9 de mayo de 2026

3333/0110- LA MÚSICA NO SIEMPRE ES ALEGRÍA.


Se diga lo que se diga, la música nos hace mejores y no solo eso, también más inteligentes, más creativos, más sociables, más felices... No siempre es así, pero personalmente me gustaría que así fuera. A mí me acompaña siempre y no soy el único. He conocido muchas personas que siempre iban por la calle silbando o tarareando alguna canción. De hecho, antiguamente, ibas por la calle y no parabas de escuchar gente que cantaba, aunque eso ha pasado a la historia y no sé porqué. Lo cierto es que eran tiempos de pobreza generalizada, pero sí, sí, la gente cantaba mientras hacía las tareas de la casa, cosa que ya no sucede y nadie puede decirnos el por qué de ese silencio actual. 


Sesenta años atrás, todos los que disponían del aparato correspondiente escuchaban la radío por las mañanas, con canciones dedicadas. Al mediodía las noticias y por la tarde radionovelas. Los aparatos de radio consumían poco, pero eran los principales culpables de las facturas eléctricas, ya que bombillas había pocas en la casa y además eran de muy pocos watios. Tan poco era el consumo, que las compañías eléctricas establecieron un cupo mínimo de consumo (17 pesetas = 10,2 centimos de euro) y, aunque no llegaras a consumir tanto, se pagaba igualmente dicha cantidad. La mayoría de las casas pagaban el recibo de 17 pesetas, ¡por dos mese de consumo!. Así era la vida entonces ¡cuando todos cantaban!. Después llegó la Televisión y con ella acabaron las canciones y los recibos de 17 pesetas.


La música tiene algo que pocos saber expresar, pero que todos sentimos. Muchas veces hay canciones pegadizas que no hay manera de sacártelas de la cabeza, hasta que te acuerdas de aquel refrán que dice que "un clavo saca otro clavo" y al final consigues eliminarla. Es así, una fuerza que lo impregna todo. Y eso que en este momento, totalmente diferente del que antes hemos referido, todos son prisas y quebraderos de cabeza. La música nos devuelve, con la misma fuerza que algunos olores o sabores, emociones perdidas de la infancia. Está claro que, con los años, los estilos han ido cambiando pero cuando escuchas una canción de tu juventud, regresas inmediatamente a recuerdos y vivencias que te llenan de nostalgia.


Cuando eres viejo, la música es añoranza porque te hace rememorar tiempos pasados y paisajes diferentes que por la lejanía te parecen incluso más idílicos de lo que fueron en realidad. Porque en la vida pasa de todo, alegrías y tristezas pero, afortunadamente, tendemos a recordar más de lo primero y menos de lo segundo. Vivimos demasiado poco para recordar la maldad de algunos personajes que todos hemos soportado. Eso sin contar que el pasado ya no está y el futuro no ha llegado. Hay que vivir el presente, en el que también encontramos de todo, porque el mundo es como es. La música no a todos nos hace mejores, hay gente que se ríe del prójimo porque es incapaz de verse a sí mismo.


La leyenda nos dice que el canto de las sirenas era tan hipnótico e irresistible que los marineros que lo escuchaban se echaban al mar y se ahogaban. En esas leyendas quiere decirse que la música afecta a la parte más irracional del ser humano. Muchas veces, un himno, ha conducido a la guerra y a la barbarie. Los persas, antes de atacar a sus enemigos golpeaban sus lanzas contra los escudos, provocando un ruido aterrador y en los campos de exterminio de la II Guerra Mundial, los presos marchaban a los trabajos forzados o a la muerte en las cámaras de gas, al ritmo que les marcaba una música que no cesaba hasta que llegaban a su destino. Hay piezas de música clásica que hacen caer las lágrimas a la gente de buen corazón y que, sin embargo, un genocida como Hitler adoraba.

Rafael Fabregat Condill*
(*).- El último Condill en Europa.

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