8 de noviembre de 2012

0839- LA IGLESIA, SEMILLERO GAY.

Según he leído (pocos me parecen) en el mundo tan solo hay 1.600.000 personas que forman parte del clero de la Iglesia Católica. Tal cifra recoge no solo a curas, frailes y monjas, en todas sus jerarquías, sino también a los seminaristas en vías de inminente ordenación y a novicias pendientes tan solo de los votos perpétuos y del correspondiente anillo de "matrimonio" con Dios. Pocos me parecen, repito, para lo grande que es este mundo, como pocas también las parroquias (220.000) que dicen cubrir una creencia religiosa que muchos creíamos universal. Pues no, no son tantas las parroquias ni tantos los sacerdotes que imparten y promueven la fe en Cristo y en su Iglesia. Desde luego, a la vista está, miles de iglesias españolas que salpican nuestra "piel de toro" (España) están cerradas a cal y canto, por falta de curas que las sirvan. Otras abren una vez por semana, atendidas por sacerdotes que llevan varias a la vez. 


Y es que la "vocación" es mucha cuando el pan escasea pero, en tiempos de abundancia, la fe es poca y mucha la ambición de poder y las ganas de acostarse con la vecina, o el vecino. Claro que para eso no es necesario abandonar el sacerdocio, puesto que lo del celibato está escrito sobre el papel sacerdotal, pero no en el cerebro libinidoso de sus fuerzas vivas, gente de carne y hueso al fin y al cabo. Será pues que, ante la posibilidad de alcanzar mejores metas, el decir misa y confesar viejas no resulta apetecible para los nuevos comandos. Antes iban muchos al seminario porque, para los pobres, era la única forma de estudiar gratuitamente. Se decía tener una vocación que no era tal y, tras los estudios recibidos, se abandonaba el seminario y tenías garantizada la nómina en cualquier entidad bancaria. Hoy la enseñanza pública y gratuita hace innecesario pasar por tan solemnes paredes y aquella fe ficticia ya no es necesario emplearla.


De ese contingente superior al millón y medio de personas dedicadas al sacerdocio más o menos implicado en la normativa divina, se dice que alrededor de un 25% (400.000 indivíduos) son homosexuales y/o lesbianas. En esta cifra aproximada, que nadie puede documentalmente probar, se incluyen también transexuales que no muchos años atrás fueron cribados atendiendo órdenes secretas del papa actual, entonces cardenal al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Este documento secreto, distribuido a los cardenales en las últimas elecciones a papa, hacía referencia a esta lacra de la Iglesia Católica. El asunto es verdaderamente sangrante para la Iglesia pues un porcentaje tan elevado de vicio sexual solo puede indicar que la homosexualidad y el lesbianismo es una tendencia en expansión dentro de los mismos seminarios y conventos, practicada en secreto tras la ordenación.

Fiesta gay en Chueca - MADRID
Tales actuaciones no solo demuestran que el clero no es ajeno a las prácticas sexuales de la humanidad, sino que también ellos las practican con total desobediencia a un celibato que en su momento juraron mantener. El fomentar esa discriminación, que incluso separa hombres y mujeres a la hora de practicar el servicio religioso y las relaciones con Dios, ha generado solidaridades de grupo que hacen atractiva la vida religiosa a homosexuales y lesbianas que ven en esa estigmatización una forma de rebelarse ante las imposiciones de una sociedad mayoritariamente heterosexual y homófoba. Para estas personas, de temperamento débil y que no encajan en una sociedad convencional, la vida religiosa de recogimiento y servicio a la humanidad es una alternativa que les llena huecos del alma imposibles de satisfacer en la vida ciudadana habitual, pues se trata justamente de apoyar a seres con esas mismas debilidades que ellos padecen.


Al mismo tiempo que ofrecen su tiempo a los débiles de cuerpo y espíritu, a escondidas del ojo crítico satisfacen sus necesidades sexuales relacionándose solitariamente o en grupo con gente que tiene esas mismas inclinaciones y que, tras el compromiso de celibato o castidad, solo pueden esconder en seminarios y conventos cuando no en sus propias casas-abadía. 
Desde el punto de vista de quien escribe este artículo, nada de eso es condenable. Ya he comentado en otra ocasión que, en lengua valenciana, se dice que: "Dels pecats del piu, Deu es riu". (De los pecados del sexo, Dios se ríe). Quiere decirse que el hecho de que curas, frailes y monjas jueguen con sus cuerpos al igual que cualquier mortal, no es ni puede ser pecaminoso pues es propio de la naturaleza creada por Dios y a nadie perjudican con esas prácticas. Lo que debería hacer la Iglesia, de una vez por todas, es levantar una prohibición que actualmente no tiene razón de ser. 


Si Dios hubiera visto algo pecaminoso en el sexo no lo hubiera provisto de placer, aunque está claro que sin ese placer ni hombres ni animales se hubieran reproducido y el mundo sería un lugar yermo y deshabitado. Serios analistas y estudiosos de la vida de Jesucristo consideran que, como hombre de carne y hueso que fue, también Él tuvo esas mismas necesidades y con toda seguridad las alivió. Como todos nosotros, Jesús era hijo de mujer. Excepcionalmente preparado para encarnar al hijo de Dios, pero hombre al fin y al cabo. Viajó por el Tíbet, la India, Persia y otros muchos lugares para después regresar a Tierra Santa donde recibió la Iniciación con el acto de bautismo llevado a cabo por Juan el Bautista. Es entonces y no antes cuando Dios entró en el cuerpo de Jesús, haciéndole Hijo suyo y nuestro Maestro. En ese intercambio, Dios se humanizó al tiempo que Jesús se cristianizaba. De esa mezcla divina y humana nació el Hijo del Hombre. 
Un teoría interesante que nadie puede probar. ¡Simple cuestión de Fe!.

EL ÚLTIMO CONDILL

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