23 de agosto de 2013

1105- UN VIAJE IRREPETIBLE.

Las circunstancias mandan y los relojes avanzan imparables. Por eso lo de un viaje irrepetible. El pasado martes y 13 de Agosto -a la vejez viruela- dejamos a un lado viejas fobias viajeras, basadas en un "problema de altura" y lo apostamos todo a un viaje familiar que conmemoraba cuatro décadas de unión entre dos almas gemelas, al menos en lo básico, a las que deben añadirse los años de noviazgo, que fueron cuatro más. No hay dos personas iguales pero, de todas las parejas conocidas, no las hay más enamoradas y que mantengan un mayor respeto después de una etapa tan larga. En todos estos años tampoco faltó algún episodio de morros y malas caras, siempre por tonterías sin fundamento, que el profundo amor que nos tenemos se encargó de eliminar. Pero vayamos al asunto... Mirando al cielo siempre dije que estaban locos quienes de esta forma viajaban. No por el peligro que representase volar, sino porque desde mi caduco punto de vista "eso" no era viajar. 


Siendo mi mujer y yo bastante viajeros, bajo ese punto de vista totalmente anclado en el pasado, recorrimos por carretera toda España y numerosas veces. Visitamos la práctica totalidad de las provincias peninsulares y pernoctamos en sus pueblos y capitales, pateando sus calles y plazas y muy especialmente sus puntos históricos. Visitamos Ibiza en los mejores momentos del gran movimiento hippie y viajamos a Marruecos visitando las principales ciudades del país, sus grandes monumentos históricos, sus mezquitas y sus zocos. No escapó de nuestra mirada Portugal, ni Francia, ni Italia, en cuyos viajes conocimos Lisboa y otras importantes ciudades portuguesas; el Palacio de los papas de Aviñón, la monumental Carcasona y la riqueza histórica del Imperio Romano en tierras del sur de Francia, Mónaco, la ciudad italiana de Venecia y un largo etcétera. 


Mi criterio de que "volar no es viajar" no ha cambiado, pero está claro que sin hacerlo el mundo es demasiado grande. Se hace pues necesario volar "para cambiar de lugar". Para subsanar la falta de "entrenamiento" en estas lides, invitamos a nuestras hijas, maridos y nietas a este viaje que ha sido celebración de 40 años felizmente casados y "bautismo aéreo". Más aún, puesto que realmente el fundamento del viaje era un crucero por el Adriático, el Egeo y mar de Mármara, matando de un solo disparo al pájaro volador y al navegante. Dicho crucero comenzaba en Venecia y para llegar allí había que volar desde Barcelona. La experiencia corroboró lo que yo ya me temía: que volar no era viajar y que tener miedo a volar era una solemne tontería. 


La última vez que estuvimos en Venecia, con un buen coche y a casi 150 Km/h., siempre por autopista, supuso 15 horas de conducción y pernoctación en Narbona. Con el avión costó en esta ocasión 1 hora y 35 minutos. Aquella tarde no hubo visita a la ciudad pues el reparto de camarotes y familiarizarnos con el barco fue suficiente distracción. Al día siguiente llovía, pero no impidió la visita a través del Canal de la Giudecca a la plaza de San Marcos, su Catedral y Palacio Ducal, con sus mazmorras y Puente de los Suspiros. Una visita completa en lo cultural, que no en lo de recorrer sus canales o visita a las cristalerías de Murano pues estaban cerradas ese día.


A las cinco de la tarde de ese segundo día en Venecia el barco zarpó rumbo a Croacia y destino a la ciudad de Dubrovnik. Ya en Grecia la isla de Corfú, la isla de Santorini y Atenas para llegar finalmente a Turquía y más concretamente a la ciudad de Estambul, la antigua Bizancio y Constantinopla capital del Imperio otomano. Tres mil trescientas mezquitas y quince millones de habitantes, que se dice pronto, en un tráfico caótico que solo esas gentes pueden llevar a cabo sin apenas accidentes reseñables. Ese día de llegada a Estambul y toda la mañana siguiente dieron para mucho pues teníamos contratado un guía y vehículo exclusivo para nosotros.


Largo paseo por el Bósforo, visita a la Mezquita de Santa Sofía, Mezquita Azul, Palacio de Topkapi y los grandes museos que alberga, la locura del Gran Bazar, la del Mercado de las Especias y muy especialmente la Cisterna de Yerebatán o Cisterna Basílica... Cada persona es un mundo y los palacios y mezquitas turcas, aún siendo impresionantes, no llamaron especialmente mi atención pues visitada la de Casablanca... También los numerosos zocos vistos en Marruecos y especialmente el de la ciudad de Fez, hicieron que el Gran Bazar de Estambul se me quedara pequeño y, sobre todo, demasiado moderno y organizado. La impresión mayor que me traje de la antigua Constantinopla fue la Cisterna de Yerebatán, sus cientos de columnas arrebatadas a la Historia romana y sus medusas otrora idolatradas por los helénicos y ahora colocadas en decadente y casi vergonzosa posición... 


Más de 60 cisternas se construyeron en la época bizantina de esta ciudad, pero ninguna como ésta. En el año 532 y en apenas unos meses, se construyó esta imponente cisterna (y las demás) como forma de paliar la escasez de agua por la destrucción de los acueductos o el envenenamiento que los enemigos ejercían en las conducciones que llegaban de diferentes ríos del bosque de Belgrado, a 25 Km. de la ciudad, en épocas de asedio. Para su construcción se emplearon 336 columnas romanas de diferentes épocas y procedencias que, con una separación de cuatro metros entre ellas, crean un bosque de columnas con una superficie superior a 10.000 m2. y unos 8 metros de altura, lo que da una capacidad aproximada de 80.000 m3. Curiosamente el edificio de acceso es una simple caseta de planta baja y 100 m2. ubicada en las proximidades de la mezquita de Santa Sofía, aunque la cisterna ocupa las entrañas de un gran barrio de la ciudad. 


Se utilizó hasta el siglo XIV, aunque no de forma continuada puesto que los otomanos no gustaban de beber aguas estancadas. Construida la cisterna en época de Justiniano I, ya erradicadas las creencias en los dioses paganos de origen griego, dos columnas que no llegaban al techo por su corta altura fueron calzadas por dos enormes bloques en los que están talladas sendas caras de medusa, diosa ctónica griega del inframundo que convertía en piedra a quien la mirara fijamente a los ojos. Aunque ya no se creía en esa época en sus poderes mágicos, los grandes bloques de mármol con la representación de su imagen se colocaron una de lado y la otra del revés, como forma de anulación total de sus poderes y también para corroborar la no creencia en ningún Dios que no fuera Jesucristo. Tras estas últimas visitas nos trasladaron al aeropuerto y en 2 horas y 35 minutos estábamos en Barcelona. Magnífico viaje familiar, que yo tacho de irrepetible porque así es la vida y así son las cosas. Los mayores se hacen viejos y más rápidamente de lo que ellos piensan también los jóvenes se harán mayores, al tiempo que los niños se convertirán en adolescentes y evitarán la compañía de sus padres, esos jóvenes a los que ellos llamarán "viejos". Nadie escapa de las garras de la vida y de la muerte...

RAFAEL FABREGAT
Un tema interesante, cada día del año.

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