22 de enero de 2014

1238- CREACIÓN Y EVOLUCIÓN HUMANA.

A estas alturas de la vida y con todos los descubrimientos habidos en los últimos tiempos, resulta harto difícil creer en aquello, tantas veces repetido, de que Dios cogió un puñado de barro y creó al primer hombre (Adán) a imagen y semejanza. Más todavía cuando se nos explica que, corrigiendo un despiste a todas luces imposible en tal divinidad, cogió una de las costillas de Adán y creó con ella a la mujer (Eva) que le serviría al hombre de pareja y futura madre de sus hijos... Ya no nos extendamos en el Paraíso Terrenal y el manzano de la discordia, por cuyo pecado tenemos que pagar eternamente toda la humanidad. ¿No creen ustedes que es todo demasiado infantil?.


Resulta difícil creer que con tales bases y débiles cimientos perdurara una religión durante tantos siglos. No tanto si leemos la Historia y vemos los millones de muertos que han provocado las ambiciones, al amparo de la religión. Apenas unos siglos atrás te quemaban en la hoguera por la décima parte de lo que dice esta entrada al blog. Sin duda la represión de los pobres y la colaboración de la religión con los ricos ha ayudado bastante. Tanto que, en tiempos no tan lejanos, el poder de la Iglesia era muy superior a la de los propios reyes y ella era la encargada de elegirlos y muchas veces de deponerlos. ¡Ay la Iglesia...! ¡Que poco se ha esforzado por mantener la fe de sus seguidores, luchando más por lo terrenal que por lo divino!. ¿Para qué, verdad?. 


La fe es una simple cuestión espiritual. No alimenta el cuerpo, ni llena las arcas. Ante un presente de libertades como es el actual, el tema espiritual ha perdido gran parte de su interés, motivo por el cual solo se mantiene (aparentemente) en aquellos estómagos agradecidos de antaño. El problema es que dichos estómagos están viejos y cansados. Cuando éstos desaparezcan, ¿qué pasará?. Probablemente lo que pasa siempre. Otros tiempos vendrán y se repetirá la Historia. Los ricos más ricos y los pobres más pobres. En tiempos de abundancia, no muy lejanos, pensaban muchos que volver a tiempos pasados era imposible. No creía yo lo mismo y no me equivoqué. 


Volver al pasado es más fácil que mantenerse en un presente boyante. La riqueza para todos es imposible. Alguien tiene que sembrar y segar para que otros puedan comer pan sin habérselo ganado. Así ha sido siempre y así seguirá siéndolo. En cuanto a la fe, no es en tiempos de abundancia cuando ésta se busca, puesto que es la miseria la que la inspira. El mayor problema es que las religiones del mundo dicen preocuparse de los pobres, pero solo buscan acercarse a los ricos. No es un pecado arrimarse al árbol que mejor cobija, pero en estos tiempos en que cualquier empleado de limpieza viaria tiene dos carreras, ya no es posible engañar a nadie y las diferentes religiones deberían ser conscientes de ello.


Podrán venir guerras y hambre, pero ya no hay cabida para la ignorancia. Ante tantos despropósitos, los pobres que algún día tuvieron fe la perdieron para siempre. De todas formas, todos sabemos que buena parte de aquella fe era simple temor y no a Dios sino a los hombres. Somos una gran mayoría, casi todos, los que creemos en Dios pero no sabemos donde encontrarlo. Desde luego no está en la iglesia y no lo está porque el comportamiento de los curas que las sirven no siempre fue el más adecuado. Hombres al fin y al cabo, muestran comportamientos de pecado y corrupción, que el resto de los mortales no podemos entender entre quienes pretenden mostrarnos el camino para llegar a Dios.

Cuando el feligrés observa que el que predica el Evangelio va por el camino del pecado demostrando no tener ningún miedo al más allá, ¿como va a creer en su palabra?. Muchos no creen que hayan sido los nuevos tiempos los culpables de que las iglesias estén vacías de fieles. Es el comportamiento de los propios servidores de la Iglesia el que ha espantado a quienes, con mayor o menor devoción, acudían cada domingo a los servicios religiosos. Incluso los simples cambios de costumbres, que los sacerdotes consideran carecen de importancia para el mantenimiento de la fe, son primordiales para el creyente. 


Ya sabemos que todo cuanto se hace en la iglesia es simbólico, pero el creyente lo identifica con una realidad que no admite cambios. ¿Como va a ser igual que aquellos "jueves que relucían más que el sol" se celebren cualquier otro día de la semana?. Pues no. ¿Da lo mismo que la misa del gallo, en lugar de celebrarse a las doce de la noche, se celebre por la tarde?. Pues tampoco. 
Cura de sotana, misa, rosario y abadía... o de vaqueros, bailes y discotecas, mientras una máquina va desgranando los diferentes misterios y avemarías, grabados en un CD. ¿Es lo mismo?. Pues no, no es lo mismo. ¿Está mal?. Pues no, no está mal, pero bien tampoco. Como mínimo, está mal visto y las apariencias, ¡Ay las apariencias...! Especialmente en la religión, pero también en el día a día de cada uno de nosotros, las apariencias lo son todo.


Volviendo al inicio de la entrada, con respecto al origen del hombre... ¿Qué voy a decir que no lo sepa todo el mundo?. La ciencia ha avanzado pasos de gigante. Con el Carbono-14, el ADN y otros muchos etcéteras, se conocen detalles de la evolución del planeta a lo largo de cientos de miles de años. Como se inició todo y como fue evolucionando la materia y los organismos más primitivos hasta el tiempo actual. Las lecciones recibidas en nuestra niñez ya no sirven. Para hablar de religión ya no puede hurgarse en la tierra que nos cobija. La ciencia ha llegado tan lejos, que para creer en Dios debe mirarse hacia el cielo. La Tierra, con ser el hábitat de la humanidad, está ya obsoleta y es en la inmensidad del Universo donde sin duda podemos encontrar a Dios. Mirar al cielo y no creer en Él... ¡es casi imposible!. 


En cuando al Cielo y el Infierno... ¡Ay amigos!. ¿Que voy a decirles que ustedes no sepan?. Hasta el más ignorante de los mortales sabe que para ir al Cielo o al Infierno no es necesario morirse. Ambas cosas están en la Tierra. Sabemos claramente que en el cielo ya estamos, como sabemos también del infierno que permanentemente existe en nuestro planeta. De hecho el Demonio somos nosotros mismos. Ese Cielo del que hablan antiguas escrituras, es el bienestar que podría alcanzarse si todos fuéramos personas de bien. De la misma manera, el Infierno son las guerras provocadas cada día por la ambición de unos y otros y a las que se suman demasiadas veces las propias religiones. En cuanto a la Eternidad sucede lo mismo. Ni las más potentes estrellas, ni las más extraordinarias galaxias son para siempre. Solo el Universo es infinito y eterno, ¡pero con cambios permanentes...! 

RAFAEL FABREGAT

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