A las órdenes de Moctezuma II o de Atahualpa, tanto la soldadesca azteca como la inca tenían aterrorizados a sus vecinos por lo que, buscando una solución, el apoyo de éstos a los españoles no se hizo esperar. Los invasores supieron explotar la división de aquellas gentes con promesas jamás cumplidas y multiplicaron sus exiguos ejércitos hasta conseguir doblegar a las dinastías gobernantes. Por lo pronto, los españoles eran portadores de armas que aquellas gentes no habían visto jamás. La pólvora, las armas de acero y los caballos eran una novedad en aquellas tierras. Una novedad contra la que difícilmente podían enfrentarse.
Poco podían hacer los garrotes indígenas, contra las espadas y las lanzas de los españoles. Ya no digamos contra los arcabuces y los propios cañones. Nada que ver las corazas de paño contra las armaduras de acero, o los indios a pie contra los majestuosos jinetes a caballo. Aunque la batalla final no la ganaron los españoles, ni siquiera con tan "sofisticado" armamento, o el grandioso número de indígenas que los apoyaban. La batalla que decantó finalmente la balanza a favor de los españoles fue el numeroso ejército de virus y bacterias, de la que eran portadores los invasores. Los españoles y su ejército de nativos pronto se convirtieron en el más temible enemigo de mayas, aztecas o incas.

Casi tres siglos después de aquellos acontecimientos, el capitán británico James Cook repitió esta misma maldición microbiana, al plantar la bandera británica en las tierras de Australia, Nueva Zelanda y Oceanía. Viéndoles blancos, los nativos pensaron que se trataba de muertos que regresaban del más allá para vengar actos sufridos. Se repitió la historia, las enfermedades acabaron con decenas de miles de vidas inocentes. Después llegó el robo de sus tierras y ganados, echándoles al desierto donde muchos murieron de hambre. Otros fueron sometidos como esclavos, siéndoles prohibidos dioses y creencias. Como en América, muchos perdieron la vida, víctimas de enfermedades para ellos desconocidas. Fueron sin duda las primeras guerras biológicas de la humanidad.
RAFAEL FABREGAT
LA VERDAD A LA LUZ, NO MAS MONARQUIAS NI CLERO
ResponderEliminarLA LUZ NO BRILLA EN TU COMENTARIO PUESTO QUE LO ESCRIBES EN ANÓNIMO. POR LO DEMÁS, ALLÁ CADA CUAL CON SU OPINIÓN. DEMOCRACIA ANTE TODO.
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