24 de julio de 2012

0748- RECORDAR ES VIVIR DOS VECES.

Sí, sí, esa es mi mujer con 17 años. 
Un monumento, por cierto. Con 20 años mis padres me habían comprado en Octubre de 1.970 un SEAT-600D (de ocasión) para poder hacer la "mili" con la comodidad de no depender de nadie a la hora de ir y venir del Cuartel Tetuan-14 de Castellón, donde me había sacado el pase "pernocta" el cual te permitía marcharte a tu casa al mediodía, siempre y cuando no tuvieras servicio alguno. El "600" cumplió su cometido y llegó en buenas condiciones al día de mi boda, en Diciembre de 1.973, cuando prestó el más importante de sus cometidos al ser portador de la enamorada pareja que decidió pasar su "luna de miel" en viaje por Andalucía. Almería, Málaga, Granada, Sevilla, Córdoba, Jaén y en Linares ¡plaf!. Allí se reventó la "bomba de agua" y, con la cartera bastante mermada, se impuso el regreso. Cambiada la pieza, el SEAT-600D siguió dándonos satisfacciones algunos años más pero llegó un momento en que, aunque el motor no se entregó nunca, el chasis estaba destrozado y los arreglos de bajos que se intentaron no servían para nada. Finalmente se vendió por 10.000 pesetas (60 euros).

La suerte no mejoró ya que al vender el "600" compré en Castellón un SEAT-1430, todo un cochazo más viejo si cabe que el anterior y a mitad de camino subiéndolo al pueblo, ya se me soltó el palier y tuve que llevarlo al taller. Este coche lo "mantuve", nunca mejor dicho, durante dos años. Cada día que lo sacaba de casa tenía uno u otro problemilla que arreglar y al final tuve que venderlo.
Siempre había oído decir que el mejor coche era la marca "nuevo" y haciendo caso a mis mayores y aceptando una pequeña ayuda de su parte en 1.977 compré un RENAUTL-5TL, un cochecito pequeño pero con potencia y buenas prestaciones. Para entonces teníamos ya a nuestra hija Montse con dos añitos.


El estreno, ya que nos dieron la ayuda y por aquello de que mi madrastra se llamaba Pilar, fue llevar a mis padres a Zaragoza y de paso, también a ver el Monasterio de Piedra.
El viaje de ida fue relativamente bueno, pero estábamos en pleno verano y aquellos coches de entonces no tenían aire acondicionado. Mi mujer y yo delante y mis padres y la niña detrás, el cochecillo subió con una cierta alegría las cuestas del Puerto de Querol, previo a Morella y el de Puertomiró después, pero el motor se calentó un poquito. Ya coronado este segundo puerto paramos a descansar. Estiramos las piernas y el motor refrescó. Después ya prácticamente de bajada el R-5 recobró la alegría y nosotros también. Comida en Alcañiz y seguimos hasta la capital aragonesa.



Después de tomar habitación en el hotel descansamos un rato y a media tarde visitamos la Basílica del Pilar, la Seo y, como no, el famoso Puente de Piedra sobre el río Ebro. Tras la cena los viejos se fueron a descansar y los jóvenes dimos una segunda vuelta por los alrededores ya que, durante el servicio militar, yo había estado dos semanas de maniobras en Zaragoza y conocía algunos lugares donde tomar una copa. No regresamos tarde al hotel pues también nosotros estábamos cansados.


A la mañana siguiente, con apenas un café con leche en el estómago emprendimos la marcha en busca del famoso Monasterio de Piedra. Mi madrastra había comprado jamón y queso así como unas barras de pan, con la intención de almorzar por el camino. Como es frecuente en los veranos de la provincia zaragozana, se había levantado la mañana con un "poniente" infernal. Tanto era así que, con el coche cargado hasta los topes y con un sol abrasador, era imposible viajar con los cristales bajados pues se notaba mucho más fresco ir con las ventanillas cerradas que permitir la entrada de aquel aire que parecía venir de algún desierto cercano. En un momento dado paramos a comer un poco bajo unos frondosos olmos que había junto a una acequia un poco retirados de la carretera. El viento, como digo, era abrasador. Tanto que al sacar las viandas el papel que envolvía el jamón eran una mancha de aceite y el jamón, pringoso, no podía cortarse con el cuchillo. Por aquel entonces lo de los bares de carretera brillaba por su ausencia y mucho más en esas tierras de poco tráfico y mucha escasez. No se hizo mucho tiempo en un almuerzo que nada tenía de deleite. El motor del coche, a pesar de ser nuevo, llegó a calentarse puesto que el agua ya llegaba al radiador recalentada y no cumplía sus funciones de refrigeración.

Tras varias paradas llegamos al citado Monasterio de Piedra. Mi mujer y yo ya habíamos estado y, como he dicho antes, el viaje no tenía otra misión que la de cumplir el sueño de mis mayores. La visita en ese lugar siempre es agradable y ese día de tanto calor más todavía puesto que significaba un refresco importante del entorno de tan abundante manantial. Visitamos las instalaciones y con ello se hizo la una de la tarde. Sin embargo había poca hambre y decidimos emprender el camino de regreso hacia Castellón con parada para comer en algún pueblo próximo.

Llegados a las dos de la tarde paramos en el primer pueblo que encontramos. Solo había un bar y no tenía comida de ningún tipo. Seguimos bajando y ya casi a las tres de la tarde volvimos a parar en otro pueblo mayor. A la entrada del mismo un letrero de Pepsi-Cola nos advirtió que la casa era un bar. Levantamos el cañizo que protegía la puerta y efectivamente allí había media docena de viejos jugando una partida de cartas. Preguntamos sobre la posibilidad de comer y nos dijeron que en toda la comarca no era costumbre hacer comida en los bares, pero que fuéramos a la "fonda" que allí nos atenderían. Preguntamos por el paradero de tan especializado local y con las señas aprendidas nos encaminamos hacia allí. No es necesario decir en un día de esas características, como estábamos los cinco a esas horas de la tarde. Hambre y sed se mezclaban y nuestro aspecto no era sin duda el mejor para gentes que, de una u otra manera, estaban haciendo turismo.

La fonda era una casita de pueblo como las demás, en la que nadie hubiera podido adivinar el oficio que desempeñaba. Planta baja y una altura. Portón partido en horizontal, como entonces se estilaba en los viejos pueblos. La mitad de abajo cerrado con un cerrojo de hierro y la de arriba abierta de par en par, tras el correspondiente cañizo. A nuestra llamada una señora de mediana edad salió secándose las manos en su delantal.
- Buenas tardes señora. Venimos de visitar el Monasterio de Piedra y queríamos comer. En el bar del pueblo nos han dicho que usted podría atendernos.
- Pasen pasen -respondió la buena señora amilanada por nuestro aspecto ajado y sudoroso. 

A la izquierda de aquella rústica entrada, un pequeño cuartito hacía las veces de comedor y de salita. No había mesa alguna para comer, solo media docena de sillas y una mesa camilla vestida con una tela de flores multicolor y sobre ella un mantelito de ganchillo sobre el que descansaba un viejo pick-up y tres o cuatro discos. (?)
- ¿Quieren que les ponga un poco de música? -preguntó amable la señora.
- No gracias. No se preocupe. Estamos lejos de casa y solo queremos reponer un poco las fuerzas y salir lo más pronto posible. ¿Tiene agua fresca? -preguntamos.
- Claro, claro, enseguida. Pero no tengo nevera... a ver... es que es bastante raro que en esta época del año venga alguien por la posada, así que... ¡no tengo gran cosa!. En cuanto a la comida... lo único que puedo prepararles son unos chorizos de nuestra matanza y unos huevos fritos que le compro aquí a una vecina... también algo de la carne que metemos en aceite y...
- Perfecto señora, perfecto... ¡Con eso ya nos arreglamos!.
- Pero siéntense, siéntense -dijo ella amable.

A los diez minutos salió la señora con un plato de ensalada descomunal. Lechuga, tomates, cebollas y algo que parecían olivas pero que resultaron ser "prunas" jóvenes que, a falta de olivos, allí recogen verdes a medio desarrollar y las ponen en vinagre para posterior uso en ensaladas. Como complemento una hogaza de pan casero que pesaría kilo y medio... A los pocos minutos llegó nuevamente con dos fuentes llenas de chorizos caseros fritos, morcillas, trozos de costilla de cerdo en adobo y huevos fritos. Nos servimos, allí había comida en abundancia para todos. ¡Como nos vería aquella mujer de desesperados!.
- Señora -preguntó mi padre- ¿No tiene vino?.
- Sí señor, pero no es embotellado. Tengo un clarete que hacemos con nuestra uva y que guardo en un tonel de 200 litros en el corral... Un momento que ahora les saco el porrón...
- ¡Jesucristo bendito!. 

Desde luego Dios estaba con nosotros. El agua era de una fuente cercana que brotaba fresca cual sacada del mejor frigorífico pero el vino no estaba menos fresco y sabía como los ángeles, si es que éstos saben a algo...
Como aquellos chorizos, nunca los he comido mejores. Y la carne, los huevos, el pan, el vino... ¡Dios mío, que comida!. El hambre que traíamos sin duda influiría en el disfrute pero, realmente todo estaba espectacularmente bueno. El porrón tuvo que ser llenado una segunda vez... Bien comidos y bien bebidos se imponía iniciar el regreso.
- Mire que es lo que le debemos, señora.
- No sé... -la señora dudaba- Está todo muy caro y... ¡Denme 80 pesetas!

- Pero... ¿Cuanto ha dicho? -le respondí sorprendido.
- Es que... yo tengo que comprarlo todo y...

- Calle, calle, la corté. ¡Tome usted!. Un billete de 100 pesetas y quédese con la vuelta.
La señora, con una sonrisa de oreja a oreja, nos acompañó al coche y bendijo nuestra llegada a su casa. A modo de despedida nos emplazó a que volviéramos por allí si es que algún día regresámos por aquellas tierras. Naturalmente la visita no se repitió.
Con las barrigas llenas y el R-5 descansado emprendimos nuevamente el regreso a casa. A media tarde el sol había descendido y había cesado el viento de poniente. El ambiente refrescó notablemente y la caída de la noche nos pilló todavía por el camino. En un momento dado les pregunté a mis padres que les había parecido.
- Muy bueno y muy barato -dijo mi padre.
- Me refiero al viaje -le dije aclarando que no me refería a la comida.
- ¡Ah, bueno también!. -Los efluvios del clarete seguían haciendo su efecto.
La llegada a Cabanes fue pasadas las 11 de la noche, sin cenar pero sin necesitarlo...

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