el castillo de Peñíscola tras su muerte, eligieron Papa al preboste de la iglesia de Valencia, Gil Sánchez Muñoz, que tomó el nombre de Clemente VIII.
La elección fue una farsa promulgada por tan solo tres cardenales, pero la situación duró cinco años debido al enfrentamiento político que había entre el papa Martín V y el Rey Alfonso V de Aragón, por el reino de Nápoles. Tras multitud de comunicados entre las partes, que a nada conducían, el papa envió como legado a Alfonso de Borja ofreciéndole al rey aragonés concesiones relativas a su posesión del reino de Nápoles, por lo que éste se avino entonces a apoyar la destitución de Clemente VIII.
Curiosamente, un problema de tan colosal magnitud, como lo fué el Cisma de Occidente, en el que se vieron involucrados los mas grandes dignatarios de la época (varios Papas, reyes y emperadores de todos los reinos de la cristiandad) finalizaría en un pequeño pueblo de nuestra actual provincia de Castellón, ya que como último capítulo de esta farsa, en el año 1.429 y en la ciudad de San Mateo, fue donde Clemente VIII y sus tres cardenales, en solemne declaración, reconocían a Martín V como único Papa, abandonando su nombre pontificio y tomando en aquel mismo acto su nombre de bautismo.
Ese día y no antes, el Gran Cisma de Occidente había terminado.

Siete años permaneció el cuerpo incorrupto del Papa Luna en la capilla del castillo de Peñíscola y transcurrido aquel tiempo, el capitán Don Rodrigo, sobrino de Pontífice y que había defendido, cuidado y servido a su tío fielmente hasta su muerte, deseó trasladar el cadáver de Don Pedro a la noble mansión de los Luna -solar de la familia-, en el castillo-palacio de la zaragozana Villa de Illueca, habilitando el salón donde naciera el anciano a modo de capilla, para que descansaran allí sus restos mortales.
Don Rodrigo pidió, en su nombre y el de los familiares, al Rey de Aragón Don Alfonso el Magnánimo -hijo del fallecido Don Fernando de Antequera- la entrega del cadáver; accedió el monarca y se procedió a la exhumación del Pontífice que, sumido en el descanso dulce y sereno de la muerte, contemplaron todos el día 9 de Abril del año 1.430, festividad del Jueves Santo, siendo comentario de todos los peñiscolanos, la agradable fragancia que se esparcía por la capilla y el castillo, al aparecer la momia de Don Pedro de Luna ante los ojos de los emocionados testigos. Todos espectantes, miraban por última vez al que había sido su guía, con aquella inmóvil delgadez tan caracterizada que siempre tuvo, y el rostro sereno, pálido y solemne del que pasó la frontera de la otra vida con la conciencia tranquila del deber cumplido.
Los despojos humanos del Pontífice, que había dejado al mundo el ejemplo más claro y elocuente de inflexibilidad, defendiendo unos derechos que siempre consideró justos, se exhibieron de nuevo ante la población labrada y marinera que tanto lo amara, respetara y comprendiera mientras vivió.
Y comenzó el cortejo-funeral de modo impresionante. El retorno a su lugar de origen, tan adorado siempre él, testigo de sus correrías de niños, o de sus iniciaciones de soldado, de sus primeros estudios, rodeado de ternura familiar.
Todo Peñíscola presenció la salida, lo despidió para siempre, conmovida, llorando sus sencillas al que fuera Benedicto XIII.
Portando la muchedumbre antorchas encendidas, la comitiva cruzó el Maestrazgo castellonense, adentrándose por ciudades y lugares de Teruel y Zaragoza, camino de Illueca -una de las más hermosas, nobles e importantes Villas del Reino de Aragón-, y al paso de aquella emocionada procesión, salían gentes de toda condición social; los que ostentaban títulos nobiliarios, o labriegos que cultivaban sus campos y se agregaban a la multitud. Jornada tras otra, pasaban ante los humildes templos pueblerinos o frente a las catedrales o colegiatas del recorrido, con el arcón del anciano Pontífice embalsamado, haciendo un alto en el camino para descansar de las fatigas del viaje.
Tras algunas horas de descanso, de nuevo se ponía en marcha la comitiva y nuevamente, de todas las poblaciones salían personas que se incorporaban al cortejo funerario, puesto que deseaban seguir hasta el fin del viaje a Don Pedro de Luna. Quedaron, por su predilecta ciudad de Tortosa, por Morella y Peñíscola, y otros muchos lugares -conventos, catedrales o monasterios- objetos de uso personal de Don Pedro de Luna, fuertes cantidades de dinero para reconstruir algunos templos e interesantes documentos que hablaban de aquella época de esplendores y decadencias, de grandezas humanas o de tristes realidades... También en su muy querida catedral zaragozana de la Seo o en el Museo Arqueológico Nacional existen todavía (se conservan) sus valiosos recuerdos, en algunos casos casi reliquias.

Castillo de Illueca.

Un atardecer la enorme comitiva divisó, allá a lo lejos, la impresionante figura, torres y galerías arqueadas del alcázar de los Luna, soberbio y monumental Castillo-Palacio -de los más bellos de España- y que coronaba gallardamente todos los edificios del pueblo del río Aranda.
Al entrar en Illueca, poseídos todos de inmensa y silenciosa emoción, juntáronse la devota peregrinación que entraba con los restos mortales de Benedicto XIII -al que tantos tenían por santo- y la totalidad de illuecanos que esperaban al mejor, al más ilustre, querido y famoso de sus hijos, que llegaba al pueblo donde naciera, a su alcázar señorial y majestuoso, en busca de refugio y descanso eterno.
En espléndida y valiosísima urna de cristal colocaron la momia del Pontífice, en la cámara donde viniera al mundo aquella preciosa vida dedicada a la Iglesia. Transformada la alcoba en amplio oratorio, frente a una patética y doliente imagen de Jesús en gran tamaño que presidía el emotivo altar, allí estuvo años y años, iluminada la solemne estancia por una lámpara mortuoria que alumbraba noche y día. En la puerta de la capilla fueron grabadas las armas de Don Pedro de Luna, con la tiara de San Silvestre, y que todavía hoy se puede ver.
Illueca, lo mismo que miles y miles de aragoneses, sintió por su Pontífice verdadera veneración, como si de un santo se tratase, ofrendando un culto casi contínuo al cadáver de Don Pedro. La fama del Papa Luna no entendía de fronteras y su celebridad traspasaba pueblos y paisajes.
Hasta Roma, que lo tenían por cismático y hereje, habían llegado las noticias de que en su tierra veneraban al Pontífice y que su cuerpo era tenido por reliquia, expuesta a los fieles, que solían creer en su Santidad.
Un prelado italiano, llamado Juan Porro, a mediados del siglo XVI, visitando catedrales aragonesas, oyó hablar de lo que ocurría con el célebre Papa Luna, llegándose por curiosidad a la Villa-solar del Pontífice para visitar su castillo.
Cuenta la historia que a la vista del homenaje y fervor que Illueca tributaba al más grande de sus hijos, enterado de todo, el religioso extranjero, disgustado con aquella situación establecida y que él no compartía, destrozó con su cayado los cristales, estropeando casi totalmente el artístico arcón que contenía los restos. Cuando Illueca se entero del suceso, vibró la Villa de justa indignación por la profanación del cadáver del Pontífice, pero su autor ya había huido de allí durante la noche, temeroso -o arrepentido quizás- de su comportamiento ante un indefenso cadáver, expuesto en el centro de una capilla.
El arzobispo de Zaragoza quedó enterado del suceso y ordenó clausurar la estancia-oratorio del alcázar, tapiándola concienzudamente para que nunca más se volviera a repetir algún otro hecho semejante y dando así por finalizadas las peregrinaciones. Y así pasaron muchos, muchísimos años, hasta que llegó la Guerra de Sucesión a principios del siglo XVIII, entre partidarios de Austrias y Borbones.
Los descendientes de la familia Luna eran partidarios del bando austriaco, como todos los nobles de la Corona de Aragón. Los habitantes de Illueca defendieron su palacio contra la soldadesca compuesta casi toda por franceses, tropas de Felipe V, nieto de Luis XIV.

Cráneo de Benedicto XIII (Papa Luna)

Al parecer, el destino del Papa Luna era ser atacado por los franceses, incluso después de casi trescientos años de su muerte.
Los atacantes, asaltaron el edificio señorial del modo más desenfrenado, sedientos de botines y tesoros escondidos, haciendo polvo todo cuanto encontraban a su paso. Conocida la ubicación de la cámara mortuoria, donde dormía en la paz del Señor el inolvidable e infortunado Pontífice, echaron abajo la pared y ciegos de furor por no encontrar el oro que hubieran querido hallar, destrozaron a culatazo limpio la inmaculada urna; y viendo el cadáver del Papa Luna perfectamente conservado, lo tiraron por el hueco de un antiguo ventanal, lo arrastraron por las calles del lugar y posteriormente, al comprobar que después de todas las felonías realizadas, milagrosamente, no se había separado la cabeza del cuerpo incorrupto, se la cercenaron con un golpe de espada.
Allí quedaron esparcidos y destrozados los huesos del admirado y venerable Papa de la Iglesia, que fueron a parar a gran distancia del alcázar, muy cerca del Río Aranda, donde al final los lanzaron. Solo su cráneo, entregado anteriormente a unos niños para que jugaran con él, pudo ser posteriormente recuperado.
Se cumplía de este modo la profecía que, según algunos enemigos de Benedicto XIII, había hecho en su día San Vicente Ferrer. Según ellos, en Perpiñán, indignado Ferrer por la tenacidad del Papa Luna, había dicho:

… “Para castigo de su orgullo, algún día jugarán los niños con su cabeza a guisa de pelota”…

Encargado durante diez años (1380-1390) de diferentes misiones diplomáticas, encomendadas por Juan I de Aragón y por Benedicto XIII, con quienes tenía gran afinidad, en 1.396 fué llamado por el papa Luna a la corte de Aviñón donde pasó dos años como confesor del Papa.
Sin embargo, Vicente Ferrer acabó apoyando a Martín V en 1.416. Se ignora el motivo de ese cambio de opinión, pero sí se conoce que su decisión no estuvo exenta de grandes dudas, que le acompañaron toda su vida.
Pasadas las horas en que consumaron aquella profanación y ya calmado el tumulto y marchados los autores del sacrilegio, unos labradores de la casa de los Luna, enviados por su señor, encontraron el cráneo del Pontífice y lo entregaron a sus señores; los demás restos habían desaparecido bajo las aguas del Aranda.
Al paso del tiempo, la familia Luna se unió -por casamiento- con los Muñoz de Pamplona -ambas familias de antigua, fuerte y noble raigambre aragonesa- y llevaron la calavera de Don Pedro al antiguo palacio que en Sabiñán poseían, mansión de los ilustres descendientes de los condes de Argillo y de Morata de Jalón, marqueses de Villaverde, señores de las baronías de Illueca y de Gotor.
Sin embargo los años y las generaciones se sucedieron, perdiéndose el interés por la reliquia papal que, hasta el año 2.000, se encontraba todavía en la pequeña capilla de los Condes de Argillo, en Sabiñán, aunque se trataba de un modesto oratorio en estado ruinoso y sin la más mínima protección.
Formalmente, la calavera del Papa Luna es por tanto propiedad de la familia Olazábal-Martínez Bordiu, marqueses de Villaverde.

Heraldo de Aragón. Año 2.000

El pasado 7 de Abril, la calavera del Papa Luna fué sustraída del Palacio del los condes de Argillo, en Sabiñán, no teniendo noticia alguna hasta Julio, fecha en la que se recibió en el Ayuntamiento de Illueca la siguiente carta anónima dirigida a su alcalde y que incluía un negativo:


“Ola señor Javier tengo en mi poder el craneo del papa Luna siquereis berlo rebelar la foto y la bereis ya me pondre en contazto con bosotros"

Quince días más tarde, un tal Juan Antonio envió una segunda carta al alcalde de Illueca explicando sus peticiones:

"...asi que esijo un miyon de pesetas que depositara en el parque que hay detras del campo de furbol del Carmen donde juega el ebro aki en Zaragoza no yame a la policia ni tampoco a antena3 pos se han burlado de mi forma de escribir le aviso que si veo policia el craneo ira a al rio y si no le interesa ya tengo un comprador de antiguedades que lo quiere”

El alcalde acudió a la cita, con agentes camuflados y un micrófono oculto, pero el ladrón no se presentó. Unos meses después, en Noviembre del mismo año, la Guardia Civil lo recuperó resultando ser los ladrones dos jóvenes de 19 y 23 años.
Son muchas las vicisitudes que el cráneo ha tenido que sufrir, para verificar su autenticidad, viajando incluso a los Estados Unidos, donde se le han practicado numerosas pruebas (ADN, carbono-l4, etc.) que han confirmado que coincide totalmente con la fecha de la muerte del Papa. Aunque el ADN ha sido imposible verificarlo, el cráneo se considera auténtico.
Sin embargo a día de hoy, verano de 2.009, en viaje personal al castillo del Papa Luna en Illueca, se nos ha asegurado que nadie del Ayuntamiento de la villa tiene constancia de cual es el actual paradero de los restos. Las autoridades que correspondan mantienen un cierto secretismo al respecto
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Se cree, no obstante, que el cráneo está ya en España y que ni su castillo-palacio natal en Illueca, ni su morada durante casi trescientos años en Sabiñán y mucho menos Peñíscola, donde tuvo su sede papal durante doce años más los siete en los que su cuerpo estuvo enterrado, van a ser su destino final.
Que cada cual saque sus propias conclusiones pero, nunca reconocida su legitimidad por la Iglesia de Roma y en su día destituido, excomulgado y declarado antipapa y hereje, corre el rumor entre los habitantes de Illueca, su pueblo natal -no sabemos con qué fiabilidad- que el lugar destinado para la exposición del cráneo de Benedicto XIII será La Seo de Zaragoza, lugar privilegiado de la misma Iglesia que nunca le reconoció como Papa pero que actualmente ve, en la exposición de su cráneo, un seguro interés turístico y pingües beneficios para sus arcas…
Si estos rumores son ciertos ó no, será el tiempo quien diga la última palabra; si lo son no faltarán sin duda alguna argumentos que justifiquen el emplazamiento: En base al interés general, a la seguridad de la reliquia, etc., etc.


Escudo del Papa Luna.
MILAGROS Y LEYENDAS.

Son muchas las leyendas que adornan la figura de Benedicto XIII, la mayoría de ellas, teniendo como silencioso testigo al castillo de Peñíscola.
La primera relata que cuando el exiliado Benedicto XIII embarcaba en el puerto francés de Colliure, para dirigirse al castillo de Peñíscola, se levantó una gran tempestad que amenazaba mandar a pique la galera que le transportaba. El Papa Luna se situó en la proa y mirando al cielo pidió a Dios que le permitiera salvarse, solamente en el caso de que legítimamente fuera el verdadero Papa. De inmediato se calmó el mar y perplejo exclamó: “soy Papa”
Otra, quizás la mas conocida de todos, es el eco de un fuerte lamento que, aún hoy, en noches de fuerte temporal, cuando las olas estallan entre las rocas y cuevas que estas contienen, algunos creen escuchar: ¡El verdadero Papa soy yo!
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Otra leyenda relata que, acosado y abandonado por todos, en una sola noche construyó él mismo la escalera que excavada en la roca lleva hasta el embarcadero donde el Papa Luna tenía siempre preparada su galera “Santa Ventura”. En el esfuerzo de tan descomunal empresa Benedicto XIII perdió el anillo papal. La maravillosa y costosísima joya cayó al mar y ya nadie la encontró jamás.
Más buscado incluso que el anillo del Papa Luna, lo fue el “Códice Imperial”, un pergamino del emperador Constantino que se guardaba en una cánula de oro y al que solo podían acceder los Pontífices, habida cuenta el trascendente contenido que hacía vacilar la fe de cuántos lo leían y que los papas anteriores habían custodiado desde los inicios del cristianismo. Inicialmente en poder de Benedicto XIII, tanto en vida como después de su muerte, diferentes embajadores de los Papas que competían con él trataron de conseguirlo sin ningún resultado. Tras la muerte del Papa Luna fueron registrados todos los rincones del castillo de Peñíscola, incluso su propio sepulcro, pero no se encontró jamás.
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Castillo de Peñíscola. Patio de armas y dependencias de Benedicto XIII (Papa Luna)
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Por si la construcción de la “escalera del Papa Luna” no es ya suficiente milagro, esa misma noche se produjo otra de las más importantes leyendas. Abandonado por todos y en un desesperado intento por salvar su papado, Benedicto XIII creyó ver la solución en viajar a Roma donde buscar viejos apoyos, que aquí se le negaban.
El Papa descendió por la escalera recién construida y subió a bordo de su galera “Santa Ventura”, portando como único equipaje la Cruz Procesional que le habían regalado los orfebres valencianos con motivo de su ascensión al papado, extendió su manto y dirigió el báculo hacia el horizonte. De repente…
¡el navío se elevó y flotando sobre las aguas emprendió un vuelo que le llevó a Roma en una sola noche!...
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Sus biógrafos aseguran que en una ocasión, con motivo de una descomunal plaga de arañas que invadieron la iglesia de la “Mare de Deu de l’Ermitana” y que amenazaba con extenderse por todo el pueblo, el Papa Luna acudió en ayuda de los monjes que habitaban el eremitorio, exterminándolas a fuerza de maldiciones, única y exclusivamente con la palabra.
Opiniones menos benévolas, al conocerse su excomunión le relacionaron con el demonio, imaginándolo con la piel de éste y vestido de sacerdote, predicando por el Maestrazgo castellonense, invitando a los fieles que San Vicente Ferrer había conseguido evangelizar, para que se apartaran de la palabra de Diós.
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El día 23 de Mayo de 1.423, justo el día en que su sucesor Clemente VIII fuera nombrado Papa...
“en el cónclave y en todo Peñíscola se extendió un olor fétido y durante varias noches un macho cabrío vagó por las terrazas del castillo”.
Según la leyenda, fue este acontecimiento el que llevó a su sobrino, el capitán Don Rodrigo, a pedir a Alfonso el Magnánimo el traslado de los restos de su tío a la casa natal, Palacio de los Luna, en Illueca.
Cualquier persona sensible, que en visita al Castillo de Peñíscola recorra cada una de las estancias estrechamente ligadas a la vida del Papa Luna, se dará cuenta de que cualquier misterio y leyenda es posible en tan espectacular escenario. Solo hace falta un poco de imaginación para “ver” a nuestro personaje recorriendo cada uno de los rincones del castillo que nos consta eran de su predilección ó necesidad y, especialmente, los salones donde recibió a las diferentes delegaciones , en los que defendió inutílmente la legitimidad de su pontificado.

RAFAEL FABREGAT

VIVENCIAS DEL AUTOR.- Nada tiene de particular que, siendo natural de Cabanes, pueblo que dista poco más de 35 Km. de Peñíscola, mi primera excursión escolar fuera al Castillo del Papa Luna. Unos días antes, el maestro aleccionó a la clase sobre la vida y obra de Benedicto XIII, motivo primordial del viaje. Con apenas 12 años de edad, la visita y las explicaciones que nos dieron durante la misma, me impresionaron notablemente. Una década después, cumpliendo el Servicio Militar Obligatorio en Castellón, mi Compañía (la 3ª del 2º Batallón de Infantería Tetuan 14) con un contingente de 102 soldados, fué seleccionada para colaborar en la representación de la obra "EL PAPA LUNA" en el castillo de Peñíscola,(La Vanguardia 8-8-1971) obra de José Camón que, dentro del programa "Festivales de España" , puso en escena a casi cuarenta actores (primera figura el actor Carlos Lemos, que daba vida a Benedicto XIII) y mas de un centenar de extras todos bajo la dirección de Roberto Carpio. Personalmente me cupo el honor de ser uno de los Obispos del séquito papal. A la representación, en dos actos (el primero transcurría en Aviñón y el segundo en Peñíscola) asistieron personalidades destacadas como el Presidente de la Diputación, el Gobernador Civil y el Arzobispo de Tarragona, entre otros. Un éxito espectacular forzó la repetición de la obra varios días más. Siempre interesado en ampliar mis conocimientos sobre la vida de este personaje, he visitado el castillo-palacio de los Luna, en Illueca y el Palacio de los Papas en Aviñón. Estas anécdotas y todo lo leído sobre este personaje me han animado a publicar esta síntesis de su vida. Gracias por su interés.

4 comentarios:

  1. Excelente reportaje y muy bien documentado y expuesto

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  2. Gracias amigo. Siempre a tu disposición.
    Saludos cordiales.

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  3. De molt jobe em van explica la istoria del PAPA lUNA. Em va quedabastan la istoria ,pero ara le entes mes . mol ben explicada

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  4. Gracies Erun. A manar. Una forta abraçada.

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