13 de marzo de 2013

0953- EL CRÁTER DE BARRINGER.

Barringer no es más que el apellido del propietario de los terrenos en los que está ubicado este cráter. Realmente esta curiosidad, elevada a Monumento Nacional en 1.967, es conocida en Estados Unidos como "Cráter Mountain o Meteor", es de propiedad particular y está situada en Flagstaff (Arizona). Es, por lo visto, el resultado del impacto de un meteorito caído en nuestro planeta 50.000 años atrás y actualmente convertido en atracción turística. 


Desde luego, con un diámetro de 1.200 m. y 170 m. de profundidad, no es moco de pavo pero, aún así, parece increíble que la Naturaleza y las inclemencias del tiempo no hayan sido capaces de cubrirlo en un periodo tan largo. Incluso el borde del cráter sigue, después de 50 milenios, elevado 45 m. sobre el nivel de la planicie adyacente. ¿Qué altura tendría ese borde tras el impacto?. En principio se creía que este cráter era de origen volcánico pero, evidencias de coesita stishovita encontradas dentro del cráter a principios del siglo XX, llevaron a la conclusión de que se trataba de un impacto de meteoroPor la huella dejada en la superficie del planeta, se estima que el meteorito en cuestión tendría unos 50 metros de diámetro y que se precipitaría a una velocidad de 43.000 Km/h. 


En esa época del Pleistoceno, se cree que la zona estaría cubierta de bosque y habitada por animales que actualmente no se encuentran en la zona. Indudablemente el ser humano, que no estaría por las cercanías, actualmente sí lo está. El 50% del meteorito, de níquel/hierro y de un peso aproximado a las 600.000 toneladas, se vaporizaría a su paso por la atmósfera, antes de impactar en el suelo. La explosión, equivalente a 150 veces la de la bomba de Hiroshima, provocaría una onda de choque devastadora que lanzaría restos del impacto a más de 200 Km. de distancia. A menos de 5 Km. del punto de impacto animales y plantas habrían ardido completamente, pero incluso a más de 10 Km. de distancia las quemaduras habrían lo suficientemente importantes como para acabar con cualquier tipo de vida animal o vegetal.

La onda de choque de 2.000 Km/h. en su salida, mantendría vientos huracanados a 40 Km. del impacto que debieron destrozar cuanto se encontraba a su paso. Las 175 millones de toneladas de roca del cráter y el propio meteorito vaporizado se lanzarían con la explosión hacia la atmósfera, provocando posteriormente una lluvia de piedras del tamaño de la simple grava a piedras de hasta 640 Kg. que han sido localizadas a grandes distancias del cráter. Datos que la ciencia nos ofrece, sin que podamos refutar nada al respecto... ¿Qué sabemos nosotros, pobres mortales?. En el centro del cráter se llevaron a cabo excavaciones, pero muy pocos restos del meteorito fueron encontrados. Efectivamente, el meteorito parece ser que se evaporó con la explosión.

Sin embargo los humanos que sacamos punta y provecho de todo, pagamos y no poco por asomarnos a tan magnífico hoyo. Un tal Barringer, más de un siglo atrás, adquirió los derechos sobre esas tierras y en la actualidad sus descendientes están sacando pingües beneficios. 
- ¿Para qué quieres esas tierras yermas que nada te producen? -le diría el comprador a su propietario, un posible pastor que apenas podía alimentar sus ovejas.
- ¿Y cuanto me das por ellas? -diría el "avispado" pastor.
- ¡Un par de botas y dos pares de calcetines! -ofrecería el comprador.
- ¡Hecho! -sería la respuesta del pastor- Vaya chollo, ¡estos señoritos de ciudad no tienen ni idea de lo que valen las cosas!. Y se quedaría tan tranquilo.
No hay fotos del pastor pero sí del espabilado Barringer y con marco de plata, por cierto.


Con los años el pastor murió de viejo y sus descendientes, sin poder subsistir por la escasez de pastos, tuvieron que marchar a zonas más fértiles donde poder seguir paseando las ovejas y sacar aunque solo sean cuatro corderos y leche para poder alimentarse. La visión del comprador, a largo plazo, da a sus descendientes sus buenos dividendos. Primero se construyó un camino no demasiado bueno pero, viendo el éxito, en la actualidad una carretera asfaltada lleva a los curiosos hasta el borde del precipicio donde se les da información del hecho que se cree provocó el fenómeno, dejando a los visitantes boquiabiertos. Claro que para llegar a él, antes hay una valla, una caseta y un señor que te vende los tikets para que puedas asomarte a la nada desde la plataforma construida al efecto, un centro de visitantes y hasta un bar para poder sacarte unos dólares más. Los nietos del comprador se han hecho de oro... ¡Así funciona el mundo!
Todo lo anterior no es más que un simple cuento, pero real como la vida misma.

RAFAEL FABREGAT
El último Condill, español.

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