24 de diciembre de 2009

0025- CABANES Y SUS CASTILLOS.

Un Luna en nuestras tierras...?
Todos quienes me conocen saben mi fijación por la "Historia y Leyendas del Papa Luna" y, por lo tanto, por todo cuanto pueda estar relacionado con Benedicto XIII. Lamentablemente no puede haber muchas coincidencias entre el Papa Luna (1328-1422) y los Castillos de Cabanes pero, cuando alguien quiere sacar punta de las cosas, cualquier mínimo dato le sirve para explayarse en aquello que le interesa y este es el caso que me ocupa en el día de hoy. Pero vayamos al tema y divaguemos sobre esa posibilidad por insignificante que sea...

La posibilidad histórica.
Bocalla Ferrenc de Luna (+1.115), primer Señor de Luna, fundador del apellido y antepasado por tanto de Benedicto XIII, era yerno de Sancho Ramírez I de Aragón y por lo tanto cuñado de Pedro I, su hijo. Bocalla luchó a las órdenes de Sancho I dirigiendo las tropas del reino hasta que, a la muerte de su suegro en el sitio de Huesca en 1.094, juró la misma fidelidad a su hijo Pedro I. La historia nos dice que el castillo de Miravet fue conquistado a los moros por el Cid Campeador en el año 1.091, como nos dice también que lo hizo con el apoyo del rey de aragón Sancho Ramirez I, con quien compartió la victoria.

Aunque no hay constancia escrita del hecho, teniendo en cuenta que Bocalla de Luna era mano derecha del rey y general de sus ejércitos, es de suponer que participó en la conquista de los Castillos de Miravet y Zufera. La colaboración del rey de Aragón, en la expulsión de los moros de Miravet, queda patente al ser este soberano el que lo toma en propiedad y nombra a los gobernadores que habrán de dirigirlo y custodiarlo a fin de consolidar la conquista. A la muerte de Sancho Ramirez I en 1.094, es su hijo Pedro I quien los refrenda nuevamente en el cargo, por lo que el castillo de Miravet es gobernado por la Corona de Aragón durante algo más de diez años (1093-1104) como propiedad avanzada.
Tiempos de guerras constantes, Pedro I sigue combatiendo al lado del Cid en la defensa de Valencia y consolida la supremacía de las tropas cristianas contra las moras, muriendo el 28 de Septiembre de ese mismo año 1.104 en el valle de Arán, con apenas 36 años de edad. Al morir sin descendencia, le sucedió su hermanastro Alfonso, compañero inseparable de luchas contra los moriscos.

Consta documentalmente que, quien sería prontamente conocido como Alfonso I el Batallador, había acompañado a su hermano Pedro I en la expedición de ayuda al Cid Campeador en la conquista de tierras valencianas. Grande entre los grandes, conquistó Zaragoza entre otras muchas plazas de Aragón y se casó con Doña Urraca, hija de Alfonso VI de Castilla, de la que se separó por acusaciones de su mujer que dijo haberle pegado "con manos y pies".
Mientras tanto, los moriscos levantinos aprovecharon la distracción militar del rey aragonés, ocupado en la conquista de Zaragoza y sus problemas con la corte castellana y recuperaron no solo el castillo de Miravet, sino buena parte de todos los de la comarca que habían perdido años atrás.

Los castillos de Miravet, Albalat y Zufera.
Aunque no tenemos noticias de su origen, nos consta que ya en el neolítico hubo habitantes en las proximidades de Miravet. Pero hay mucho más...
El historiador Gaspar Escolano (1.610) refiriéndose a los diferentes yacimientos minerales de la zona levantina dice, entre otras cosas: "...Hay indicios de oro en pepitas, entre Oropesa y Cabañas..." (Miravet) refiriéndose al asalto de los piratas berberiscos a Torreblanca (1.397) el escritor Manuel Vidal Salvador (+1698) refiere la sustracción de la arqueta del Santísimo Sacramento y que un manuscrito del gremio de curtidores de Valencia dice que el culpable del asalto fué "Mohamed, un jueu sastre de Cabanes que avía escrit a son germà Çaporta en Bugía".
A lo largo de la historia algunos autores han pretendido demostrar que ya el Rey Salomón recibía tributos desde nuestra península. En una lápida con caracteres hebreos encontrada en Sagunto se tradujo "Este es el sepulcro de Adón Hirán, criado del Rey Salomón que vino a cobrar el tributo y murió..." Al parecer alguna de estas inscripciones sepulcrales también fué encontrada en el Castillo de Miravet.

MIRAVET. Puerta de acceso al castillo.
Sea como fuere siempre ha existido la leyenda de la existencia de un fabuloso tesoro "ocultado en tiempo de los moros" y enterrado en la Iglesia de San Martín, dentro del Castillo de Miravet, en Cabanes, lo que ha hecho llegar a más de un depredador, con detector de metales incluído. Hay constancia que han sido varios los intentos de hallar el pretendido tesoro de la Mezquita de Miravet, pero siempre con resultado negativo. Como se ha dicho anteriormente, el castillo es de origen musulmán ignorándose su denominación en aquel momento, teniendo como primer dato histórico que fué conquistado a los moros por el Cid Campeador, en 1.091 y que éstos lo recuperaron doce años después, gobernándolo durante un centenar de años más, hasta la derrota definitiva que les infringió Jaime I el Conquistador en 1.223, siendo cedido posteriormente al obispado de Tortosa en agradecimiento a su colaboración. Miravet era algo más que un simple castillo, tanto es así que los entendidos lo citan como una ciudad fortificada, centro administrativo de la que dependían no solo Zufera que prontamente fue absorbida, sino también el castillo de Albalat desl Anecs y los lugares de Cabanes, Benlloch y Torreblanca.

Técnicamente es un castillo montano, de planta irregular. Un recinto fortificado en el que había un gran número de viviendas, así como una Iglesia y el Castillo propiamente dicho en la cumbre. Su última restauración fué llevada a cabo en los siglos XIII-XIV por Poncio de Torrellas, obispo de Tortosa y Barón de Miravet, del que toma su nombre. Con anterioridad, en 1.178, ya el rey Alfonso II prometió al obispo de Tortosa la donación del Castillo de Miravet y sus territorios cuando se conquistasen nuevamente, pero la conquista definitiva no se llevó a cabo hasta el reinado de Jaime I y es entonces cuando se confirmaron las donaciones prometidas por su antecesor, en agradecimiento a la ayuda prestada.

Castillo de Miravet.
Es el 27 de Abril de 1.224 cuando el rey otorgó al obispo Poncio Torrellas la donación de los castillos de Miravet, Zufera y Fadrell, confirmándolo nuevamente el 3 de Septiembre del mismo año al agradecerle al prelado de Tortosa su ayuda en el cerco de Peñíscola.
La Baronía de Miravet comprendía territorios actualmente repartidos entre los municipios de Cabanes, Benlloch y Torreblanca.
El "Llibre dels feyts" nos relata que en el verano de 1.233 se rindieron también Burriana y los castillos de Borriol, Villafamés, Cuevas de Vinromá y Alcalatén. Por su etimología, se cree que Miravet pudo ser un monasterio de monjes musulmanes dedicados a la guerra santa, mientras que Zufera parece ser el enigmático enclave de Azafúz que Pedro I de Aragón cita en un documento del año 1.100 y que después de la conquista fué absorbido por el vecino y prepotente Miravet. Una vez más queda constancia de que los reyes aragoneses estuvieron presentes en las conquistas y acontecimientos de ambos castillos y una vez más podemos recalcar que con ellos estaba presente el antepasado de Benedicto XIII, Bocalla de Luna.

RUINAS CASTILLO DE MIRAVET. 
Conquistados definitivamente los castillos de Miravet y Zufera, el prelado Poncio Torrellas se dedicó a repoblar de cristianos todo el territorio, del que formaban parte también el castillo de Albalat, la villa de Cabanes y los lugares que posteriormente fueron Bell-lloch y Torreblanca, estando documentado que Cabanes se pobló en 1.243 y Benlloch en 1.250. Consta que en marzo de 1.245 los árbitros nombrados por Poncio de Torrellas y el Maestre del Temple delimitan los términos de los castillos de Xivert, Miravet y Oropesa y que en 1.262 el maestre de la Orden del Temple y el cabildo de Tortosa dirimen cuestiones sobre la propiedad de los castillos de Miravet y Zufera, por lo que en años posteriores se pronuncian sentencias que fijan límites entre los castillos de Miravet y Montornés que sus señores aceptan, no figurando ya Zufera por formar parte del territorio de Miravet. Ya innecesaria la protección de los castillos, en el siglo XIV empieza una despoblación que no dejaría de aumentar, habiendo constancia que a primeros del siglo XV solo quedaban en Miravet 15 fuegos, mientras que ya había 200 en Cabanes y 100 en Benlloch. A finales del siglo XVI Miravet fué definitivamente abandonado.

Iglesia-fortaleza de Albalat.
A mediados del citado siglo XVI la pujanza de Cabanes y la despoblación de Miravet y Albalat eran tan notorios que éstos últimos, con sus términos respectivos, se unieron a Cabanes en un acto solemne celebrado el día 5 de Julio de 1.575 y ante el notario Pedro Soler, en la "Casa de la Sal", partida de Albalat. Actualmente tanto Miravet como Albalat están en ruinas, aunque los habitantes de Cabanes y comarca tienen muy presente su historia. Del castillo de Miravet apenas queda en pie una parte de la torre del homenaje, la puerta de acceso al castillo propiamente dicho, los recintos y cisternas y la iglesia de San Martín y San Bartolomé que nos recuerdan las luchas de la época medieval en estas tierras de transición.

Albalat totalmente derruido, aunque permanece perfectamente restaurada la iglesia-fortaleza de Santa María de la Asunción. Del castillo de Albalat solo tenemos noticias de haberlo construído los obispos de Tortosa cuando repoblaron estas tierras en el siglo XIII, así como de que su Iglesia-fortaleza se fortificó en 1.397, con motivo del ataque pirata que sufrió Torreblanca. Aunque bastante abandonadas, permanecen en pié la torre vigía de Albalat y la de la Pedrera, creyéndose que corresponden a alquerías habitadas de la zona y no a avanzadas del propio castillo de Albalat.

MIRAVET. Ruínas de las caballerizas.
La iglesia del castillo de Miravet.
Aunque no hay constancia escrita de ello, se supone que los cristianos aprovecharían la antigua mezquita mora. Parece ser del siglo XIV y es de una sola nave rectangular de 13,20 por 5,63 metros, con portada románica de dovelaje y jambas pétreas; su techo (hoy derruido) estaba sostenido por tres arcos apuntados, también de piedra y era de artesonado de madera según se adivina por los canecillos y ménsulas de las paredes.
En 1.572 fué su párroco Mn. Gaspar Punter, que posteriormente fué obispo de Tortosa y se cree que el último que atendió la parroquia fué Mn. Juan Bautista del Castillo ya que, en visita pastoral de 22 de Febrero de 1.580 el Obispo-barón Fray Juan Izquierdo, el mismo que cinco años antes había anexionado a Cabanes los despoblados de Miravet y Albalat, manda al rector de Cabanes Mn. José Martí que celebre en la iglesia de Miravet doce misas anuales, pudiendo colectar y recibir los frutos de las mismas. En la visita que en 1.607 hizo a la parroquia de Cabanes el obispo Fray Pedro Manrique, se le informó también que la iglesia de Miravet no tenía feligreses pero esté proveyó que todos los párrocos de Cabanes tenían la obligación de celebrar las doce misas anuales, una cada mes y coincidiendo la de Agosto con San Bartolomé (día 24) y la de Noviembre con San Martín (día 11).
En visita pastoral del obispo D. Justino Antolinez de Burgos en 1.633 se insiste que en dicha iglesia ya no hay fundadas misas ni aniversarios, ni pilas bautismales, ni otra cosa más que el altar por lo que el prelado manda que se repare la iglesia y se haga un porche o caseta al lado de la misma para que puedan hacer fuego y cobijarse los que allí vayan, sin tener que usar el recinto del templo.

IGLESIA DE MIRAVET. 
Otro dato curioso lo da el obispo fray Antonio José Salinas que en visita del 20 de Septiembre de 1.797 relata: "La (ermita) de Miravet, con el título de San Martín, está distante dos horas. Se celebran solamente dos misas al año, en los días de San Bartolomé y de San Martín. No tiene ornamento alguno, por lo que se llevan de la Iglesia (de Cabanes) en esos días.
Con la llegada de la invasión francesa (1.808) se desistiría de celebrar culto alguno en la iglesia de Miravet puesto que ese territorio era de frecuente recorrido por las tropas francesas. Con ese obligado abandono la vieja ermita se fué desmoronando y al restaurarse la de Ntra. Sra. del Rosario de Cabanes en 1.853, tras el incendio que le infringieron los franceses en 1.811, se aprovecharon las tejas de la de Miravet para esta última que, al estar en el Calvario, se dedicó al Santísimo Cristo de la Agonía.
De la "novena" al Santísimo Cristo de la Agonía (1.864) se transcribe esta noticia sobre Miravet: "En el día (de hoy) en Miravet solo queda una arruinada ermita que estaba dedicada a San Martín Obispo, cuya imagen de piedra arenisca todavía ha sido venerada por muchos de los moradores de esta villa".
Actualmente ya nadie lo recuerda, pero la espiritualidad cabanense todavía rinde anualmente tributo a la iglesia de Miravet en los traslados de la Virgen del Buen Suceso a la población, ya que al divisar los romeros las ruínas del castillo y de su iglesia se canta una Salve que, según refiere Mn. Sales y Vidal en 1.867, era en su origen un responso por los difuntos de Miravet.

EL ÚLTIMO CONDILL

NOTA.- Las personas que salen en las fotos de esta entrada, visitando el Castell de Miravet, son la mujer del autor y sus hijas. Año 1985.

16 de diciembre de 2009

0024- MENDIZABAL Y LOS NUEVOS RICOS.


Juan Álvarez de Mendizábal.
En cualquier pueblo de España, por pequeño que sea, existen una serie de familias que siempre han sido llamadas coloquialmente "los ricos del pueblo". Gentes a las que siempre hemos considerado (equivocadamente) como "ricos históricos", pensando que sus bienes provenían de tiempos remotos del medievo o al menos, de la época en que se produjo la expulsión de los judíos de tierras peninsulares.
Sin embargo, nada más lejos de la realidad. Gran parte de esas familias son ricas desde hace menos de 150 años atrás y no por conquistas medievales, sino por la oportunidad y provecho que de ella sacaron en su momento sus antecesores. Hasta entonces estas familias gozaban tan solo del privilegio de ser quienes mandaban en la comunidad; dirigentes siempre necesarios para que la Corona pudiera controlar al populacho del cual, aunque sobresaliendo, formaban parte. Las grandes casas y las grandes fincas eran de la Corona, de la Iglesia, de los Nobles y de los Municipios. Al pueblo llano se le permitía tan solo acceder a la propiedad de parcelas marginales de baja calidad o de monte bajo que con su duro trabajo pudieran transformar en cultivables.
Y esta es la narración de aquellos acontecimientos históricos...

Fernando VII de Borbón (1784-1833) abolió la "Ley Sálica" , instaurada en España por Felipe V en 1.713 y que apartaba a las mujeres de la sucesión.
No teniendo hijos varones, con este decreto Fernando VII quiso asegurar el trono para su hija, la futura Isabel II, lo que excluía a su hermano Carlos que era el sucesor legítimo. El infante y sus partidarios se sublevaron provocando la Guerra Carlista que duraría 7 años.
A la muerte de Fernando VII, su hija Isabel solo contaba 3 años de edad, por lo que se nombró Regente a su madre Doña Maria Cristina de las Dos Sicilias que ejerció el cargo durante 10 años.
Juan Álvarez Mendizábal (1790-1853) a la sazón Ministro de Hacienda y posteriormente Presidente del Gobierno, era hijo de madre judía (Margarita Méndez) por lo que cambió su segundo apellido por el de Mendizábal para ocultar su origen.
Ante la delicada situación económica provocada por los gastos militares de la guerra carlista Mendizábal expuso a la regente Doña Maria Cristina la necesidad de reforzar el ejército con 100.000 hombres a fin de acabar definitivamente con la guerra civil. Los costes estaba previsto financiarlos con un empréstito inglés, pero la especulación hizo imposible el crédito y tuvo que recurrirse al reclutamiento forzoso.

Para paliar la creciente Deuda Pública Mendizábal, propuso a la burguesía que se hiciera cargo de las tierras en "manos muertas" con el fin de aumentar la producción agrícola y con ello los ingresos de la Corona. Ante su negativa y creyendo firmemente que la solución que se necesitaba era poner en producción la enorme cantidad de tierras entonces abandonadas, mediante decreto del 19 de Febrero de 1.836 se pusieron a la venta las propiedades nobiliarias y los bienes de las órdenes religiosas extinguidas, que los habían acumulado a lo largo de los años con donaciones, abintestatos, etc. admitiéndose el pago en títulos de deuda consolidada, con el valor nominal de esos títulos. Para completar la operación y en previsión de problemas posteriores, mediante nuevo decreto de 8 de Marzo del mismo año, se eliminaron las corporaciones religiosas de clérigos regulares que podían reclamarlos. El gran error del proyecto de Mendizábal, inevitable por otra parte, fué que la división de los lotes y el control de las subastas se encomendaron a comisiones municipales que aprovecharon su poder para manipular a su antojo las condiciones de las subastas, configurando grandes lotes inasequibles a los pequeños propietarios.

Tanto en el medio rural como en las ciudades la gente humilde, aún teniendo posibilidades, no podían comprar; bien porque no tenían información de las subastas o porque éstas estaban amañadas por los potentados locales y sus afines, que estaban en connivencia con los que las dirigían. Por consiguiente la Desamortización de Mendizábal no consiguió los propósitos que pretendía su creador y solo contribuyó al latifundismo y a un urbanismo discriminatorio.
En cuanto al aumento de la producción agraria, que pretendía Mendizábal, tampoco se consiguió en absoluto puesto que los nuevos propietarios no emprendieron mejoras, sino que se limitaron a sustituir los diezmos por nuevos contratos de arrendamiento y a cobrar las rentas a los mismos aparceros que las habían trabajado hasta entonces. Algunos nuevos propietarios consiguieron adquirir tal cantidad de bienes, que pasaron a vivir en la ciudad ajenos a los problemas agrícolas y la productividad media descendió de manera notable, ya que las únicas tierras que se trabajaron por vez primera eran marginales, tierras de baja calidad que no tenían interés para los dirigentes y que llegaron a manos de la gente humilde.

Las grandes fincas y las urbanas mejor situadas, fueron a parar a manos de los caciques locales o a inversores que traficaron con los títulos de deuda que los dirigentes de la subasta pública suministraban a los compradores. La llamada Desamortización de Mendizábal se refiere pues a las Leyes que posibilitaron la venta de aquellas propiedades rústicas y urbanas pertenecientes a entidades impersonales y siempre con la intención de lograr una mejor distribución de la riqueza que mejorara su rendimiento, pero esa prosperidad general y por extensión la de la Corona, solo se consiguió en parte. La deuda acumulada por la guerra no se resolvió en su totalidad, aunque se atenuó notablemente debido a los ingresos que aquellas ventas proporcionaron. Aún así la gestión de Mendizábal se consideró fracasada y unido ello a la imposibilidad de acabar con la guerra carlista se forzó su dimisión.

Pero las ventas no cesaron hasta finales del siglo XIX a pesar de los diferentes cambios de gobierno. Todos los diferentes políticos estaban convencidos de la necesidad de acabar con "las manos muertas" para desarrollar el país. En 1.867 se habian vendido 198.523 fincas rústicas y 27.442 urbanas.
Solo en cuarenta años (1855-1895) el estado ingresó 7.856.000 reales, el doble de lo recaudado con la desamortización de Mendizábal.
Se calcula que de todo lo desamortizado, el 30% era de la Iglesia, el 20% beneficencia y el 50% restante a propiedades municipales, fundamentalmente pueblos. Las leyes de desamortización fueron derogadas por Calvo Sotelo en 1.924. Estos nuevos ricos "nacidos" durante el reinado de Isabel II (1833-1868) constituyeron pues la élite terrateniente de la época y en la mayor parte de los casos, sus descendientes han seguido ostentado no solo los títulos de propiedad adquiridos por sus antepasados sino que, al menos en el medio rural, también el poder local que aquellos disfrutaban.

Esa es la historia de los ricos históricos a quienes el proletariado, instigado por aquellos que queriendo comer de la "tarta de Mendizábal" no tuvieron oportunidad de hacerlo, siempre tachó de ladrones. Nada más lejos de la realidad. Si hay que definir con una palabra a quienes consiguieron que se les adjudicaran bienes en tan especiales condiciones, sería la de oportunistas; pero que nadie les critique por ello ya que, cualquiera que hubiese tenido esa misma oportunidad la hubiera aprovechado sin duda y muy especialmente aquellos que tan duramente les adjudicó el título de ladrones.

La operación de compra fue totalmente legal, no así la forma en que se llevó a cabo. Está claro que fue un claro abuso de poder pero eso ha sido y sigue siendo igual desde la noche de los tiempos, sea quien sea el que lo ostente. Los buitres oportunistas están siempre al acecho pero que nadie dude que los actuales propietarios de aquellos bienes, descendientes de los coetáneos de Isabel II, son dueños legítimos. En primer lugar porque ellos no hicieron otra cosa que heredarlos de sus antepasados y en segundo lugar porque, como se ha relatado anteriormente, aquellos no los robaron sino que los compraron, solo que... ¡en condiciones muy especiales!
Demasiado especiales, diría yo...

EL ÚLTIMO CONDILL

1 de diciembre de 2009

0023- PASCUA DE RESURRECCION.

Hoy es lunes (1.960), pero no un lunes cualquiera.
Ayer fué Domingo de Ramos y con él ha comenzado la Semana Santa, siendo la esperada Pascua el premio final que nos habremos de ganar sobradamente los jóvenes, en estos días que faltan todavía. Es día lectivo y "els cagonets" entran en el aula de Doña Teresa que maneja la clase con permanentes gritos de... ¡¡¡silencio!!!, juntamente con algún pequeño pescuezo.
Yo voy a la de Don Julio que es la siguiente, primera para mayores. Para alguno de mis compañeros de clase ha habido novedades importantes. Una reestructuración del reparto de alumnado ha hecho que, buena parte de quienes íbamos a la clase de Don julio, pasemos a la de Don Paco al que se teme por la frecuencia y dureza de los castigos que impone.

Quedarse sin recreo está a la órden del día y no pasa ninguno sin que saque del armario la regla con la que golpee la mano de alguno de sus alumnos, cuando no la punta de los dedos unidos "en cucurucho", que todavía escuece más. Yo he tenido suerte y no he llegado a sufrir dichos castigos...
Para no sobrecargar en demasía el número de alumnos de este aula, el mismo día de llegada a su clase Don Paco nos ha pedido que levantáramos la mano aquellos que supiéramos dividir, aunque solo fuera por una cifra. Dos o tres levantamos la mano en ese sentido y, sin comprobación previa de que fuera cierto, pasamos directamente a la tercera y última clase ¡la de los mayores! que regenta Don Francisco, el Director del colegio.

El susto inicial ha pasado y la inesperada novedad de pasar directamente, de la primera clase a la tercera, abre un mundo de posibilidades que desconocemos en ese momento.
Don Francisco era el director del colegio. Católico practicante donde los haya, tocaba el armonio de la Iglesia y dirigía el coro parroquial a la vez que era también director de la Banda Municipal. Formaba parte de la élite local y era por tanto uno de sus principales dirigentes.
Atendiendo sus órdenes como Director, la jornada empezaba con el izado de banderas y el cántico de los himnos franquistas, todos en correcta formación en el patio del colegio.

Acto seguido, ya en la clase, un Padrenuestro daba paso a los trabajos del día que solían ser un Dictado sobre efemérides de Religión Católica ó Historia próxima a la fecha del día en cuestión, que indefectiblemente acababa con el tradicional Recreo y la cola para recoger el tazón de leche americana en polvo.
Una hora más tarde el toque de silbato indicaba el final del recreo y, prácticamente, de la clase matinal ya que apenas restaba tiempo para rezar el Ángelus y alguna nota preliminar sobre los trabajos a realizar por la tarde. Nada especial puesto que ésta se limitaba a realizar algún dibujo o bien a la lectura del Libro de España y poco más.
Un año antes de finalizar el ciclo escolar, entonces hasta los catorce años y dos más después de salir de la escuela, tuve la suerte de que mis padres me permitieran asistir al "repaso" que impartía el maestro que había sustituido un año antes al llamado Don Paco.

Don José Manuel, que así se llamaba aquel maestro natural de Benlloch, que daba clase en aquella segunda aula a la que yo nunca asistí, se recuerda todavía como uno de los mejores maestros que han pasado por el colegio cabanense. Firme en sus convicciones y un poco brusco en los modos, no tenía otro objetivo que el de ejercer su profesión para el máximo provecho de sus alumnos. Hasta los dieciseis años fuí cada día a aquel repaso en el que aprendí cuanto sé y donde algunos de mi edad cursaron incluso estudios medios o las enseñanzas suficientes para acceder a ellos. Pero me he ido por las ramas extendiéndome demasiado en un tema que nada tiene que ver con el título de esta entrada.

En aquella Semana Santa de 1.960 y después de dos días de clase, cuya única asignatura había sido Religión, llegaba el miércoles Santo y con él la obligada Confesión General y los primeros actos eclesiásticos de la Pasión. Los alumnos, en rigurosa fila vigilada por los maestros, marchábamos desde el colegio hacia la Iglesia donde el párroco, ayudado por dos o tres sacerdotes más llegados de fuera, nos confesaba nuestros pecados; principalmente la desobediencia a nuestros padres, alguna falta a misa (pocas) y los pensamientos (y actos) impuros. Con la confesión general realizada y ya libres de todo pecado, nuestras almas impolutas empezaban las vacaciones de Pascua que nos liberaban de obligaciones escolares hasta el martes siguiente a San Vicente. Nada menos que doce días sin clase, aunque con un asunto que atender sin posibilidad de escaqueo: deberes y obligaciones eclesiásticas de las que tendríamos que rendir cuentas a nuestro regreso; y estas obligaciones empezaban sin más dilación, puesto que al día siguiente era Jueves Santo.

Ese jueves, durante el día, no había obligación alguna que realizar salvo la de proveerse de la "maza" que todos los carpinteros de la localidad tenían la "obligación" de regalar a cuantos niños se la pidiesen. Por la tarde los solemnes actos de rigor: Oficis, misa y simbólico lavado de pies a los apóstoles (concejales o "virtuosos" locales), previo pase de la matraca por las calles de la villa acompañada de los niños del pueblo (maza en mano) con el griterío y la típica frase de porta tancá bona massá. La matraca que portaban els coteros y el resto de niños, cada uno de ellos con la maza de madera que el carpintero de turno les había regalado para este fin, entraban en la iglesia ocupando los primeros bancos.

El momento en que simbólicamente moría Jesús, se acompañaba con el enorme estruendo que armaban los niños al golpear con sus mazas los bancos de la Iglesia. La intensa emoción del momento y el ruído infernal de las mazas golpeando los bancos, todavía me pone hoy los pelos como escarpias al recordarlo.
El ceremonial religioso era excepcionalmente intenso en aquellos tiempos. Varios curas confesando al mismo tiempo, sin poder dar abasto, al tiempo que otros se turnaban en sermones que parecían no tener fin. Las imágenes cubiertas con los morados lienzos y la escasa luz de la Iglesia recreaban la situación que el momento requería.

Al día siguiente, Viernes Santo, más de lo mismo con el añadido de la solemne e interminable Procesión del Entierro, con Ernestín el de Cona vestido de "negro demonio" que, armado con un grueso garrote, encabezaba la procesión controlando a la chiquillería que abría la misma. La asistencia de fieles era tan grande que cuando buena parte de la procesión ya había sobrepasado la calle de San Vicente, en els cuatre cantons, mucha gente todavía no había salido de la Iglesia. La fé (o el miedo a todo y a todos) era mayor en aquellos tiempos pero, como todo en la vida, no duró para siempre. Después llegaba el Domingo de Pascua y renacía la luz y la alegría.

La "paga" en tan solemne fecha, era mayor y más todavía si se recibía triplicada, puesto que (al menos los jóvenes) celebrábamos tres días de Pascua. Con un poco de suerte y si no había algún castigo de por medio, se podía llegar a las 5 pesetas diarias (3 céntimos de euro). Era más que suficiente..., pensaban los padres que "controlaban" las necesidades reales de sus hijos, aunque no el destino real de aquel dinero que era el siguiente:
- 3,60 Ptas. paquete cigarrillos "celtas",
- 0,40 Ptas. una cajita de cerillas y
- 1,00 Ptas. una limonada "roja" del fabricante local (Siurana/Beltrán).
Aunque con saldo cero, las necesidades "más importantes" quedaban cubiertas.
En esta primera etapa, la merienda era temprana y se hacía en la casa de uno de los chicos. Cada uno sacaba lo que buenamente su madre le había puesto; yo tortilla y dos longanizas que llevaba en una pequeña fiambrera de aluminio llena de abolladuras que mi padre había traído de la Guerra Civil; un trozo de pan y la obligada gaseosa "roja" local. Los demás algo parecido. Al finalizar la merienda íbamos a "bailar/jugar" con las chicas y a fumarnos un par de cigarrillos, que nos mareaban y nos hacían toser. Naturalmente, también nosotros teníamos nuestra pandilla de chicas...

Ellas, con 10 años, nos esperaban con los labios pintados de un rojo chillón, entonces de moda, entre sus madres...
Pasaron dos o tres años y las pandillas se ampliaron. Nosotros, con la incorporación de José Antonio "el Teulé", pudimos ¡por fin! bailar sin cantar. (?) El Teulé tenía un transistor y, con música o con las noticias, nosotros bailábamos. Pagando el resto de amigos las pilas... eso sí, pero el que algo quiere algo le cuesta. Algo mayor que nosotros muy pronto tuvo carnet y coche: un citroen que con solo dos caballos apenas si podía con nosotros. También ahí había que pagar la gasolina, naturalmente, pero la cuestión era viajar.

El fichaje de Pepe el Maquet fué un éxito, mayor si cabe. Entre otras cosas porque éste no pedía nada a cambio. Gran persona y propietario de Pick-up trajo a la pandilla la oportunidad de hacer "guateques" como Diós manda, o sea, con música de verdad. Entre todos comprábamos discos (la mayor parte de segunda mano, a Antoniet "el de Dotres") y el baile y las chicas estaban asegurados.

Mayores "pagas" de nuestros padres y el corte de gavells de malea que implantó "el Maquet" nos permitieron acceder a gastos impensables poco tiempo atrás. Las chicas aportaban merienda o pastas y nosotros la bebida, siempre de alta graduación y pocas veces del gusto de éstas que se quejaban con frecuencia de nuestra afición a comprar brandy y nunca licores dulces. No era egoismo por nuestra parte; el motivo era que la firma FUNDADOR promocionaba la venta de su brandy regalando un disco por cada botella adquirida y ¡claro! había que aprovechar... En esa época las parejas ya no eran las iniciales, aunque no vamos a dar más detalles sobre el particular...

Pandillas de chicos y chicas ya no eran compañeros inseparables. La nuestra organizaba "guateques" con dos o tres pandillas diferentes de chicas y lo mismo hacían ellas, que se dejaban "querer" por otras tantas de chicos. Cosas de la adolescencia.
Los "60" estaban en todo su apogeo. Ya no había que esperar a la Pascua de Resurrección para organizar bailes y meriendas.
Estábamos en plena adolescencia y había una vida que vivir. Como han hecho los jóvenes de siempre, nos dejamos llevar... ¡y fuimos a por ella!

EL ÚLTIMO CONDILL

0022- CABANES 50 AÑOS ATRAS.

Cabanes era ya en los 50/60 la envidia de los pueblos vecinos. Lo era incluso cien años atrás cuando (llegando a los 3.000 habitantes) superaba a algunas de las que hoy son principales ciudades de la provincia. Después bajó el número de vecinos, siendo en los 60 unos 2.000.
La famosa Fuente del Buensuceso, una fuente inagotable instalada en la plaza principal y algunas otras en puntos limítrofes del municipio, facilitaban a toda la población el necesario elemento. Pero eran muchos otros los servicios de los que el pueblo disponía...

Profusamente iluminadas sus calles, con sendas farolas adosadas a los muros de las casas, cada una de ellas apenas a un centenar de metros de la anterior y con una bombilla de 40 vatios... ¡el día se hacía interminable! Con tanta luz en las calles (?) en verano, tras la cena, los vecinos solían sacar unas sillas a la calle para pasar un par de horas al fresco donde, en compañía de sus vecinos, ponerse todos al corriente de las novedades de la jornada o degustar la primera sandía cosechada.
Cierto es que los accesos a la población no eran los más idóneos puesto que, aparte la carretera de Zaragoza que pasaba extramuros, el resto eran caminos de tierra con profundas rodadas producidas por la multitud de carros que entonces había, todos ellos con estrechas ruedas de hierro, pero poco a poco las cosas fueron mejorando.

Fué por aquellos años cuando se construyó la carretera que va al Arco Romano y cuando se asfaltó la de La Ribera. Una compañía de "Burreros" vino de La Mancha para convertir el sueño en realidad. Llevaban más de veinte burros y dueños y animales se instalaron en el Hostal de Amado, junto a la carretera de Zaragoza.
Los burros, con sus correspondientes alforjas, acarreaban la piedra y sus dueños se encargaban, con sendos martillos, de convertirlas en "machaca". Los pequeños montones de piedra partida se repartían a lo largo de toda la futura carretera y también dentro de la población, puesto que se considera que esta carretera empieza en la de Zaragoza, delante de la "villa de La Xurra", atravesando de parte a parte la localidad con lo cual también esas calles fueron alfaltadas.

Para Cabanes, población eminentemente agrícola, supuso un gran alivio disponer de unos kilómetros de excelente camino que llevara a los vecinos a sus quehaceres diarios, sin los baches y las frecuentes piedras con las que los caminos de tierra estaban plagados. Unos años después llegarían ya los primeros carros con ruedas de goma, que aliviaron las posaderas de sus dueños y los destrozos de los caminos.
El recibimiento de los foráneos, procedentes de la parte de Castellón, lo hacía el "río Ravachol", lugar de juego para los niños de los barrios colindantes que buscábamos las escasas ranas que el eterno caudal, de sucias aguas provenientes de los lavaderos municipales, permitía que se criasen. Mas frecuentes eran las cucarachas de agua puesto que ellas, en los eternos charcos de aguas putrefactas, se multiplicaban sin mayor problema.

Las calles de la población, entonces todas de tierra, eran el destino del agua de lavar platos y cacerolas y por lo tanto de los últimos granos de arroz que habían quedado pegados al fondo del puchero. Los materiales empleados en tan exhaustiva limpieza, eran unos restos de cordel viejo deshilachado (a modo de estropajo) y un puñado de arena, rascada unos días antes de la piedra original de arenisca que abundaba en las inmediaciones de la localidad. En las casas no había agua corriente ni por tanto alcantarillado en las calles, por lo que se carecía de cuartos de aseo (a lo sumo un retrete, con fosa séptica al que se echaba un cubo de agua tras su uso y que había que vaciar de vez en cuando).

Las ineludibles "necesidades fisiológicas" se hacían casi siempre en el corral, en el campo, en un retrete en la parte trasera de la casa, etc. No más de una docena de casas tenía fregadero en la cocina, alimentado por un depósito de agua instalado en el terrado, pero ello implicaba la necesidad de llenarlo con agua previamente traída con cántaros de la fuente y subirla por las escaleras. Tan trabajosa era esta labor, que el depósito estaba permanentemente falto de agua.

Constituía una novedad, frecuente en verano, la llegada de "saltimbanquis" que anunciaban su espectáculo armados con un tambor y una vieja trompeta que sonaba con poca profesionalidad. Un ligero andamio/trampolín y una pequeña escalera como único material y un mono y una cabra como vivo complemento a sus escasas habilidades, constituían todo el patrimonio que los "artistas" llevaban consigo, pero para los niños del pueblo era más que suficiente para romper la monotonía.
La actuación se realizaba invariablemente en la Plaça de la Farola (hoy denominada de La Constituciò) y la asistencia era, por tanto, gratuita aunque a mitad del espectáculo los actuantes pasaban "el plateret" pidiendo una colaboración económica que permitiera al menos su sustento. La petición estaba más que justificada pero, la mayoría de los niños, no llevando ninguno de ellos ni un solo céntimo en el bolsillo, salían disparados para no tener que sufrir la afrenda de los feriantes ante su falta de pago.

A pesar de todas las penalidades aludidas, nuestro pueblo destacaba sobre otros de la comarca y lo hacía para bien. Nada menos que ¡¡¡ TRES CINES !!!
El cine-teatro Benavente, en el que se proyectaban las más novedosas películas y en el que actuaban los más famosos cantantes de la época (Machín, el Titi, Juanito Valderrama, etc.) y dos cines de verano. El Astoria, en el número uno de la calle Teatro y El Trinquet en la parte trasera del Café de Xulla en el que, en los meses de verano, se celebraba todos los domingos a la salida del cine el típico "Ball de vermut"; razones más que suficientes para destacar sobre los pueblos vecinos.

Cabanes tenía dos orquestas (La Ildum y La vella) y ambas alternaban sus actuaciones en ese baile dominical a cambio de una módica retribución o simple comisión sobre las consumiciones realizadas, único desembolso que los asistentes habían de sufragar, salvo en determinadas fiestas especiales que se pedía una simbólica entrada. Alguna consumición era obligado realizar aunque los aperitivos (vermuts), que era el nombre al que hacía referencia el baile en cuestión, pocos, porque ello implicaba dos consumiciones (tapa y bebida) y el dinero escaseaba. Salvo fechas especiales o alguna celebración, lo habitual era pedir una cerveza los chicos y una naranjada las chicas. Tampoco había mucha sed, puesto que la comida no habia sido muy abundante y y lo importante era bailar... ¡y cuanto más arrimados mejor!

El cine era gratis para los niños, que aburrían al personal con sus carreras y griterío. Los mayorcitos, que ya pagaban entrada, se sentaban en las tres primeras filas que eran bancos generales y los controlaba el "Tio Vicent el Teulé" encargado de ese menester y por el cual no ganaba seguramente ni un solo céntimo, salvo ver la película gratis. Los más pequeños, como no pagaban, se sentaban sobre las rodillas de sus padres y ante la frecuencia de "necesidades menores" las hacían allí mismo a sus piés por lo que, al descanso de la proyección y especialmente al final de la película y bajo la pantalla, había siempre un charquito de orines, alimentado por la multitud de chorritos que bajaban del patio de butacas, cuyo pavimento era de hormigón pulido.
Una cosa destacable de la época era la frecuencia con la que se iba la luz, en muchas ocasiones dos y tres veces por sesión. La gente estaba tan acostumbrada que ya se lo tomaba con cierto cachondeo y al apagarse la proyección todos a una gritaban... ¡ooooooh!, mientras que cuando la luz volvía gritaban nuevamente todos... ¡aaaaaah!, en ambos casos seguido ello de las carcajadas de los espectadores que, de esta forma, descargaban el natural enfado.

En cuanto a los juegos infantiles, los niños de entonces jugaban permanentemente en la calle con el aro, a "guá", a indios y vaqueros, etc. Como las calles eran todas de tierra y llovía con frecuencia y las mujeres tiraban el agua de la limpieza a la calle, ésta estaba permanentemente embarrada, por lo que también era bastante común el jugar a "pastá fang". (Jugar con el barro)
Juegos de niños (de pueblo)... ¡Una delicia!
Esta expresión se utilizaba también entre los adultos (ves a pastar fang) como equivalencia a la de mandar a alguien a la porra o "a freir espárragos".
A pesar de todas las miserias relatadas, estoy convencido de que 50 años después los actuales habitantes, niños y mayores, no son más felices por mucho que las cosas hayan mejorado. Los niños porque carecen de maldad en cualquier circunstancia y los mayores porque cuanta más pobreza hay, más amor y menos egoismos.

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0021- LOS INICIOS DEL MOTOR

Corrillos de jóvenes y adultos, comentaban las novedades del pueblo en la "Plaça de la Font" después del trabajo, como era costumbre en "los 60". Naturalmente las conversaciones eran diferentes según la edad. Los más jóvenes hablaban de chicas, o de motos que era entonces la novedad.
- En el Taller de Adolfito traerán una "Montesa Impala de 125" -decía uno.
- Pues en el de Vicent el Llebro una "Bultaco Tralla de 150" -respondía otro.
- Pues mi padre tiene una "Guzzi" que va como un rayo -decía yo.
Carcajada general de los presentes ante tamaño trasto de 65 cc, con cambio de marchas en el depósito y una velocidad máxima de 50 Km./h.
Aunque el 90% no tenía ni siquiera bicicleta, el motor era todo un acontecimiento para la época. La gente se arremolinaba en las inmediaciones de los diferentes Talleres esperando ver la "joya" que había llegado unos días o unas horas antes. Hoy puedes comprarte un coche "Mercedes" y nadie te lo mirará, pero en los cincuenta y en los sesenta...

Mientras tanto en la tertuluia de los mayores el tema, siempre girando alrededor de la agricultura, era más serio.
- El Roig paga los guisantes a 3 ptas./kilo. -comentaba uno.
- Pero ¡qué dices! -respondía otro. Le acabo de llevar dos sacos a Gafes y me ha dicho que a 2,75 y porque eran de primera calidad.
- Ya te han tomado el pelo. -decía un tercero.
- Cada uno paga lo que le da la gana, eso no puede ser. -se lamentaba otro.
Otros días era otra cosa, pero los corrillos no faltaban al mismo tiempo que "la petaca" pasaba de mano en mano. Dinero había poco pero los hombres, aunque estaba terminantemente prohibido por las autoridades competentes, sembraban dos docenas de plantas de tabaco en fincas apartadas del camino principal y pasaban el año liando su propio tabaco "churro" de olor insoportable. La cuestión era fumar, sin gastar o gastando solamente lo que valía el librito de papel. Y la tertulia seguía...
- Ayer vendí las almendras "als Juliets" a 15 pts./kg. -comenta uno.
- Si son buenas "Sanantoni" las paga a 17 Ptas/kg. -dice otro para fastidiar.
- Tendríamos que hacer una cooperativa -dice el listo de la tertulia.
Y, así todos los días.

La jornada, al ser para todo el mundo agrícola finalizaba con el sol, pero a pesar de que el dinero estaba todavía escaso las cosas iban mejorando. Incluso los más pobres tenían dos o tres viñas, algunas hanegadas de almendros y olivos, a la vez que sembraban algún campo de trigo o guisantes. El trigo se segaba manualmente, atándolo en garbas de unos 20/25 kg. que se llevaban posteriormente a un campo yermo que tenían los hermanos "Vicentico y Paco els de Pura" junto a la carretera de Zaragoza, al lado mismo del campo de fútbol. Cada recolector tenía su propia pila de garbas que "trillaba" siguiendo el turno de entrada de material.
Una máquina trilladora, movida con la polea de un tractor, se instalaba en el centro de dicho campo, con tres o cuatro empleados que se encargaban de "alimentar" a la máquina y de recoger los diferentes productos que ésta seleccionaba: trigo, paja y "pallús" (cascarillas y paja pequeña). El propietario recogía el trigo en sacos de su propiedad, la paja en "pacas" de unos 40/50 kg. que hacía la propia máquina y el "pallús" a granel, colocando unas lonas en el carro y convirtiendo a éste en una caja hermética, al menos en lados y fondo.

Como se ha dicho anteriormente, la mayor parte de los jóvenes tenían por costumbre arreglarse un poco y salir a dar una vuelta por la Plaza al finalizar la jornada. Tal como se hace hoy, en esas salidas se contactaba con los amigos, te ponías al corriente de las novedades e intentabas ver a la chica que hacía aumentar los latidos de tu corazón. Si además podías hablar un ratito con ella, mejor todavía.
La cita era siempre en la "Plaça de la Font" puesto que las chicas, también con interés de ver a los chicos, solían brindar a sus madres la posibilidad de llevar un par de cántaros de agua a la casa, cosa que las madres agradecían notablemente, al no haber agua corriente. El punto más habitual para citarse los chicos era el "Raconet del Frare" aunque cualquier otro punto de la plaza era igualmente válido.
A tal efecto, los dos talleres de la localidad (El Llebro y Adolfito) estaban situados, más o menos en ella y al atardecer era lugar de cita para los jóvenes y algún curioso de más edad, interesado en las novedades que las motos representaban.

Tener moto, en aquellos tiempos, no era cualquier cosa. Y si, además, era una Montesa o una Bultaco ya era un superlujo, solo al alcance de los más pudientes o de los más caprichosos que, no teniendo dinero suficiente, se veían obligados a cortar decenas de carros de maleza para poder reunir el dinero suficiente. La gente mayor tenía una Movilette, una Guzzi o una DKW pero esa línea gustaba poco a los jóvenes.
Las cosechas, siempre escasas por la falta de abonos, eran necesarias para mantener la economía familiar por lo que, este tipo de caprichos solo eran posibles realizando trabajos fuera del hogar que, en esas fechas, solo era posible traducir en el indicado trabajo de cortar maleza, con la que alimentar los hornos de cerámica que en aquellos tiempos funcionaban con este combustible. La mayor parte de tocadiscos (pick-ups) y de motos, se compraron a través de ese duro trabajo.

Pero el esfuerzo quedaba prontamente compensado...
La espléndida motocicleta bajaba del furgón y la juventud rodeaba la máquina y al afortunado comprador, preguntando especialmente la velocidad que alcanzaba.
- 90 kilómetros por hora -decía Adolfito orgulloso de la Montesa Impala.
- Calla, calla, ¡no digas barbaridades! -le increpaba alguno de los presentes.
- ¿Barbaridades?... ¡Y la Sport llega a los 100! -sentenciaba Adolfito.
- No puede ser. ¡A esa velocidad la carretera parecería una cinta y te saldrías a las curvas! -respondía el "enterao" de siempre.

Uno de los presentes, con ganas de meter cizaña, anunciaba que, en breve, "el Llebro" traería una "Tralla" (Bultaco) que alcanzaba los 120 Km. por hora.
Adolfito luchaba por sus intereses respondiendo...
- Sí, sí... pero el motor de la Montesa gasta menos gasolina y es más resistente.
- ¡Donde vas a parar! -le apoyaba algún amigo, o cliente que ya tenía una. Los jóvenes estábamos extasiados contemplando las motos y pendientes de la conversación de los mayores.

Pero, a pesar de ello, nuestro interés se desvanecía cuando pasaba una pandilla de chicas y parte de los allí reunidos nos marchábamos con ellas intentando, por una parte ligar y por otra apartar un sueño, económicamente imposible. ¡Nada menos que 22.500 Ptas, valía una moto de esa cilindrada! (135 euros) ¿Quién los tenía?
Lo mejor de todo esto es que "el personal" pasaba un par de horas agradables tras el trabajo diario y todo ello sin gastar una sola peseta que, por otra parte, no teníamos.

La "tía Nieves" (Bar de Xulla) echaba dos trocitos más de sepia sobre la plancha (los anteriores ya se habían quemado) con el fin de que sus efluvios siguieran dispersándose por la plaza, invitando al transeúnte a que entrara en su local, pero el dinero seguía escaso y ¡en día laboral...! Nuevamente los trocitos de sepia se quemaban, sin que nadie los demandase.
Toni la perra, situado justo enfrente del taller de Adolfito, llamaba la atención de los viandantes de una forma menos sabrosa pero igualmente efectiva. Instalado en su Bar un excelente tocadiscos que se había comprado en la tienda "JOVINO" de Castellón y con el volumen más alto que bajo, El Titi, Lola Flores, Juanito Valderrama, Antonio Amaya y muchos otros cantantes punteros del momento desgranaban sus melodías incitando a entrar y a tomar una cerveza en local tan pintoresco.
También el Bar de Roc tuvo que espabilarse y, asociándose con Laureano "el Cinero", instaló unos futbolines para llamar la atención de la juventud, que le entregaba su escaso dinero a cambio de unas partidas.
Cada uno, a su manera, iba capeando el "temporal" de la escasez.
Lo importante es que entonces éramos jóvenes.
Juventud, divino tesoro.

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