26 de febrero de 2013

0936- LA VIDA DENTRO DEL HARÉN.

Seguramente la vida de las concubinas en el Harén real era bastante más placentera de lo que hubiera sido para esa misma mujer en caso de quedarse en la casa paterna. Al menos, de entrada las privaciones de toda índole habían sido sustituidas por el lujo y la abundancia. Entre tantas mujeres, que un día te tocara hacerle cuatro carantoñas al sultán, tampoco sería tan grave. Más bien al contrario las luchas entre esas mujeres eran justamente para captar su atención, que no para desviarla. En fin, esta entrada no es para juzgar al jeque ni tampoco para valorar el hecho de que estar metida en un harén fuera agradable o no para las mujeres que allí vivían, al solo objeto de tener contento y satisfecho a reyezuelo de turno. Lo que pudiera haber y lo que sucedía dentro del harén era asunto tan hermético que ni los mismos criados lo conocían. Es la imaginación, sobre todo la occidental, la que ha alimentado la imagen de cientos de  bellísimas muchachas prácticamente desnudas, cuya única misión era mantener esa belleza impoluta y estar siempre dispuestas a atender los requerimientos y necesidades del sultán. 


Es lógico pensar que así fuera, porque no tiene otra explicación el mantener en una vida de lujo a todo ese ejército de mujeres. Sin embargo lo que nos ha mostrado el celuloide no siempre ha sido la verdad de esta historia. En el Palacio Topkapi, de Estambul, está el que ha sido sin duda el harén más famoso de la Historia, el de los sultanes del Imperio Otomano, que dominó el mundo entre los siglos XV al XIX. Con el objeto de desmitificar la realidad de estos recintos se presenta una exposición que muestra a los visitantes que el Harén era ni más ni menos que un recinto palaciego. Lo de las historias eróticas fue invención de viajeros románticos provenientes de una Europa sexualmente reprimida, que pensaban sin duda que el sultán estaba las veinticuatro horas "dale que te pego" como si ya no tuviera otra cosa más que hacer. El Harén (Casa del Sultán) no era otra cosa que la zona directamente habitada por la familia real y en la que efectivamente no podía acceder nadie que no fuera llamado. 


Sin embargo si es cierto que, dentro de esa zona estríctamente personal y familiar, habitaba también un cierto número de jóvenes concubinas llamadas carileyer, a las que el sultán podía acceder a voluntad. Lo de tener varias mujeres todavía es actualmente aceptado en la religión islámica, siempre y cuando las pueda uno mantener debidamente. Son muchos los casos de sultanes con más de cien hijos con sus diferentes mujeres, aunque algunas jamás llegaron a acostarse con él. Muchas de esas mujeres eran trofeos de guerra, o regalos de los diferentes mandatarios de las regiones bajo su dominio. Todas ellas eran educadas según los principios del islam y en los rigores de la más exquisita etiqueta de palacio. Las más guapas e inteligentes eran seleccionadas como esposas del sultán y las otras se casaban con funcionarios del rey o quedaban como sirvientas. Estas últimas cobraban un salario y tras nueve años de servicio quedaban liberadas, pudiendo marchar para casarse, en cuyo caso el sultán se hacía cargo de todos los gastos de su boda. 


De todas formas hay que dejar patente que la realidad poco o nada tenía que ver con lo que nos ha mostrado el cine. Lo de las bellísimas muchachas ligeras de ropa que contaron los viajeros europeos o pintaron los artistas del siglo XIX no era cierto en absoluto. Pura y simple imaginación. La prueba de ello la tenemos gracias al Sha Nâser-al-Din, de la dinastía de Qajar y reinante entre los años 1848-1896, que en sus muchos 
viajes por Europa aprendió a hacer fotografías. A su regreso al Irán inmortalizó a sus concubinas abriendo una ventana al mundo sobre aquel hermético ambiente hasta entonces vetado a los ojos de cualquier otro hombre. El Harén del Palacio de Golestam quedaba a la vista de cualquier mortal y, como puede apreciarse, dista mucho de la imagen idílica que la imaginación de los europeos tenían de la deidades que allí había encerradas para disfrute del maharajá. 


Ni las bellezas eran tales ni sus vestuarios las gasas y las sedas plasmadas en las soberbias pinturas de los artistas del momento. Efectivamente, para las costumbres del siglo XIX y de acuerdo con el puritanismo de esos tiempos, las concubinas iban muy ligeras de ropa, pero no tanto como los artistas imaginaron. Y es que la realidad todo lo distorsiona, mermando las expectativas iniciales. A la vista de estas imágenes, la sana envidia de propios y extraños sobre el contenido de tales harenes, nos relaja y conforma. Son muchos los que, en caso de tropezar con la lámpara de Aladino, hubiéramos pedido ser (al menos por un día) el sultán de uno de esos harenes pero, visto lo visto, mejor una y guapa que ciento de feas. Vaya, que ya estamos bien con lo que tenemos...

RAFAEL FABREGAT
El último Condill, español.

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