29 de mayo de 2012

0694- EL MONASTERIO DEBRE-DAMO

Si no estás ágil, tu te lo pierdes. No hay otra forma de acceso a este Monasterio, que la cuerda que se balancea en lo alto del acantilado. Debre Damo no es un lugar apto para todo el mundo; ni todos los que quieren subir están preparados, ni todos los preparados pueden subir y ello es así porque en este lugar no se aceptan visitas de fémina de ninguna especie. Bueno, últimamente parece ser que tienen gallinas y gatas...
El dificultoso lugar está ubicado en la región de Tigray, al norte de Etiopía y sobre un acantilado de 30 metros de altura, siendo la citada cuerda su única forma de acceso a la cima. Se trata de una montaña con forma de meseta y rodeada completamente por ese acantilado de acceso prohibido. El permiso de acceso al lugar se limita al hecho de que los vigilantes permanentes de la entrada, tiren o no la cuerda que te ayude a realizar la escalada. 

Se considera que este lugar sagrado es el de más difícil acceso y su escalada es completamente caótica el 24 de Octubre de cada año, día de peregrinación para cientos de visitantes, que se cuelgan a la cuerda intentando un ascenso muchas veces imposible. Las escasas dimensiones del lugar de entrada y el ansia de los viajeros de subir a un mismo tiempo, provocan auténticos problemas y peligros en la pared que precipitan a algunos hacia el abismo. Sin embargo ellos siguen intentándolo y van subiendo hasta la entrada que da acceso a la cima. Una escalera excavada en la roca te permite acceder después a lo alto de la montaña, una planicie de un kilómetro de largo por unos 400 metros de anchura y de vistas impresionantes, pero la bajada debe hacerse obligatoriamente por el mismo lugar de acceso y no hay año en el que no ocurran fatales accidentes puesto que las medidas de seguridad son totalmente inexistentes.

San Miguel Aregawi (Abune-Aregawi) fue el monje sirio que fundó esta iglesia en el siglo VI y al que la leyenda dice que una serpiente le ayudaba a acceder al lugar. Hoy aquella serpiente imaginaria está sustituida por una gruesa cuerda de cuero trenzado.
 Además de ser el fundador, Aregawi es uno de los nueve santos que predicaron el cristianismo en las tierras de Etiopía y Eritrea. Según dicen los etíopes, Debre Damo es la iglesia más antigua de las que se mantienen intactas en el país. Gracias al difícil emplazamiento, en ella se guardan también algunos de los manuscritos más antiguos del cristianismo etíope.  
Cada mes de Octubre se conmemora la fundación del monasterio y exaltación al santo Aregawi. Centenares de peregrinos llegan al lugar con sus mejores galas y pretenden subir hasta el monasterio a fin de acceder al agua bendita que, desde depósitos naturales o excavados en la roca, se imparte para purificar a todos los fieles y para librarles de todos sus males. 

La llegada de peregrinos es de tal magnitud que es materialmente imposible el acceso de todos. Ese día el caos reina en el ambiente y en la pared de acceso al recinto, siendo lo más natural que alguno de los fieles se precipite al vacío.  Sin embargo el problema solo es tal si la caída se produce en el ascenso ya que, al regreso, el peregrino está limpio de todo pecado y su salvación es inminente. Cuando una de esas caídas se produce, los peregrinos lanzan al unísono un fuerte sonido gutural similar al de las celebraciones bereberes. Con él se pretender hacer notar la divina fiesta que supone la salvación del alma del peregrino en cuestión, que ha ofrecido su vida al Debre Damo, en su día más especial. No es pues momento de pena, sino de alegría.

Visitar Debre Damo significa viajar hacia el norte de Etiopìa, aproximarse a su frontera con Eritrea. La presencia de soldados con su correspondiente fusil aumenta minuto a minuto. Llegar a este lugar tan especial parece ser que es mil veces más fácil de lo que era antaño pero, para conseguirlo, hay que circular durante un tiempo interminable por una pista llena de piedras y baches enormes, dejando atrás pueblos fantasma rodeados de higos chumbos. Allí, en lo alto, el monasterio espera ansioso al turista despistado.  
No resulta extraño que el visitante se encuentre algún grupo de lugareños rezando por algún ser querido que se ha despeñado al pie de la montaña días atrás.  Mientras piensas si subir o volver sobre tus pasos, el monje lanza la cuerda desde lo alto. No cabe pensar que alguien vaya allí para volverse sin llevar a cabo la visita.  Cabe la posibilidad, claro está de optar por la escalada pero esto significaría una afrenta. Es su territorio. Sin embargo, que te suban como si fueras un saco de patatas... ¿Y si el monje agota sus fuerzas y suelta la cuerda?. En fin, si Aregawi subió cogido a una serpiente... ¡mejor puede hacerlo el visitante atado a una cuerda!.

Una vez arriba los monjes salen a recibir al viajero y cumplimentan la hoja de visita. Sorprende que una iglesia de antiguas y rudimentarias paredes de piedra quemada por el sol abrasador, exhiba una cubierta tan sumamente moderna, pero así es. Por lo visto la primitiva se caería muchos años atrás. La iglesia está muy oscura. Hay que descalzarse para poder visitarla. Hecho esto los monjes se muestran amables y enseñan al visitante su libro litúrgico escrito en latín etíope (geez) con gran profusión de grabados de 
vistosos colores. También te muestran algunas antigüedades y cachivaches de toda índole regalados quizás por los peregrinos autóctonos en su visita anual al monasterio.
El monje de la puerta acaba de cumplimentar el papel que acredita el cobro de los 100 birrs (10 euros) que vale la entrada para los extranjeros. Te muestran también el campanario y las habitaciones de los monjes así como un viejo cementerio donde reposan los antiguos servidores de Dios que ya descansan en paz. Tras visitar el recinto la senda nos devuelve a la entrada de la iglesia. 

Allí esperan los monjes para bajarte al pie de la montaña,  trabajo mucho más fácil y rápido que la subida. Antes, naturalmente hay que pagarles. Son 20 birrs para cada uno, 2 euros en total. Es poco para los europeos, pero todo un atraco para ellos que se sonríen ante la facilidad con la que -los que ellos entienden como chiflados viajeros- sueltan el dinero sin que parezca importarles. Lo tienen ya muy aprendido. Hay que sacarles el dinero a los turistas, que pagan con creces su inicial afán de curiosidad y sus posteriores ganas de abandonar con rapidez ese recinto de tan elevadas miras. Cuando el visitante llega abajo, al pié del acantilado, el cortejo fúnebre no se ha disuelto todavía, quizás no había tal cortejo y solo esperan también su propina. Ellos miran al foráneo, pero no osan pedirle. Sin embargo, si éste saca unas monedas, las cogen con la misma rapidez que cesan sus llantos y rezos.
¡En este planeta, la autenticidad ya no existe...!

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