29 de octubre de 2013

1171- ENTIERRO ENTRE LAS NUBES.

La definición exacta de esta ceremonia mortuoria, aunque parezca una paradoja, es la de "entierro en el cielo". Cierto es que cielo y tierra se tocan pero no deja de ser extraño, como extraña y macabra es la forma de llevarla a cabo. El entierro en el cielo es una forma tibetana de que el difunto vuelva a la naturaleza. El ritual más acorde con la religión de estas gentes es la cremación pero en la mayor parte de esta agreste naturaleza nada crece y se carece por tanto de la leña necesaria para ello. Desde muchos siglos atrás el sustitutivo de la cremación es pues la de enterramiento al cielo. Una forma sencilla de enterramiento que en occidente no podemos comprender. En algunas partes del país el sistema empleado es también el de lanzar al río el cadáver desmembrado del difunto, que no deja de ser también algo macabro. 

Como en cualquier parte del mundo, el enterramiento en el cielo es llevado a cabo por verdaderos especialistas que, a cambio del importe pactado, realizan este trabajo de forma habitual y con sistemas más o menos mecanizados. Por estas latitudes los caminos son escasos y menos aún aquellos que llevan a tan trágico destino. La ceremonia y trabajo del enterrador consiste en ir a recoger el cadáver del difunto, entre rezos y nubes de incienso. Sin embargo, una vez llevado a cabo el ritual, ya no cabe refinamiento alguno. El cadáver es liberado de las vestiduras de las que fuera portador hasta ese momento y envuelto en una sábana para llevarlo a su último destino, algunas veces a cuestas.


En núcleos de población más numerosa, enterradores más modernos y preparados tienen motocarros que permiten llevar a los familiares y al difunto a su destino final, sin tener que sufrir una dura caminata que siempre finaliza en lo más alto de una montaña próxima. En otros casos, el servicio de oración y traslado en motocarro nada tiene que ver con el enterrador que pasimonioso espera en la cumbre la llegada de los clientes. Langmusi es punto de enterramiento al cielo, elegido por lo monjes como lugar sagrado para esta misión y uno de los más importantes en cientos de kilómetros a la redonda. Cuenta con todos los servicios de transporte, música y oración. El encargado de llevar a cabo el rito en sí es Lobseng, un tibetano de media edad y complexión fuerte que dice haber superado ya los 200 servicios mortuorios. Todo un veterano de gran estima para los vecinos.

El aire matinal es frío y nubes bajas cubren las cumbres aledañas. De pronto Lobseng escucha el ronroneo familiar del motocarro que sube por la ladera. En la pequeña caja transporta a media docena de personas apiñadas junto a un bulto envuelto en una sábana blanca. En un pequeño cerro situado a escasos doscientos metros, unos músicos hacen sonar sus instrumentos mientras el vehículo se acerca por el embarrado camino al lugar donde Lobseng espera a la comitiva. Se trata de un montículo de piedras donde numerosas banderolas multicolor saludan a los dioses. Las notas del diangro, la trompeta y el sarangui nepalí sobresalen de la percusión de los panderos que marcan un compás más festivo que mortuorio. El motocarro se para y bajan conductor y familiares que con extremo cuidado depositan el blanco blanco bulto en el suelo de la montaña. 

Tras el descenso de los viajeros y el intercambio de saludos Lobseng se lleva a cabo una ceremonia tibetana consistente en ofrecer el cuerpo del difunto a los buitres. Ellos representan al dios de la naturaleza que lo acoge entre sus brazos. Es una ceremonia llevada a cabo durante siglos en esta parte del mundo. Tras las oraciones de rigor, Lobseng carga en bulto a la espalda y cogiendo un saco con algunas herramientas se aleja unos doscientos metros a un punto algo más bajo de la montaña. Se trata de un círculo de grandes piedras, negras y grasientas, donde se acumulan huesos, ropas y restos mutilados de otros difuntos trasladados con anterioridad. El oficiante deposita el bulto en el interior del círculo pétreo y desata la sábana dejando visible el cuerpo del fallecido, al tiempo que los primeros buitres se posan a prudente distancia. 


El cuerpo debe atarse a una estaca para que lo buitres no se lo lleven. Estas aves tienen sobrada potencia para eso y mucho más y la familia del difunto quiere que el trance sea limpio y rápido y esa es la misión del "enterrador en el aire". Perfectamente situado el muerto en el lugar correspondiente, Lobseng saca del saco el hacha y otras herramientas que pudieran ser necesarias. Para ayudar a las aves a comer con rapidez, el muerto debe ser abierto y troceado. 
Este acto se denomina "jhator" y significa entregar el alma a las aves. Según las creencias tibetanas es la mejor forma de elevar el alma al cielo devolviendo el cuerpo a la naturaleza ya que, una vez el alma elevada, carece de valor alguno. Los buitres saben perfectamente cual es el contenido del fardo y decenas de ellos se van posando en las inmediaciones esperando la retirada de aquellos personajes que tan bien les alimentan e impacientes esperan.


Los músicos han callado sus instrumentos y al igual que los familiares del difunto miran expectantes desde lo alto. También los familiares están siguiendo en silencio todos los movimientos que preceden a la elevación del alma del familiar bien amado. Solo el ruido de las alas que agitan los buitres se escucha en el lugar. Ya con el hacha en la mano Lobseng mira hacia el cabeza de familia que asiente entristecido. Tras varios golpes el cadáver queda abierto y partido en varios trozos mientras los pájaros se picotean entre ellos impacientes. 


De inmediato los buitres se lanzan sobre el cadáver que devoran con rapidez. Lobseng se acerca a los familiares y en una especie de prolongación de la ceremonia inicial les entrega aquella sábana que ha llevado a su familiar al destino final de su vida. Apenas han pasado escasos minutos cuando todo ha finalizado. Del cuerpo apenas han quedado unos huesos descarnados que nadie podría identificar y los familiares suben nuevamente al motocarro que les devuelve a sus hogares. 

Lobseng hace una señal y también los músicos descienden del pequeño montículo para iniciar todos juntos el camino de retorno. Los buitres han marchado y todo queda en silencio, solo roto por el ligero viento que silba entre los matojos esteparios. Para el caso de personajes de más prestigio, hay enterramientos más complejos donde se contrata a enterradores más profesionales. El mejor y el que más cobra, es aquel que no permite que quede rastro alguno del difunto. Eso requiere el trabajo adicional de desmenuzar cada uno de los huesos.  En este caso son varios los hombres que llevan a cabo el ritual, en el que ningún familiar puede participar. Tras quitarle la sábana, el cadáver es situado dentro del círculo boca arriba sobre una piedra cóncava al efecto. Uno de los hombres elimina el cuero cabelludo con un afilado cuchillo mientras los buitres empiezan a bajar por la ladera. 

A continuación van cortando el cuerpo a tiras que lanzan a los buitres y finalmente se retiran unos metros para que ellos se lancen sobre el cadaver. El cuerpo queda escondido por decenas de alas y cabezas que hunden sus picos en la carne. De vez en cuando las cabezas se levantan teñidas de rojo para tomar aliento y hundirlas de nuevo. La ceremonia es motivo de alegría para esas gentes que no ven en el cadáver más que una nave vacía que nada tiene que ver con su familiar. Cuando el trabajo está adelantado los hombres espantan a las aves y se acercan. Con hachas y machetes cortan los miembros y machacan los huesos para que los animales puedan acabar totalmente el trabajo, al tiempo que espolvorean los restos con harina para absorber los líquidos y ayudar a los animales a comerlo todo. Se retiran y las aves vuelven a atacar las sobras hasta no dejar nada. 


El equipo de lava y frota las manos con alcohol, lanzando al pequeño fuego unas ramas de ciprés que desinfectan de forma ceremonial el motocarro que ha transportado al difunto. Los encargados del enterramiento han recogido un hueso del cráneo del muerto que también se desinfecta con el humo y que se entrega más tarde al hijo del muerto para que lo lleve a Lasa. Después lo trae de regreso a casa donde quedará indefinidamente como testigo de la vida de sus descendientes. El gobierno aconseja el enterramiento común pero, conocedor de estas costumbres ancestrales, acepta que tales prácticas sigan llevándose a cabo en estos remotos parajes. El paraje queda en silencio, roto tan solo por el ruido del viento que azota las banderolas de plegaria. El ritual ha finalizado. 

RAFAEL FABREGAT

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