7 de marzo de 2013

0945- EL SILENCIO DEL COLOSO.

Dos estatuas gigantescas, de 18 m. de altura y alrededor de 1.000 toneladas de peso, fueron construidas en vida del faraón Amenhotep III. 
Conocidas como los Colosos de Memnón, presidían la entrada al templo mortuorio que fue construido en las proximidades de Luxor, en la orilla occidental del Nilo. 
Esculpidas en un solo bloque de cuarcita amarilla que simbolizara el culto al sol, se calcula que 12.000 hombres fueron necesarios para su transporte desde las canteras de Dyebel el-Ahmar, en Gizeb, a 700 Km. de distancia del lugar donde fueron situadas. Ambas estatuas son gemelas y representan al citado faraón de la XVIII dinastía, gobernante de Egipto entre los años 1390-1353 a.C. Las estatuas están en posición sedente y reposando las manos sobre sus rodillas. 


NEFERTITI. Neues museum de Berlín.
Amenhotep III tuvo decenas de mujeres y cantidad ingente de hijos, pero solo tres de ellas ascendieron al rango de esposa real: su prima Tiy, la princesa Giluhepa de Mitani y Sitamón, hija primogénita de Amenhotep y Tiy. El faraón aún se casaría con otras dos hijas suyas, aunque no las elevó al rango de esposas reales. También se casaría con una sobrina de su segunda esposa (Taduhepa) que algunos historiadores la identifican como la propia Nefertiti. Sin embargo, otros historiadores atribuyen a Nefertiti el papel de esposa reinante con Ajenatón, hijo segundo de Amenhotep y Tiy, faraón a la muerte de su padre. Recordemos que el primer vástago de Amenhotep fue una hija (Sitamón) a la que su padre había convertido en esposa. Lógicamente Amenhotep tendría decenas de hijos más, pero solo los siete habidos con sus esposas reales son los reconocidos por la Historia. El incesto entre padres e hijas era frecuente en el Egipto de aquellos tiempos, muy especialmente entre reyes que querían perpetuar a sus familias en el trono.


Los colosos de Memnón fueron tallados en la propia cantera, con cinceles rudimentarios que araban un surco en la roca madre hasta abrir el bloque que se necesitaba para esculpir la estatua final. Para descargar en lo posible el peso superfluo, la obra artística se realizaría también en la propia cantera. El único adelanto conocido en aquel tiempo para facilitar el arrastre de las 1.000 toneladas que pesaba cada una de aquellas piedras era el rociado de agua sobre el terreno, a fin de suavizar el rozamiento. Medidas y peso son increíbles, pero lo es aún más el hecho de haberse acarreado desde tan impresionante distancia con los caminos y sistemas rudimentarios existentes en aquellos tiempos. Como se ha dicho antes, se calcula serían necesarios no menos de 12.000 hombres y cerca de dos años para llevar a cabo el traslado. En bloques de menor tamaño eran utilizados troncos de madera, sobre los que rodaba el bloque de piedra, pero este sistema no se cree que pudiera ser válido para piedras de peso tan elevado y con tan diferentes tipos de terreno. 


Tampoco se cree posible trasladar a través del río piedras de ese peso, siendo por tierra el único sistema probable. Aún así, debieron de cruzar el río puesto que las canteras están al otro lado del mismo. Sea como fuere, la proeza de desplazar piedras de esas dimensiones sería, todavía hoy, asunto de gran dificultad. En su momento, el complejo religioso de Tebas fue el de mayores dimensiones construido hasta entonces (35 hectáreas) pero, desgraciadamente, el lugar elegido no fue el más apropiado. Sufriendo la zona algunas crecidas del río, doscientos años después el complejo ya estaba en ruinas. Nada queda visible del templo que los colosos custodiaban, pues posteriores faraones reutilizaron los bloques del Templo de Amenhotep. Especialmente el faraón Merenptah, de la XIX dinastía, que los utilizó masivamente para la construcción de su propio monumento funerario cercano. En honor y recuerdo de su antecesor, Merenptah respetó los colosos que al ser de una sola pieza habían quedado intactos. Quedaron enterrados los vestigios de los pilonos, columnas y salas del complejo que los arqueólogos están sacando actualmente a la luz. 

Ya para cerrar, vayamos al título de esta entrada... El terremoto del año 27 a.C. (recordado por Estrabón) en tiempos en que los colosos estaban ya muy agrietados, ocasionó que uno de ellos se abriera todavía más cayendo incluso algunos trozos de piedra. A partir de ese momento y cada día, a la salida del sol, la estatua producía unos enigmáticos ruidos. Los primeros "turistas" griegos y romanos que visitaron la zona, rebautizaron al coloso en cuestión con el nombre de "Memnón", héroe de Troya que cantaba a su madre cada amanecer. Se cree que, al humedecerse la piedra agrietada durante la noche y calentarse por los efectos del sol, producía los citados ruidos. El emperador Septimio Severo mandó reparar la estatua dañada, en el siglo III de nuestra Era y los ruidos jamás volvieron a oírse. 
Los secretos egipcios son conocidos a partir de la lectura de sus jerolíficos, pero sigue siendo un misterio la forma de mover tan grandes piedras. En el caso de "los colosos de Memnón", aunque estrecho, sería inevitable la construcción de un camino o canal perfectamente llano sobre el que arrastrar o rodar tan majestuosos bloques. Sin embargo la pregunta más complicada sigue en pié... ¿Como cruzaron el río?. 

RAFAEL FABREGAT
El último Condill, español.

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