22 de marzo de 2014

1306- LOS TOROS, FIESTA O MALDAD.

Decía un famoso escritor, al que incluso el rey de España ha nombrado marqués, que "si a los toros de lidia se les dejara elegir entre ser lo que son o no ser nada, seguramente elegirían ser toros de lidia". Naturalmente el citado escritor, premio Nobel además, es todo un personaje que brilla por méritos propios. Pero no es Dios. En primer lugar y para que pudieran responder con perfecto conocimiento de causa, a los toros habría que darles una ración de inteligencia racional antes de hacerles la pregunta y quizás otra más los que piensan como el escritor. Ya que dotar de inteligencia racional a los toros es de todo punto imposible, vamos a solucionarlo pasando la pregunta al famoso escritor... ¿Querría Ud. ser toro de lidia a sabiendas de cual va a ser su destino y final, o prefiere no nacer?. Entendemos lógicamente que el citado premio Nobel prefiere nacer, recibir varios puyazos, tres pares de banderillas y, si el "maestro" carece de puntería, media docena de estocadas. Si lo quiere así ¡adelante!, pero es que al toro aún no se lo ha preguntado nadie.


Para el profano hay que informar que la "puya" es una lanza cuya misión es doblegar el ímpetu del toro. Se trata de una hoja piramidal de acero de 24 mm. seguida de un cilindro de madera encordado. Un total de 8,4 cm. hasta la cruceta que se clavan en el morrillo del toro cortando la carne y no separándola como haría otro diseño de punta más racional. No es racionalidad lo que se pretende, sino efectividad. La inventiva taurina no tiene límites. Hay que conseguir los efectos deseados sin espantar al espectador. Para no rajar al animal es para lo que la hoja piramidal es tan corta. Todo está perfectamente calculado. Entra y abre camino a la madera encordada, un elemento de tortura que impide que haya corte lateral. El encordado actúa como una especie de sierra que destroza literalmente el músculo y los vasos sanguíneos, provoca un dolor insoportable y una hemorragia que le desangra y humilla.

No pasa nada. El señor marqués quiere seguir siendo toro de lidia y la Fiesta continúa. Los clarines anuncian cambio de tercio y el picador sale de la plaza al tiempo que matador o banderilleros recogen sus pares respectivos y citan al animal. Las banderillas... ¡bah!. Una fruslería. Unos "simples" palos de madera, con un pincho de acero de 60 mm. y de 80 mm. si son "negras". Las banderillas llamadas "negras" se ponen al toro que no se ha dejado picar suficientemente. Unas y otras son para espabilar al animal que ha quedado medio muerto con los puyazos. El pincho es un arpón de 16 mm. de ancho (20 mm. para las negras) que impide que la banderilla se desprenda. El objetivo del palo es transmitir dolor al toro en cada movimiento, actúa de palanca y el pincho va hurgando en el músculo provocando un tormento continuo que le mantiene "vivo" a los ojos del espectador.


Sigue la tortura para el toro y la Fiesta para el espectador. El "maestro" coge la muleta y una espada simulada, dándole varias tandas de pases a cual más pintoresco que no es menester pormenorizar. Junto con el capote usado al inicio no tiene otra misión que el lucimiento del matador. Cuando el toro ya no da más de sí, el torero cambia la espada simulada con la real. Una hoja de acero de 88 cm. de largo hasta la empuñadura, de ancho no especificado y aristas biseladas a fin de que entre con facilidad entre las costillas del animal. Es destacable la curvatura que presenta en el primer tercio de la hoja puesto que el objetivo del matador es alcanzar el corazón o cortar los vasos sanguíneos próximos que lo rodean a fin de que el toro caiga con la máxima rapidez posible. Para conseguir ese objetivo el estoque tiene que entrar muy vertical, algo de muy difícil ejecución.


Esquivar esa última embestida del animal, en busca de la muerte, es arriesgado y demasiadas veces son necesarias varias estocadas puesto que el acero no encuentra camino a esos puntos vitales fulminantes. Cuando la suerte está bien ejecutada, la hoja curva del estoque permite que el matador presente una estocada tendida y que sin embargo la punta se dirija a esa zona del corazón. Todas las "herramientas" de la lidia están estudiadas al milímetro, al objeto de conseguir el espectáculo deseado y el menor riesgo posible para el matador pero, aún así, las diferentes suertes del toreo raras veces son ejecutadas con la escrupulosidad que debería ser exigible. El resultado es un espectáculo bochornoso y macabro, antihumano, con toros varias veces estoqueados que vomitan sangre de forma lamentable y no acaban de caer...


La Fiesta... ¿Qué fiesta?. Ver sufrir a un animal no es ninguna fiesta. Con más de cuarenta años cumplidos me hice el ánimo un día y fui. Yo no soy de los que habla por hablar. Quería verlo con mis propios ojos. Me horroricé, pero aún así repetí por aquello de que un mal día lo tiene cualquiera. Más de lo mismo... Al son de los diferentes pasodobles, la banda de música intenta dar espectáculo y color a una tragedia. La tragedia de unos pocos y los fajos de billetes que otros muchos se llevan para su casa. Yo siempre digo que la libertad ante todo. Los que quieran ir que vayan, pero con mi dinero no se fomentarán tales salvajadas. El toro, dicen los que piensan como el marqués-escritor, nace para eso. Pues bien... Mi vida y mi muerte serán quizás peores que la de ese toro, pero yo no quiero morir para divertimento de las masas. Los anfiteatros romanos son historia pasada...

RAFAEL FABREGAT

2 comentarios:

  1. Totalmente de acuerdo desde tu apreciacion.
    Saludos.

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    1. Gracias por el comentario. El espectador es libre de ir o no a la corrida, pero el toro no tiene la oportunidad de negarse. Un abrazo.

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