Cuando mi madre enviudó ella, tan enamorada de nuestro padre, nos dijo que jamás volvería a mirar a un hombre y así lo hizo durante el primer año pero poco tiempo después empezó a comprarse ropa y a maquillarse, señal esta de que volvía a interesarse por las cosas de este mundo. Que nadie la critica, ojo, todo lo contrario. Al principio fué saliendo con sus amigas, a tomar un café, un aperitivo, una comida y hasta viajes del IMSERSO. Con una de esas amigas marcharon de viaje por algunos países de Europa. Todo parecía de lo más tranquilo y sus hijos estábamos muy contentos con el cambio. Incluso se apuntaron a una academia para adultos. Tenía buena salud y hacía lo que debía hacer, pero pronto nos enteramos que la tal academia era ¡de baile disco!. Lo que no sabíamos todavía era que a dicha academia acudían hombres...
Poco tiempo después mi madre nos contó que iban a acudir a un baile para gente mayor. Se la notaba excitada. Era un mundo nuevo para ella y el principio de una nueva relación con nosotros, sus hijos. Muy pronto nos enteramos de que nuestra madre no solo bailaba con hombres, sino que también tenía relación con ellos fuera de las clases de la academia. Un día, excitada como una colegiala, aunque algo avergonada por ello, nos dijo: "Es tan agradable volver a estar en los brazos de un hombre". Aquello solo fue el principio. Una noche el teléfono nos despertó a las tres de la mañana. Estaba en un baile y un hombre le había sugerido que se fueran a tomar una copa. Llamó porque no sabía si aceptar o no. Le dijimos que no había problema alguno ya que ella llevaba su propio coche y podía marchar cuando quisiera.
Una hora más tarde volvió a llamar para comentarnos que su acompañante estaba intentando convencerla de que marcharan a su casa. ¿Qué debo hacer? -preguntaba ella. ¡De ninguna manera!, le respondimos. Dijo estar de acuerdo y colgó. A la mañana siguiente nos explicó que, al negarse a ir a su casa a esas horas de la madrugada, pareció perder su interés, pagó la cuenta y se marchó. Mientras tanto su amiga había ligado con un hombre muy agradable que les presentó a un amigo suyo diez años mayor que ella, viudo y bastante rico que, finalizada la velada quedó con ir a buscarla a su casa al día siguiente y así fué. La cita resultó un desastre. El hombre estaba muy achacoso y no hubo una segunda cita. Sin embargo durante la cena coincidieron con un compañero de la academia, Andrés, divorciado y de su misma edad y quedaron para la semana siguiente.
Nuestra madre estaba emocionada pero todos esperábamos que aquella nueva relacion no cuajase. Tal como hizo ella conmigo en su día, le hablé del sexo seguro, ya que ella jamás había tenido otra relación que no fuera con nuestro padre. Unos días después Andrés la llamó por teléfono y quedaron para ír al cine y después a cenar. Al dejarla en casa le dió un beso en la mejilla y quedaron para salir al día siguiente. El hombre parecía realmente interesado y ella estaba exultante. Todas las conversaciones giraban alrededor de Andrés. Lo bien que se lo pasaban, la ropa que se había comprado... ¡No parecía la misma!. Mis hermanos se negaron a opinar sobre el tema y quedé sola tragándome la vida amorosa de mi madre. Llevaban tres meses saliendo y las Navidades estaban cerca. Me preguntó si Andrés podía cenar con nostros.
Yo les dije a mis hermonos que fueran amables con él durante la cena, que hicieran eso por nuestra madre, pero Andrés era totalmente diferente a nuestro padre. No era desagradable en absoluto. Era jovial, simpático y simpático. Mamá en nuestra presencia procuró no mostrarse cariñosa con él y la cena transcurrió sin demasiadas tonterías y terminó más bien temprano. Lo cierto es que la situación era algo rara, puesto que era la primera vez que mis hermanos lo conocían. Ya acostada visualicé otras cenas de Nochebuena totalmente diferentes y me puse a llorar. Sabía que teníamos que apoyar a nuestra madre, pero no podía evitarlo. Al día siguiente empecé a ver las cosas con más claridad. Mi madre echaba de menos a papá pero, al igual que sus hijos, tenía que aceptar su muerte y seguir viviendo. ¡Y nosotros teníamos que aceptarlo...!
Rafael Fabregat Condill





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