1 de julio de 2012

0725- MORIR DE VIEJOS.

Una desgracia a la que todos aspiramos. La incomprensión es lo que demasiadas veces hace que llegar a viejo, en lugar de un edén, resulte ser un infierno para muchos. Así y todo, nadie quiere morir joven. Todos quieren llegar, aún a sabiendas de que son pocas las papeletas que tienen en ese Sorteo de una vejez digna, esa que todos creemos merecer y que tan pocos consiguen. No es cuestión de merecimientos. Es una lotería, cuestión de suerte. Muchas son las papeletas que juegan y pocos los premios. A más papeletas más posibilidades, claro está, pero nunca hay garantía absoluta. Un buen puñado de papeletas se consiguen al cuidar a tus viejos y otro puñado al darles a tus hijos la mejor crianza, una buena educación y (si es posible) una ayuda para que despeguen mejor en el viaje de la vida. El tercer y último puñado de papeletas se adquiere al cuidar de los nietos, una cosa que parece lógica y natural, pero a la que no todos los viejos se prestan.

Con diferencia, esta última remesa de papeletas es la más agradecida ya que te ganas el cariño de tus nietos y facilitas la vida a tus hijos. Que lo agradezcan o no es cosa suya ya que el viejo, menos egoísta de lo que el joven cree, lo que hace es porque le nace y no para que se lo agradezcan.
Lo realmente triste es la última etapa de la vida, cuando el viejo no solo deja de ayudar, sino que da trabajo y casi siempre desagradable. Pierde su fuerza, sus facultades y hasta su propia autonomía, pero sin embargo no está ciego, ni sordo, ni loco y es entonces cuando mira las papeletas que tiene en la mano, esperando el momento del sorteo. Mucho se habla del egoísmo de los viejos, de su autoritarismo y de su incomprensión hacia la juventud pero, ¿quien gana en la batalla del egoísmo?. Que no nos quepa duda que (todas) las batallas las gana siempre la juventud, la que tiene la fuerza. ¿Quien si no ha de ganarlas?. Lo que dicen los viejos siempre está trasnochado y se ve como una imposición siquiera el hecho de manifestarlo.


Tras haberlo dado todo por los hijos y por los padres, quien se meta donde no le llaman puede ser acusado de hacerles sufrir, incluso de martirizarles. Está claro que entre jóvenes y viejos siempre ha faltado la comunicación. Es natural, la vida del viejo nada tiene que ver con la del joven y solo la comprensión valdría en estos casos, pero solo el débil da su brazo a torcer. Los fuertes nunca se paran a pensar el por qué, ni preguntan por ello. Es el viejo el que tiene que pensar el por qué no. Una realidad palpable son las residencias de ancianos, donde cada cual tiene su triste historia. Hasta hace bien poco el viejo era respetado y cuidado hasta el final de sus días. Aunque fuera más pesado que montar un mueble de Ikea todos se cuidaban de contradecirle, por respeto y por comprensión. Sin embargo los jóvenes actuales, que han tenido la suerte de poder hacer siempre lo que les ha venido en gana, se lo sueltan en la cara y encima se hacen los dolientes.

Decididamente la felicidad no existe. La generación que conoció las miserias de la posguerra luchó con todas sus fuerzas para que los hijos tuvieran mejor preparación. En completa libertad, sin presiones ni vigilancia alguna, ayudándoles posteriormente a encauzar lo mejor posible sus vidas. ¿Que más quieren?. Si consideran que es insuficiente, que miren atrás y vean lo que sus padres tuvieron. No es bastante porque está visto que nada lo es, pero un poco de memoria les haría bien a ellos y a cuantos tienen cerca. Si el viejo ayuda, pudiendo o sin poder, carece de importancia. Aquí lo que interesa es que el viejo sea ciego y sordo, pero sobre todo mudo. Quien cuida viejos, hijos y nietos, no espera agradecimiento alguno, pero si un poco de comprensión ante una posible recriminación injustificada de su parte y el reconocimiento a la buena voluntad con la que sin duda se expresa. Detrás siempre hay un por qué.

Lo que los jóvenes denominan autoritarismo no siempre lo es y detrás de una opinión, para ellos negativa, puede haber una explicación que poco cuesta pedir si no se comprende. Ocurre sencillamente que, no siempre pero si en numerosas ocasiones, los jóvenes se sienten atacados cuando el viejo expresa sus ideas contrarias a las suyas. Ellos nunca reaccionan mal. Es el viejo el que nunca se expresa bien. La falta de memoria no es problema de viejos, pues también los jóvenes olvidan que, lo que hoy critican, ayer eran ellos quienes lo proponían. El viejo siempre se excede, unas veces por ángel y otras por demonio, o al menos esa es la opinión de algunos jóvenes. El problema no es nuevo, pero se ha recrudecido con los nuevos tiempos. La falta de comunicación entre padres e hijos ha existido siempre pero, en tiempos no muy lejanos, el respeto y la memoria suavizaban el problema notablemente. Cuando estos factores se pierden llega el desastre, que sin duda se acentúa con la incapacidad del viejo. Defectos tenemos todos, pero a más pobreza mayor reconocimiento. En la pobreza no hay regalo pequeño, a nosotros todos nos parecieron importantes.

En cierta ocasión el padre de quien escribe le ayudó en su trabajo fabricándole unos productos que tenía pactado cobrar. Era cosa de poca cantidad y bajo precio pero nunca llegó a cobrarlos. Primero por no poder el hijo pagarle y después porque el padre dijo que no hacía falta que lo hiciera. Ese hijo no habrá sido el mejor del mundo pero al menos tiene memoria, algo sin duda importante. Hasta hace bien poco no había residencias de ancianos, ni rumanas que los atendieran en sus casas. No hacían falta. Cuando los padres ya no podían valerse por sí mismos, los hijos les agradecían con sus cuidados y especialmente con su cariño, los desvelos que ellos habían recibido en su niñez y a lo largo de su vida. Amor con amor se paga, se decía. Cuidar viejos no ha sido nunca agradable y mucho menos tocar mierda pero, quien les atiende hasta el final, por todo pasa y a todo llega. A todos desagrada, nadie es de acero. Pero algunos lo han hecho todo sin flaquear y sin pedir nada a cambio. No es fácil. Muchas veces apetecen cosas que, por atender ese deber de cuidar a los mayores, quedan pendientes a sabiendas de que lo perdido será irrecuperable.

Quien lo hace de ese modo, sabe donde se mete y por lo tanto nunca se queja ni se arrepiente, ni aún recibiendo un insulto o una crítica como pago de sus desvelos. El secreto se llama agradecimiento, buena voluntad y comprensión. Sobre todo mucha comprensión. En primer lugar por una cuestión generacional (jóvenes y viejos tienen distintos criterios) pero especialmente porque los viejos algunas veces dicen cosas que ni siquiera saben por qué las dicen. También los jóvenes deberían saber que el camino asfaltado no es un derecho que ellos tienen, sino un mérito a conseguir. Siendo un derecho no habría agradecimiento que dispensar, pero las mejores cosas nunca suelen ser fáciles ni gratuitas. Cuando hay respeto la comprensión va pareja y la comunicación fluye convirtiendo en fácil lo difícil y el camino se allana pero, cuando se pierde el respeto, por simple debilidad los mayores deben acatar la voluntad de los jóvenes y (además) guardar sus opiniones para sí. Cual si ciego, mudo, o tonto el viejo debe asentir o callar, pues hablar de forma contraria a las opiniones del joven le hace autoritario, intransigente y hasta loco. Un metomentodo que ha olvidado que los hijos tienen una vida que vivir, a su manera.

Sin duda es su derecho, son mayores para hacer cuanto les venga en gana, pero más mayores son los viejos y lo que les ha dado la gana no lo han hecho jamás. Tanto es así que ni antes, ni ahora han podido dar su opinión. Para esos jóvenes de hoy solo un ferviente deseo... ¡Que vivan muchos años y lleguen a viejos!. Es entonces cuando nos darán esa razón que ahora nos falta, pero nosotros ya no estaremos para verlo.
Ayer fuimos a un pueblo, cercano, pero que solo conocíamos de pasada. De allí es (Israel) el que quiere convertirse en compañero, ojalá para siempre, de nuestra hija Ana María. Agradable familia y bonito pueblo el de Lucena del Cid. Más bonita aún la casa que tienen preparada para ellos. Al mediodía, tras la visita, nos invitaron a comer en un restaurante cercano a la casa paterna y allí vimos lo más bonito de la jornada. Algo que, por inusual, nos sorprendió muy agradablemente... En calidad de nuera (Nieves) futura suegra de nuestra hija, fue a su casa para ir a buscar a (Carmen) la abuela paterna de Israel y a la que, con todo respeto le hicieron presidir la mesa. Esa mujer morirá cuando le toque, de vieja, pero no triste ni desatendida.

EL ÚLTIMO CONDILL


La incomprensión es algo pasajero,
mañana el sol volverá a salir
y nos dará una nueva luz en la que mirarnos.
No debemos amargarnos, sobre todo
por cuestiones que no podemos cambiar.
Diariamente hay miles de motivos para ser feliz,
solo hay que saber encontrarlos.
Si te sientes solo mira a tu alrededor,
siempre hay una mano amiga esperándote.
En ella encontrarás comprensión y cariño
pero, sobre todo, a alguien que te escuche.
Esa mano amiga es tu familiar mas cercano,
aunque no sea pariente tuyo.

                                                 


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