12 de julio de 2012

0734- ¡CUENTOS GRACIOSOS DE LA RED!


Por fin el comandante del Costa Concordia, en el que murieron 32 personas, ha dado explicaciones sinceras al juez sobre los motivos del accidente:
- Fue un cúmulo de casualidades... (Ejem, ejem)  
- Lo cierto es que en el momento del impacto estaba... distraído. (?)
Y lo del abandono del barco ¡tampoco fue así!. Lo que sucedió es que resbalé y me precipité por la borda, cayendo justamente dentro de una de las lanchas de salvamento. (!)
Y ahora vamos todos y nos lo creemos a pies juntillas... Pues no chatín, no. ¡Nosotros no comulgamos con ruedas de molino...! 
- ¡Ay, que descreídos son todos! ¿Acaso hay alguna prueba de que lo dicho no sea cierto?.
(Ay, Francesco, Francesco...)
- ¡Tropezó y volcó!. ¿Acaso no hay miles de personas, que tropiezan todos los días?. ¡Pues eso!. 
Eso dice Francesco Schettino... Es que también es mala suerte ¡oiga!. Con lo a gustito que él estaba, en el momento del trompazo...
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Mosén Jaime es un joven cura que viene de hacer unas compras en la capital con su utilitario y a medio camino del pueblo encuentra a una joven monja a la que conoce y que camina en la misma dirección por el arcén de la carretera. El cura da un brusco frenazo y le dice a la monja que suba y ella, puesto que hay confianza, acepta encantada sentándose en el asiento de delante junto al conductor de tal manera que, al acomodarse cruzando las piernas, el hábito se le abre un poco y se le ve la pierna.
Mosén Jaime no parece inmutarse por ello y sigue conduciendo pero al poco rato no puede resistir la tentación y le pone la mano derecha sobre la pierna.
- Por favor padre, ¡acuérdese del salmo 129! -le dice ella sofocada.
El cura retira la mano rápidamente y le pide disculpas, a la vez que sigue conduciendo sin que haya entre ellos conversación alguna.
Pasados unos minutos el curita no puede aguantar la visión de aquella pierna tersa y suave y menos aún del muslo que se insinúa más arriba y vuelve a poner la mano sobre la rodilla de la joven monja, con visos de seguir subiendo pero la monja le repite lo mismo de la vez anterior:
- Acuérdese del salmo 129 padre. ¡Por favor!
- Perdóneme madre -reponde él compungido- pero la carne es débil.
Unos minutos después llegan al pueblo y la monja se baja y marcha hacia el convento, mientras el cura marcha a su parroquia. 
Mosén Jaime, que no tiene muy buena memoria, ha quedado intrigado y rápidamente va en busca de la Biblia para consultar los salmos. Es complicado pero, por fin, encuentra el salmo 129 que dice:
"Seguid buscando, que más arriba encontraréis la Gloria".
No tenemos fotos de la monja, pero hay constancia de que no se trata de ninguna de las dos que aparecen en esta fotografía.
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Después de ducharse la mujer, lo hace el marido y en ese momento suena el timbre de la puerta. La mujer le dice al marido que abrirá ella y tras envolverse en una toalla se encamina hacia la puerta comprobando que es el vecino de arriba.
Antes de que ella pronuncie una palabra le dice:
- Si dejas caer la toalla te doy 1.000 euros.
Ella piensa unos segundos y la deja caer al suelo quedándose desnuda frente al vecino que, después de mirarla con deleite, se pone la mano al bolsillo y saca los 1.000 euros, se los da y se marcha.  
La guapa vecina, que no sale de su asombro, cierra la puerta y envolviéndose otra vez con la toalla marcha al baño para secarse el pelo.
- ¿Quien era? -le pregunta el marido.
- El vecino de arriba -responde ella que no sabe que añadir.
Y el marido le pregunta:
- ¿Te ha devuelto los 1.000 euros que le presté esta mañana?
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Un joven de ciudad, cansado del estrés y de las continuas prisas de las grandes urbes, decide marcharse a vivir al campo y le compra un burro a un campesino que pasaba por allí. 
El precio fijado fueron 100 euros al contado pero el labrador lo vende con la condición de no entregarlo hasta el día siguiente puesto que tiene que llevar la carga de leña hasta su casa. El muchacho no tiene prisa alguna puesto que de momento no necesita el animal, así que le entrega los 100 euros y quedan para el día siguiente a primera hora.
A la mañana siguiente se presenta el hombre sin el burro.
- Lo siento muchacho, pero el burro se ha muerto -le dice.
- No pasa nada, me devuelve los 100 euros y estamos en paz.
- El caso es que me los gasté anoche -responde el viejo.
- Pues vale, no se preocupe, deme el burro muerto.
- Pero... ¿Para qué quieres un animal muerto? -responde el campesino.
- Para rifarlo -contesta el joven.
- ¡Estás loco! ¿Como vas a rifar un burro que está muerto?
- Es que yo no diré que está muerto -responde el muchacho.
Al cabo de un tiempo se encuentran y el viejo pregunta que tal le fue con la rifa.
- Bien, bien. ¡Vendí 500 papeletas a 2 euros y gané 998 euros!.
- ¿Y nadie se quejó? -pregunta el viejo extrañado.
- Solo el que resultó agraciado con el premio, pero lo resolví devolviéndole los 2 euros.
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Un joven entra en la farmacia y pide un preservativo.
- Es que mi novia me ha invitado a cenar a su casa y después pretendo darle un meneo.
Antes de pagar, queda pensativo y le dice al farmacéutico:
- Mejor deme otro, porque su hermana es un bombón y me hace unos cruces de piernas que le veo hasta las entrañas. Yo para mí que también quiere guerra...
Sacándose la cartera increpa nuevamente al dependiente:
- Deme otro, por favor, porque cuando mi novia no está delante, su madre me hace unas insinuaciones que... ¡solo quieren decir una cosa!
- ¿Lo tiene todo? -pregunta solícito el farmacéutico.
- Si señor, si ya está todo.
Llegada la hora de la cena, el joven está sentado a la mesa con su novia al lado, la futura cuñada al otro y enfrente a la madre de las jóvenes. En ese momento entra en el comedor el padre de las chicas y se sienta enfrente del joven, junto a su mujer.
El muchacho bajo la cabeza y se pone a rezar. 
- Señor te damos gracias por estos alimentos... Bendícenos, por favor, a todos... Y perdónanos si en algo te hemos ofendido.
Todos están en silencio mientras el joven parece seguir rezando... De pronto el joven levanta la cabeza y dice mirando al cabeza de familia:
- ¡Gracias Señor...! Y sigue rezando.
Pasados diez minutos de rezos, padres e hijas se miran entre ellos pues la comida está enfriándose. Por fin la novia,  preocupada pero cortés, le dice:
- ¡No sabía que fueras tan religioso Pepe!
- Ni yo que tu padre fuera farmacéutico -le responde el muchacho al oído.

EL ÚLTIMO CONDILL



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