25 de octubre de 2012

0826- LAS CATARATAS DEL NIÁGARA.

Maravilla de la naturaleza, de la que difícilmente puede uno explayarse por ser archiconocida mundialmente. Sin embargo siempre hay detalles que pocas veces llegan al público, incluso a aquellos que las han visitado personalmente. 
Frontera entre Canadá (Ontario) y el Estado norteamericano de Nueva York, las cataratas son visitables desde ambos lados y con perspectivas bien diferentes. En mitad del río está Goat Island, una pequeña isla deshabitada perteneciente a Estados Unidos.


Se trata de tres cataratas, por las que pasa toda el agua de los Grandes Lagos. La visita nocturna es más atractiva desde el lado canadiense puesto que potentes focos multicolor las iluminan por ambos lados. El Parque Reina Victoria dispone de varias plataformas desde las que pueden admirarse las cataratas de forma espectacular. Senderos ubicados en la misma roca sitúan al visitante en pequeños observatorios que causan la impresión de estar bajo las propias aguas. También en la parte estadounidense se ofrecen al visitante perspectivas fascinantes como la que se observa desde de la Cueva de los Vientos. (Foto siguiente)


Se trata de un túnel en pendiente que lleva a los turistas a un pequeño mirador, casi al final de la cascada, desde donde se aprecia la caída del agua desde más de 30 m. de altura en una visión que da denominación (Velo de novia) a esta cascada.
Como se ha dicho anteriormente, tanto en uno como en otro bando, hay senderos que conducen al visitante a pequeños observatorios desde los que da la impresión de estar bajo las propias cataratas. Ambos países han hecho cuanto han podido por explotar comercialmente este bello fenómeno, no solamente por la altura desde las que el agua se precipita, que no es tanta, (54 m.) sino por la inmensidad de caudal medio que el río Niágara transporta (2.800 m3/s.) y los diferentes puntos (945 m.) por los que baja a ese nivel inferior.
Tal explotación turística hace que las cataratas se puedan observar de forma tanto terrestre como marítima e incluso por aire, pues hay barcos y helicópteros para hacerlo posible. 


Aunque bastante más caro, varios helicópteros sobrevuelan no solo las cataratas sino todo el parque natural, ofreciendo al turista una completa visión del conjunto. De todas formas, quienes lo han probado todo, dicen que nada es comparable a la subida de adrenalina que significa la visita náutica.
A los pies de esa inmensidad de agua y aunque bien provistos de chubasqueros, no solo salen todos los pasajeros mojados, sino que lo hacen con la sensación de que la pequeña embarcación, repleta de turistas no es más que una cáscara de nuez que se mece a los vaivenes de las aguas y que carece de rumbo y control, cosa que -naturalmente- no es así y su capitán domina el medio a la perfección. Bueno, bueno... ¡Al menos, eso es lo que te dicen!.


Nueva Francia, dibujada por Champlain. (1612)
El nombre de estas cataratas ya lo establecen los primitivos pobladores de la zona (iroqueses). Para ellos la palabra Niágara significaba "Trueno de agua". Sobre la eterna pregunta de quienes fueron los primeros europeos que las encontraron parece ser que fueron expedicionarios que acompañaban en 1.604 a Samuel de Champlain, fundador de la ciudad de Québec aunque, según su libro de viaje, el personaje en cuestión no llegó a verlas personalmente. La primera descripción que se conserva es de Pehr Kalm, que las visitó  a principios del siglo XVIII pero los historiadores concuerdan que en 1.677 ya las había descrito también el padre Louis Hennepin que acompañaba a Cavelier de la Salle.


El 8 de Septiembre de 1.824 y ante un público jamás imaginado, un barco perfectamente engalanado se despeñó por la Cataratas del Niágara. En su interior viajaban un búfalo, dos mapaches, dos osos, un ganso y un perro. Buscando publicidad, varios hoteles de la zona habían comprado un viejo barco y tras una vistosa capa de pintura habían publicitado de esta manera el evento: "Barco con animales salvajes y feroces será lanzado a las cataratas". El salvajismo y la cantidad de animales que ocupaban la nave había sido bastante inferior a lo que la gente esperaba, pero el público acudió expectante a observar tan novedoso espectáculo. A la hora convenida los curiosos vieron bajar por el río Niágara la llamativa embarcación y todos expectantes esperaban el desenlace. En breves instantes el barco se precipitó al vacío desde lo alto de las Horsenhoe Falls. Como era de esperar, al chocar con las aguas la nave estalló en mil pedazos ante las exclamaciones de los presentes que horrorizados se tapaban la cara con las manos. Tras el brutal impacto solo hubo tres supervivientes. Entre la espuma de las aguas el ganso salió a flote y lo mismo hicieron los dos osos que, mientras la embarcación se precipitaba, habían saltado al agua y se agazaparon a la isla central.


Ya en 1.759 Daniel Joncairs descubrió el potencial de sus aguas al construir un pequeño canal con el que movía las máquinas de su aserradero. En 1.805 los hermanos Ponter compraron los derechos del área (cataratas incluidas) para sacar energía para su molino de harina y una curtiduría de pieles. Cincuenta años después (1853) una compañía eléctrica fue contratada para realizar los canales e instalaciones adecuadas para su explotación. En 1.881 el ingeniero Jacob Schoellkopf fue capaz de producir corriente contínua que permitía iluminar las cataratas y dar luz a los pueblos cercanos. Poco después Níkola Tesla descubrió la corriente alterna y eso permitió que en 1.893 la Compañía Niágara Falls Power Company contratara a la Compañía George Westinhouse para diseñar un generador con este adelanto. Gigantescos conductos y turbinas de valor incalculable consiguieron fabricar 100.000 HP y enviarlos a la ciudad de Búfalo, ubicada nada menos que a 32 Km. de distancia. La modernidad había llegado. En 1.915 un español (Torres Quevedo) instaló un funicular de 580 metros sobre las cataratas de gran impacto turístico, no apto para enfermos del corazón. 


A finales del siglo XIX los gobiernos de Estados Unidos y Canadá decidieron adquirir las tierras de ambos lados del río Niágara, hasta entonces privadas, para proteger la zona de la natural erosión y para dotarla de todos los recursos suficientes para explotar su potencial eléctrico y turístico. Actualmente (2012) las visitas rondan los 20 millones de viajeros anuales. En la foto adjunta (1.911) tenemos al intrépido Bobby Liachl con el barril con el que se lanzó río Niágara abajo y después al vacío de las cascadas resultando ileso. También han sido muchos quienes han intentado traspasarlas de parte a parte con más o menos suerte. Equilibristas e ilusionistas famosos lo han conseguido en varias ocasiones, pero han sido muchos los que han muerto en el intento. Actualmente la tentativa está totalmente prohibida y son grandes las multas previstas a quienes hagan caso omiso a la ordenanza.


En fin, vamos a dejarlo aquí, porque son cientos las anécdotas surgidas a lo largo de los años en estas famosas cataratas. Como puede verse, aún siendo las más famosas del mundo, las cataratas del Niágara no son excepcionales en altura, sino por el ancho que ocupan y la inmensidad de su caudal. La altura de aproximadamente 55 metros es, más o menos, el desnivel entre los lagos Ontario y Eire. Consejos para visitarlas todos y ninguno, pues cada persona es un mundo diferente y lo que sirve para unos no sirve para todos. Aún así hay que decir que, para no olvidarlas jamás, hay que hacer la visita navegable. Todas las diferentes visiones de las cataratas son magníficas pero mecerse ante esa inmensidad de agua... es algo que nadie debería perderse. El que las visita de esa manera, ya está curado de espanto para acometer cualquier aventura... Y no es que haya peligro alguno en ello, sino que son las sensaciones y la magnificiencia de estar en ese punto donde el agua se precipita y donde se aprecia doblemente la grandiosidad de ese fenómeno natural.

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