9 de abril de 2012

0650- LA MINA DE LAS CABEZUELAS.

Siempre inmortal el Demonio resucita los pecados de aquellos que, transcurridos tantos años después, ya se creían a salvo de la justicia del cielo y de la tierra. En tiempo de exhumaciones de gente republicana, asesinados durante la guerra civil y tras ella, el bando contrario no quiere ser menos y saca a la luz los abusos de aquellos que dominaron la situación política durante a II República española y buena parte de la guerra posterior. Está claro que en todas partes cuecen habas y que buenos y malos los había en los dos bandos. Desde el primer día en que cuatro aprovechados, cuyo nombre y siglas a las que representan no es necesario mentar, decidieron desenterrar a las víctimas republicanas, ya dieron muchos su opinión contraria a ello, cuando no se trate de acercar los sacrificados huesos hasta el lugar donde habiten sus descendientes y sin otra pretensión que la de darles debida sepultura junto a los suyos.

Todo lo demás son ganas de complicar las cosas. A los muertos hay que dejarlos en paz. Nada puede remediar el mal hecho y nada puede hacerse en favor de su descanso. Peor me lo ponen si lo que se pretende es ganar puntos por parte de quienes mueven la mierda, o recibir los "vivos" alguna paga póstuma cuando se trata de los familiares de aquellos que tuvieron la desgracia de estar en el lugar y hora equivocados. Abusos los hay siempre por parte de quien tiene la fuerza y si la guerra la hubiera ganado el otro bando, que nadie dude que también se habrían ejercido. De hecho algunos ya ejercieron esos abusos en los últimos tiempos en que la II República campó a sus anchas, quemando iglesias y matando curas hasta bien entrada la guerra. Y que conste que quien escribe tuvo familiares portadores de esas consignas y que hicieron grande la hoguera, aunque no se mancharan de sangre. Pero desde mi punto de vista la verdad es lo que cuenta y el mal es independiente de quien lo haga.

Visto el interés despertado por las izquierdas en eso de desenterrar muertos, va la derecha y hace lo propio. Naturalmente. ¿Le extraña a alguien que la libertad sea para todos?. No creo yo que nadie se sorprenda al comprobar que efectivamente también el bando de la izquierda más radical hiciera sus pinitos en eso de matar a quien piensa diferente. Porque esta clase de actuaciones siempre las hacen los mismos, independientemente del bando en el que se sitúen. Los que matan son asesinos tanto si son de derechas como si son de izquierdas, siempre que no sea en defensa propia.
Sin la más mínima intención de defender ni avasallar a nadie, en la entrada de hoy es obligado contar la barbarie llevada a cabo en la mina romana de Camuñas (Toledo).
Sin demasiado profundizar en el terreno, puesto que pronto se pararon los trabajos a petición de los familiares afectados, en la mina de las Cabezuelas y pueblo antes mencionado, buscando a unos sacerdotes para su beatificación, un grupo de arqueólogos y médicos forenses localizaron tiempo atrás casi un centenar de cadáveres asesinados por el bando republicano y lanzados -muertos y vivos- al pozo de esa mina abandonada.

Restos de sotanas y otros tipos de ropa clerical, identifican a quienes durante tantos años han ocupado este lugar, hecho conocido en toda la comarca pero que nadie quería airear evitando complicaciones. Varias monjas y no menos de nueve sacerdotes, incluido el párroco de Camuñas, salieron a la luz tras haber compartido fosa/mina con otros muchos represaliados del bando republicano en los años de la guerra civil española. Que nadie se extrañe del hallazgo. Con mayor o menor número de muertos, fosas como ésta hay en nuestro país centenares, tanto de un bando como del otro y posiblemente nadie tendría que viajar muchos kilómetros de su casa para encontrar alguna.

Cuando los vientos cambiaron y la guerra se perdía por momentos, tierra y más tierra -hasta 30 toneladas- se lanzaron por la boca de la mina de Camuñas para evitar que saliera a la luz la prueba fehaciente de tantos crímenes llevados a cabo. Toda esa tierra es la que cubría la primera capa de cadáveres. A partir de ese punto solo leves capas de cal y ceniza separaba a unos de otros. Según se dice, lo de la mina romana de plata convertida en fosa no fue un hecho puntual sino que durante años y a modo de basurero, los milicianos del Frente Popular arrojaron en el profundo agujero los cadáveres de los fusilados de las provincias de Toledo y Ciudad Real por estar la mina próxima al linde entre ambas. Según el historiador Martín Rubio, el pozo se usaba para deshacerse de los cadáveres de toda la comarca y de sitios mucho más alejados, como la propia capital de España. También fueron muchos los lanzados vivos al interior del pozo, tras ser torturados. Los que tuvieron suerte, llegaron muertos o fueron fusilados antes de caer al vacío.

La mina/fosa de Camuñas son realmente dos pozos, aunque hay un tercero de menor importancia que no afecta al relato. Ambos pozos están apenas separados 18 m. entre sí y a su interior se calcula que fueron a parar entre cinco y seis mil personas -entre hombres y mujeres- en tiempos de la República y muy especialmente durante la guerra civil, hasta principios de 1939. También el propietario de la mina tiene a su padre allí enterrado. Comunicados entre sí por un túnel en rampa, están cubiertos con cuatro losas, a modo de sepultura. En 1.962 y a petición del dueño -Amador Rodríguez- un grupo de expertos en minas bajaron al fondo de los pozos con el fin de realizar un presupuesto para la extracción de los cadáveres y su posible translado al Valle de los Caídos. Antes procedieron a su medición. El más pequeño medía 2,50x2 metros de boca y 9 metros de profundidad mientras que el principal tenía 3,5x2,4 metros de diámetro y 20 metros de hondo hasta los primeros escombros. Sin embargo, inicialmente estos pozos tenían al menos 10 metros más de profundidad. Cuenta su propietario que el pozo principal era tan hondo que cuando de niños echaban una piedra no se oía cuando ésta llegaba al final.

También dice Amador que, desde que las autoridades republicanas decidieron utilizar la mina como fosa común y durante los casi cuatro años que estuvo la fosa en uso, los cadáveres lanzados a su interior eran tantos que cuando el pozo se llenaba echaban gasolina y le prendían fuego. En la primera ocasión el pozo tardó mucho en llenarse, claro está, pero después lo del fuego ya era más frecuente...
- En la primera hoguera, del año 36, el fuego duró varios días -cuenta Amador. Acabada la guerra, me dijo un peón caminero que allí había miles de muertos.
Hasta hace bien poco los viejos del lugar, testigos presenciales que en el momento de los hechos eran niños de corta edad, decían que aquello era un verdadero peregrinaje de coches y furgonetas que llegaban repletas de muertos, que se lanzaban al fondo.
- Solo de Herencia, hay más de 70 muertos. -dice Rodríguez cabizbajo- Sin embargo no tenemos interés en sacar los restos, de todo punto imposibles de identificar debido al fuego, la cal y a la multitud de gente que allí fue arrojada.

Los viejos de Camuñas, entonces niños de 8/10 años, recuerdan aquellas escenas dramáticas...
- Esta vereda es la que va a la carretera de Madrid? -preguntó un miliciano bajándose del camión.
- Yo tenía 11 años y mientras los hombres le indicaban, puse un pie sobre la rueda y me asomé al interior del camión levantando la lona, viendo mucha gente "matá". Lleno, lleno. A "lo" menos 40 o 50 habían, que se yo. Bajé y me puse a llorar. No "me se" olvida. Lo tengo metido aquí... Y el viejo señala con su dedo la sien.
- Durante la guerra se oían con frecuencia los gritos de aquellos que llegaban vivos hasta la boca de la mina. Tras tirarlos al fondo, los jefes de los milicianos ordenaban que les tiraran cal encima para sepultarlos. Si la mina estaba medio llena, algunos no morían de inmediato al caer y malheridos quedaban gritando en el interior.
La Causa General recoge a los primeros 19 muertos lanzados a la mina, todos pertenecientes a municipios vecinos; poco después la mina se convirtió en fosa común ya sin identificación alguna.

Unos hablan de centenares de cadáveres, otros de miles. Lo cierto es que, además de todas las víctimas de la comarca, allí fueron a parar -como mínimo- las de dos "checas" de Madrid: la de Agapito Garcia Atadell y la de Fomento o Bellas Artes, que dicen era todavía más aterradora. Difícil de valorar si tenemos en cuenta que, según se dice, Agapito era un asesino en masa que se llamaba a sí mismo socialista como forma de justificar sus "hazañas". Los miembros de su banda -Brigada del Amanecer- no le iban a la zaga, pues se trataba de una banda de asesinos consumados. De madrugada asaltaban las casas burguesas y robaban cuanto encontraban; terminado el "trabajo" violaban a las mujeres y se llevaban "de paseo" a los hombres. Una vergüenza para los verdaderos republicanos, pero nunca le frenaron. La versión más popular dice que fueron entre 5000 y 6000 los lanzados a la mina, "todos creyentes menos uno". Según la leyenda, uno de los lanzados vivos a la mina fue el sacerdote don Antonio Cobos. En un acto reflejo, al empujarle, el religioso se cogió al brazo del miliciano. Víctima y verdugo cayeron juntos...
Los de "la memoria histórica" harían bien en no remover, o removerlo todo. Lo que no se puede hacer en ningún caso es remover lo de una sola parte. Al fin y al cabo todos eran españoles.

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