9 de octubre de 2012

0814- POBRES LOS HA HABIDO SIEMPRE.

Ignoro cuan pobres eran mis padres, nunca tuve acceso a su Cartilla de Ahorros, pero lo que si sé es que vivíamos pobres. La época de la que hablo, finales de la década de 1.950, en mi pueblo había pocos ricos y los que había tampoco vivían como tales. Bueno, lo cierto es que en mi pueblo los ricos siempre han vivido pobres... Antes, ahora y siempre. Lógicamente ignoro y tampoco me importa, si tal actitud es porque son menos ricos de lo que los pobres piensan, o es para poder ahorrar más y así ser cada día más ricos. En fin, allá cada cual con su vida.
En esos tiempos ya tan lejanos, era bastante frecuente el arreglo de los zapatos y no tanto el continuo estrenar de los tiempos actuales. Eso de que al menor síntoma de vejez, se renueve cualquier prenda y también los zapatos, no sucedía en aquellos tiempos de estrecheces. Más bien al contrario, era frecuente ver algún zapato con la suela agujereada o alguna camisa rota bajo el jersey. Los tacones eran caros y las medias suelas más aún...


Resultaba paradógico que, siendo todos tan pobres, día si y otro también pasaran por nuestras casas multitud de mendigos pidiendo todo aquello que uno tuviera a bien darles. Lo tenían más fácil que ahora pues todas las casas estaban abiertas de par en par y solo una persiana o cañizo separaba la casa de la calle, pero la gente poco podía dar, si no tenían siquiera para ellos.
- Ave María Purísima -decían asomándose.
- Sin pecado concebida -se les respondía.
- Unas monedas para este pobre -decían.
- Una altra vegada será germanet -era la respuesta.
En alguna ocasión (siempre hay excepciones) se les daba un trozo de pan y luego te enterabas que lo habían tirado a la vuelta de la esquina. No solían ser hambrientos y no era por tanto comida lo que esta gente buscaba, sino unas monedas con las que comprar vino y emborracharse. En fin, de todo habría.


Tampoco faltaban las visitas de monjas mendigando pero, como los anteriores, solo querían dinero y en nuestra casa la respuesta siempre era la misma. 
- Una altra vegada será germanes. 
Y es que, en aquellos tiempos en los que se remendaban incluso los remiendos, ¿qué caridad podía haber?. Hoy puede haberla, o no, en base a la disponibilidad o a la persona a la que vaya dirigida pero, en aquellos tiempos en los que nadie llenaba el estómago más allá de la mitad de su capacidad... Porque la gente no es que pasara hambre, pero tampoco había colesterol. Pocos gordos conocimos en esos años en los que el menú dependía siempre de la estación del año. En cada época se comía lo que la naturaleza proporcionaba. Tan escasos estaban los gordos que uno que había en nuestro pueblo que tenía un poco de barriga (sempre teníe fam) le llamaban "fabrilo". Yo lo recuerdo perfectamente y como él, en la actualidad, somos multitud.

De todas maneras en lo único que se conocía entonces al pobre del rico es que, aproximándose el invierno, los ricos mataban un cerdo y el hecho constituía todo un ceremonial al que se invitaba a parientes y amigos. Como ya he escrito en anterior ocasión, entre espeluznantes alaridos del animal -el caso no era para menos- se traía el cerdo desde la pocilga a la casa mediante un gancho que, 
atravesándole la barbilla le salía algunas veces por la ensangrentada boca. ¡Qué horror!.
Yo es que de solo pensarlo ya se me ponen los pelos de punta. Jamás pude asistir a tamaña barbarie y siempre que fui invitado lo hice a "toro pasado" lo cual no justifica para nada mi participación en el evento ya que, de niño jugué a fútbol con los demás niños con la vejiga del animal y después comí los desperdicios fritos con ajos, que era lo único que se daba a los comensales. El resto se secaba o se embutía para tiempos mejores. Pero la fiesta estaba asegurada y la ayuda de los presentes también.


Los pobres, claro está, no mataban cerdo y la única carne que comían a lo largo del año era la de los conejos que criaban, alguna gallina vieja o alguna pieza de caza si el cabeza de familia era aficionado a ello. Para Navidad, eso sí, podía darse el caso de matar un pollo de corral, criado a lo largo del año con toda clase de desperdicios y algún puñado de maíz o cebada. En cuanto al pan, lo hacían las mujeres en casa y después lo llevaban al horno.
Teniendo todos algunos bancales de siembra, la mayor parte de las familias tenían harina de cosecha propia pues antes de vender el trigo se guardaban alguna cantidad para el gasto de la casa. El pan solía hacerse solo un día por semana, lo que garantizaba la comida de pan duro, que al final solo podía comerse escaldado con agua hirviendo y al que previamente se le había echado un chorrito de aceite y sal. Las llamadas sopas de pan, con un poco de suerte, podían llevar también un huevo crudo, pero no siempre caía esa breva... 


De niño era yo muy propenso a tener problemas de garganta y no tenía bufanda con la que proteger el cuelo. Un domingo de frío intenso y amígdalas efectadas, me fui al cine con una vieja bufanda de mis padres, medio comida por la polilla. Allí, a la entrada, había un grupo de chicos mayores que se metían con los niños que asistían a la proyección y también yo tuve que soportar sus chanzas. Uno de ellos tiró de la bufanda que llevaba alrededor del cuello y al ver que estaba agujereada las burlas y risas consiguientes se multiplicaron. Con apenas 12/14 años de edad y desprevenido ante tan extraña situación, no supe qué contestarles y me fui hacia el interior de la sala avergonzado por la miserable bufanda de la que era portador y las burlas que ésta provocó. El domingo siguiente, todavía afectado por la inflamación de amígdalas, volví al cine con la misma bufanda (no tenía otra) y allí estaban los mismos del domingo anterior. 


Al verme empezaron a increparme nuevamente e intentaron cogerme la bufanda para exhibir los agujeros que ésta tenía. Yo estaba prevenido y aunque tenían tres o cuatro años más que yo, no dejé que me la quitaran del cuello y menos guapos, les dije de todo. Tras la primera andanada y mirándoles a los ojos les dije que yo, si un día quería vestirme bien, tenía un traje de chaqueta para ponerme, cosa de la que ellos carecían. Hijos de familias peores que la mía, no tenían otra cosa para vestirse un domingo que la camisa y el jersey que llevaban encima, sin recambio alguno. Yo lo sabía bien, puesto que era de la misma edad que el hermano de uno de ellos e iba mucho por su casa. El puyazo tuvo un efecto fulminante y todos se echaron para atrás con la cara desencajada y sin saber qué responder. En mi casa no sobraba nada, pero las suyas estaban peor. En fin, actos normales de gamberrismo juvenil que, en su caso, no se volvieron a repetir pues nunca más me volvieron a increpar.

Hoy, cincuenta años después, tenemos varias camisas y jerseys donde elegir, chaquetas, trajes y hasta buenos abrigos de paño, pero no tenemos cine. Las amígdalas ya no causan problema alguno, pero son las piernas, la espalda y la tensión quienes han tomado el relevo y aumentado la problemática, pues son de difícil cura. 
Conservamos el pick-up pero la aguja está rota y fundidas las lámparas que permitían arrancar del vinilo las notas de "Las Palmeras" de Alberto Cortez, "Perdóname" del Dúo Dinámico, "Mis manos en tu cintura" de Adamo y decenas de otras más que les susurrábamos a las chicas mientras las abrazábamos (bailando) y apretando todo lo que ellas se dejaban y un poquito más. 

EL ÚLTIMO CONDILL

Caminante, no hay camino, se hace camino al andar.
Al andar se hace camino y al volver la vista atrás,
se ve la senda que nunca has de volver a pisar
Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar,
pasar haciendo caminos... caminos sobre la mar.
Nunca perseguí la gloria,
ni dejar en la memoria de los hombres mi canción,
yo amo los mundos sutiles,
ingrávidos y gentiles, como pompas de jabón.
Caminante, no hay camino, se hace camino al andar. 
(Antonio Machado)

La vida no siempre te deja elegir el camino. Como los trenes, naces sobre el raíl o son otros quienes te sitúan en el mismo. Escapar es tan difícil, que tan desagradable es la fuga como la permanencia. Aún así, "andar el camino" siempre merece la pena...

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