3 de marzo de 2014

1283- EL NITRATO DE CHILE.

¿Quién no ha visto ese letrero a la entrada de un pueblo o en la fachada de algún almacén de abonos y fertilizantes?. Era algo muy habitual en los años 1950, ante una industria adormecida y una agricultura con abonos caros y escasos. Si el pueblo era pobre, el rótulo lucía en latón y escaso tamaño pero, en caso de mayores consumos, el comercial que facilitaba el producto entregaba al almacén en cuestión una caja de azulejos y una rebaja en la próxima factura que cubriera incluso los gastos de colocación de los mismos en la pared. Tan majestuoso letrero era de gran interés comercial para el mayorista y también para el almacén que vendía el fertilizante al público pues aumentaba su prestigio. En aquellos tiempos el abono para el arbolado o la siembra se lo hacía uno mismo, mezclando los diferentes productos que los comerciantes del ramo proporcionaban al agricultor. Nitrato, amoniaco y potasa. Las proporciones dependían del cultivo y el tipo de tierra que hubiera en el campo a cultivar. Los beneficios para el agricultor escasos. Como ahora, como siempre... 


En Cabanes (ahora ya no está) ese letrero estaba en el almacén de abonos de "Casa de les Danieles", en el "carrer de la Fira", negocio cerrado décadas atrás. Con una Cooperativa inexistente o muy joven aún, el suministro de estos productos era copado en todos los pueblos por el comerciante de turno. Unos años más tarde las Sociedades de agricultores fueron apareciendo y estos almacenes tuvieron que cerrar, pues no eran competitivos. Lo que unos años antes era caro y escaso, seguía siendo caro pero al menos no era menester lloriquear para conseguirlo. Todo en la historia del mundo son etapas que hay que pasar.


Rótulo de latón de 1.930 en España.
Lo que ya no saben todos es de donde procedía aquella "sal mágica" que aseguraba la cosecha de los sufridos agricultores. Pues bien, aquella sal milagrosa (ésteres de ácido nítrico) venía de lejos, de muy lejos. Del desierto de Atacama, en tierras de Chile, como bien rezaba el rótulo en cuestión. El desierto más seco y árido del planeta, pero que bajo su superficie guardaba el tesoro que mataba a unos y les daba la riqueza a otros. Desde mediados del siglo XVIII y hasta mediados del XX decenas de nuevos pueblos se crean alrededor de las minas de este salitre que fertiliza los campos. Miles de personas encuentran trabajo en la extracción de este peligroso producto, controlado por unas pocas multinacionales. Se pagan importantes sueldos pero, en unos pueblos en mitad de la nada, los mismos que fundan los pueblos son quienes lo dotan de comodidades. Al final el dinero vuelve al bolsillo inicial.


Peones extrayendo el material de la salitrera.
Las enfermedades pulmonares, causadas por los gases y vapores en los lugares de extracción, acaban con la vida de miles de trabajadores. El trabajo es prácticamente manual, sin ayuda mecánica. No importa, el objetivo justifica los medios. A mayor categoría en la explotación, menos exposición al peligro de inhalar los ácidos allí concentrados. El negocio va viento en popa. La demanda es elevada y los costes de extracción irrisoriamente bajos. Hay dos formas de pago y salario. Un salario corto pagado en metálico y otro más abultado, pagado con fichas que después sirven igualmente para la compra de todo lo que uno pueda necesitar. Nadie lo duda y opta por cobrar el salario más elevado. Con ese sistema los empleadores se aseguran que todo acabará volviendo a sus manos. En el pueblo no faltan tiendas, ni bares, ni chicas...


Cementerio de Pisagua. Chile.
Muchos enferman, otros mueren y los cementerios se quedan pequeños. No pasa nada. Otros brazos jóvenes y fuertes cogen el relevo. La extracción no puede parar. Los rumores hablan de la pronta fabricación de un nuevo nitrato sintético, más económico, que echará por tierra el negocio del nitrato natural. Hay que aprovechar el momento, mientras se pueda, mientras haya mercado. Pero la demanda se va paralizando y ante la falta de trabajo los sindicatos inician revueltas. Más de mil personas mueren abatidas por el ejército chileno, pero no hay vuelta atrás y decenas de explotaciones se convierten en pueblos fantasmas, abandonados en la desolación del desierto. 


Santa Laura y Huberstone son los que salen mejor librados del abandono sistemático puesto que fueron nombrados Patrimonio de la Humanidad en 2005. Quizás no para siempre, pues sus aulas están vacías de niños que jamás volverán. Acabó el bullicio en las calles de aquel complejo minero pero, tras el implacable abandono, las autoridades se han dado cuenta de la importancia histórica del lugar y han convertido el poblado en centro de interés turístico, que muestran al visitante incluso con el guía correspondiente que explica detalladamente la historia y del lugar y el sufrimiento de aquellas gentes.


Algunas piezas de interés y los edificios históricos mejor conservados son mantenidos como parte del decorado que sirve para los fines turísticos que se pretenden. El hecho de que la capital esté apenas a unos 50 Km. de distancia, ayuda y facilita la visita de los curiosos que se acercan a pasar la mañana y se dejan sus buenos dineros con la visita guiada y alguna consumición en los bares y restaurantes abiertos en las proximidades. Y es que cuando hay algún dinero a ganar... todo parece cobrar vida de nuevo. Y eso está bien, ya que permite que la Historia se mantenga presente en nuestra memoria. Algún día, quien sabe, el milagro puede volver a repetirse. Mecanizado, sin sufrimientos y con buenos beneficios para el país y sus habitantes...

RAFAEL FABREGAT

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