Nada como un buen chorizo, salchichón o jamón de bellota...Y es que los españoles nos quejamos sin razón. En nuestra casa se ha viajado bastante y pensamos que poco o nada tenemos que envidiar a nadie, en el bienestar diario que aquí, al menos en la costa mediterránea, se respira. El clima, la comida, la atención médica... Todo es inmejorable y muy superior a lo visto en otros países del mundo. Y si la foto superior les parece de contenido apetitoso ya me dirá, quien lo conozca, lo que eran los embutidos y piezas de la típica matanza que antes se hacía por estos lares en muchas de las casas, que no en todas, todo hay que decirlo. En uno de nuestros viajes por España, visitamos el Monasterio de Piedra y terminada la visita cogimos el coche en dirección a nuestra tierra. Pero era tarde y paramos a comer en uno de los primeros pueblos que encontramos en el camino...
El dueño del bar nos atendió solícito pero, al decirle que queríamos comer, nos dijo que allí no servían comidas, pero que unas puertas más adelante había una fonda en la que nos atenderían con mucho gusto. Le dimos las gracias y nos encaminamos hacia la casa indicada y en la que ningún rótulo indicaba su condición mesonera. En fin, levantamos la persiana de lo que parecía una casa particular de pueblo y salió una señora con su delantal a la que le dijimos que queríamos comer y que nos había mandado el dueño del bar. La buena señora nos hizo pasar y se deshizo en atenciones hacia nosotros, pero indicándonos que nada tenía preparado al respecto. Que era una casa particular que, en ocasiones muy especiales y avisando de antemano, solía atender esa necesidad. Quedamos un poco disgustados por la hora, casi las 3 de la tarde, y el hambre que traíamos.
Era una simple casa de pueblo, con una entrada para posibles aperos agrícolas, con pequeño comedor familiar y una simple cocina para las necesidades de la casa. No había más. Pero en aquella pequeña entrada había una ventana que daba a la calle y junto a ella un mesa camilla sobre la que descansaba el cesto de labores de la dueña y junto a él un pequeño pik-up o tocadiscos antiguo con algunos discos. La buena señora nos dijo que si queríamos quedarnos solo podía ofrecernos unos huevos fritos, carne y embutidos de la matanza, que tenía fritos y puestos en una tinaja con aceite. Añadió que no había problema en freir unas patatas y tampoco con el pan, puesto que dos puertas más abajo vivía el panadero del pueblo y no cerraba al mediodía. Madre mía de mi vida... ¡Se hizo la luz!. ¡Nos pusimos las botas!.
En 20 minutos la comida estuvo hecha y acompañados con la música del pik-up, unas olivas, mezcladas con pruna verde y tomate casero, además de un porrón de vino clarete de su cosecha, que no necesitaba pasar por el frigorífico, la comida se convirtió en un verdadero deleite. En la calle había 45ºC a la sombra, pero el vino lo sacó de un tonel que tenía al fondo de la casa y en boca resultó fresco y sumamente agradable. Sobre la mesa una fuente con 8 huevos fritos en aceite de oliva, el frito de matanza en otro plato grande, las patatas fritas y un pan de pueblo crujiente que jamás habíamos probado cosa tan buena. El porrón hubo que rellenarlo dos veces, puesto que solo era de medio litro y el frito suelen hacerlo un poquito salado pero con sabor espectacular...
Especialmente los chorizos eran tan especiales que antes de marchar le pedimos que nos vendiera un kilo para llevarlos a casa. A lo que accedió pero de mala gana, puesto que tenía poca cantidad. Ya sé que el hambre que traíamos y lo tarde de la hora, puede que diera a las viandas un sabor algo superior al real, pero jamás olvidaremos aquellos sabores, aquella simpatía con la que fuimos atendidos y el bajo precio, que nos obligó a dar una interesante propina, que la mujer se resistía a coger, pero que fue obligada a tomarla. Prueba de todo lo relatado es que han pasado casi 40 años de esa aventura y todavía lo recordamos con gusto y simpatía, por la grata experiencia que supuso. Jamás volvimos a pasar por esa zona, pero si lo hubiéramos hecho habríamos buscado sin duda la casa de esa buena mujer, ya que su recuerdo estará siempre presente en nuestra memoria.
Rafael Fabregat Condill
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