31 de marzo de 2013

0966- DE PARÍS AL CIELO.

París, ¡oh la la!. Esta ciudad tiene de todo y, como cabía esperar, también tiene su cementerio de perros. El lugar tiene un nombre modesto. "Cimetière des Chiens" se llama, pero desde la puerta de entrada hasta el último rincón del recinto rezuma categoría, delicadeza y cuidados exquisitos. Con este nombre se daba a entender que éste lugar fue pensado para el eterno descanso de perros de compañía aunque, con el paso del tiempo, llegaron todo tipo de animales. Un breve paseo por el lugar nos dejará claro que el rótulo de la entrada al recinto no se aplicó fielmente y que cualquier tipo de animal podía enterrarse allí. Siendo así, ¿no sería más correcto llamarlo "Cimentière des animaux"?. En fin... Lo que si está claro es que allí dentro están los restos de más de 70.000 animales de todas las especies. Perros, gatos, gallinas, patos, caballos, pájaros, monos, ciervos, caballos, osos, serpientes y ¡hasta un león!. Vamos, que allí hay de todo... Animales con cualquier número de patas.

Corría el año 1.899 cuando el conde Alejandro Dumas, apoyado por sus amigos Georges Harmois y Marguerite Durand, aprovechando las prohibiciones del Ayuntamiento de París en lo referente al abandono de cadáveres de mascotas en la vía pública, pidieron a las autoridades la creación de un lugar donde enterrarles. Hasta entonces, algunos parisinos más pudientes y amantes de sus animales domésticos los enterraban en sus jardines, pero otros muchos abandonaban los cadáveres en las calles a la espera de que los servicios públicos de recogida de basura los recogieran. Otros los tiraban directamente a las aguas del Sena, con lo cual la insalubridad del ambiente era elevada, dada la gran cantidad de mascotas que allí convivían con los humanos. Aunque con los años esta iniciativa ha proliferado en otras partes del planeta, el Cementerio de perros de París es el más antiguo del mundo y también el mejor acondicionado.


"Le Cimentière des Chiens" está ubicado en la isla fluvial de Ravageurs, muy cerca de París pero en término municipal de Asnières-sur-Seine. Refugio de piratas en el siglo XIX vio modificado su destino gracias al amor de los citados amantes de los animales. Dada la importancia de los peticionarios, no se escatimaron gastos y el proyecto cerró el recinto con una bella tapia y majestuoso arco de entrada, al estilo "art nouveau".  Allí descansan los restos de algunos animales famosos, auténticos héroes como Barry, un San Bernardo de los monjes alpinos del Hospice du Grand Saint Bernart que en sus 7 años de vida (1907-1914) salvó la de 41 personas. El último hombre que salvó fue su verdugo. Durante lo que hubiera podido ser una más de sus ayudas al ser humano, aquella tarde de Diciembre de 1.914 Barry vio a un excursionista perdido en la nieve, casi desfallecido. Aturdido por el hambre y el frío el hombre pensó que el animal, que le ladraba ofreciéndole su ayuda, quería atacarle y asustado le golpeó en la cabeza causándole la muerte. 


Mortalmente herido el perro se arrastró hasta el Monasterio. Siguiendo el rastro ensangrentado del animal los monjes llegaron hasta donde yacía semicongelado el excursionista que, al recuperarse, se enfrentó a la pena de saber que había matado a quien acababa de salvarle la vida. Hay otros muchos perros importantes allí enterrados. Allí está el famoso Rin-tin-tín, estrella de los westers americanos de los años 60. Primeras películas que, niños y mayores, veíamos en la única cadena de TV española de la época. Nada menos que rodó 26 películas para la Warner Bros. Allí están también algunos perros policías que salvaron muchas situaciones comprometidas a las autoridades parisinas. También hay algunos héroes felinos, concretamente una gata que salvó de la asfixia a gran número de soldados que dormían en una trinchera de la II Guerra Mundial pues sus aullidos les avisaron de que había un escape de gas que les hubiera sido fatal.


Durante muchos años el recinto fue lugar elegido por la alta aristocracia para enterrar sus mascotas. La nobleza de Francia y otros países de Europa, como la reina Isabel de Rumanía, enterraron aquí sus perros y otros animales que tenían en gran estima. Lógicamente las familias adineradas siguieron la iniciativa e hicieron lo propio. Como todo, después pasó de moda y a mediados del siglo XX el uso del cementerio había decaído bastante. Actualmente, ya en el siglo XXI el recinto está casi en desuso pues en 1.987 fue declarado Monumento Histórico y se ha convertido en una curiosidad más que visitar por los turistas. No es que sea lugar de peregrinación, pero cada año este cementerio recibe la visita de más de 4.000 personas. En su interior hay auténticos mausoleos de un lujo que alcanza los límites del pecado. No se trataba solo de enterrar a sus queridas mascotas, muchas de las cuales jamás habían recibido un trozo de pan de sus amos. Era la moda y parte del lujo de la gente pudiente de la época. 

Pero todo pasa y todo queda. Actualmente Le Cimetiére des Chiens de París está en silencio. Cuando hay más mascotas que nunca, el más antiguo, famoso y lujoso cementerio de animales del mundo, ya no recibe apenas nuevos cuerpos de animalitos, tan cariñosos y serviciales como aquellos que llenaron el recinto un siglo atrás. Ahora algún curioso, nostálgico de tiempos pasados que no volverán, cansado de ver siempre lo mismo se deja caer por ese monumento a nuestras mascotas. Fieles compañeros, únicos amigos que nos dan su cariño a cambio de nada. La visita, sin duda, merece la pena. En la frondosidad de la isla de Ravageurs, el paseo entre tumbas de animales de toda clase resulta algo curioso, diferente al menos. Su acceso es relativamente fácil pues solo son 20 minutos de metro desde el centro de París. A la vista está, la capital de Francia tiene otras muchas cosas, además de la Torre Eiffel, Notre Dame o el Museo de Louvre, pero los turistas prefieren un cena romántica a bordo de le bateau mouche y acabar la velada en le Moulin Rouge, que ir a ver cementerios...

RAFAEL FABREGAT

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