14 de mayo de 2020

2972- SIMONÍA. Capítulos oscuros de la Iglesia.

En el Cristianismo se llama "Simonía" a la compra-venta de lo espiritual con bienes materiales. Todos los que peinamos canas hemos oído que, en tiempos de nuestros bisabuelos, algunos sacerdotes vendían parcelas del cielo a los moribundos, a cambio de dinero y/o fincas urbanas o rústicas. Pero eso era solamente a nivel rural. En las altas esferas de la Iglesia picaban más alto y allí se vendían sacramentos, reliquias, cargos eclesiásticos, la excomunión o la gracia y hasta jurisdicciones eclesiásticas. El Papa Gregorio VII (1020-1085) acabó con estas prácticas a altos niveles, pero la de compraventa de parcelas celestiales siguió practicándose en las parroquias hasta bien entrado el siglo XX, con el beneplácito de los obispados que con estas donaciones veían así engrandecido el patrimonio de su Diócesis y de la propia Iglesia.

Esta denominación (Simonía) procede de un personaje de los Hechos de los Apóstoles, llamado Simón el Mago, que le propuso a San Pedro apóstol la compra de sus poderes para realizar milagros y conferir el poder del Espíritu Santo. Naturalmente recibió la reprobación del Apóstol con estas palabras: ¡Que tu dinero desaparezca contigo, ya que has creído que el don de Dios se puede comprar con dinero!.
A partir del siglo IX gran número de obispos y abades se integraron en el mundo feudal de la época, pasando las iglesias y sus bienes al patrimonio del señor. De esta manera eran los príncipes quienes otorgaban la investidura episcopal y qué sacerdotes ocupaban las parroquias más importantes, dejando las rurales en manos de curas sin apadrinamiento. Tales prebendas no eran en absoluto gratuitas y una parte importante de los donativos agrícolas para mantener el clero quedaban para ellos.

Este sistema fue confirmado en 962 cuando el emperador Otón I de Alemania obtuvo del joven Papa Juan XII la prerrogativa de designar en adelante a los Papas. Enrique IV fue también protector y beneficiario de este abuso, invistiendo como prelados a laicos incompetentes y fomentando no solo la simonía sino también el nicolaísmo, o sea, el incumplimiento del celibato sacerdotal o amancebamiento de clérigos. El Papa Nicolás II no solo prohibió esta práctica, sino que excomulgó a todos los sacerdotes casados que no repudiasen a sus esposas y les prohibió celebrar misas. En el Concilio de Letrán del año 1123 se volvió a incidir en la prohibición del casamiento de clérigos y el mantenimiento de actos carnales con concubinas. Incluso se prohibió tener en sus casas mujeres ajenas a su familia directa. Se declararon asimismo nulos de todo derecho los matrimonios realizados anteriormente.
¡Bien por Nicolás II...! Alguien había de poner orden a tanto abuso.

RAFAEL FABREGAT

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