22 de marzo de 2012

0638- EL GRAN CAPITÁN.

Gonzalo Fernández de Córdoba y Aguilar, nació en Montilla (Córdoba) el día 1 de Septiembre de 1.453. Miembro de la nobleza andaluza destacó en la guerra y en la política de su tiempo ascendiendo, por méritos propios, a los cargos de General y Virrey. Aunque recibió en condecoraciones, nada menos que cinco ducados, la Historia le recuerda principalmente como "El Gran Capitán", título popular ganado a pulso por sus numerosas gestas heroicas en el campo de batalla.
Hijo segundón y como era normal entre la nobleza, ya de muy niño fue incorporado al servicio del príncipe Alfonso, hermano de la que unos años después sería Isabel I de Castilla. A la muerte del príncipe pasó a ser paje de la propia Isabel.

Siendo fiel a la causa isabelina, se inició en la carrera militar, sobresaliendo en varias batallas contra los moros y en ser principal negociador con el monarca nazarí Boabdil, para la rendición de Granada.
Interviene en diferentes expediciones a Italia, en defensa de los intereses de la Corona de Nápoles (1494-1498) contra los franceses de Carlos VIII, que pretendía reconquistar los Santos Lugares. Para ello se cuenta con la aprobación del Papa de Roma y Florencia y la neutralidad de Venecia.
Es ya en esta primera campaña militar cuando Gonzalo de Córdoba se gana el sobrenombre de "El Gran Capitán". Asegurado el reino de Nápoles, después de tres años de campañas, en 1.498 las tropas regresan a España donde recibe el título de Duque de Santángelo. Pero en aquellos tiempos la tranquilidad duraba poco...

Los intereses de Francia persisten y en 1.500, intentando evitar la guerra, Fernando II de Aragón y Luís XII de Francia pactan el reparto de Nápoles que coincide con el ataque turco al Peloponeso veneciano, en Modón.
Atendiendo la demanda veneciana de auxilio, España fleta en el puerto de Málaga 60 naves con 8.000 hombres que dirige el Gran Capitán. En Mesina se unen otros 2.000 hombres más y varias naves que habían quedado de la expedición anterior. En el socorro a Candia se les unen dos carracas francesas con 800 hombres y todos juntos inician el asedio consiguiendo alzarse con la victoria. Sin embargo las mermas son notables y los alimentos están agotados, por lo que se retiran a Sicilia con penalidades y algunos motines a bordo debidos a la falta de comida.

En 1.501 el Papa informa del acuerdo de reparto del territorio entre Francia y España, el cual no es aceptado por el pueblo italiano que presenta resistencia. Finalmente en 1.502 y tras numerosos enfrentamientos, Francia y España consiguen ocupar cada uno la parte convenida del reino de Nápoles.
Prontamente los franceses dan muestra de no estar conformes con el reparto establecido y Fernández de Córdoba se apresta a defender las plazas principales en espera de refuerzos. Efectivamente los franceses atacan y en la Batalla de Ceriñola (1.503) son derrotados y España se apodera otra vez de todo el reino. Luis XII de Francia envía un nuevo ejército que también es derrotado y finalmente deja el campo libre a los españoles. Finalizada la contienda, Gonzalo de Córdoba queda en Nápoles con el cargo de virrey por espacio de cuatro años.

Al morir Isabel la Católica el rey Fernando pactó con los franceses la devolución de su parte en Nápoles. El enfrentamiento de Gonzalo de Córdoba por este hecho y los comentarios de algunos rencorosos que tenían envidia de los éxitos del Gran Capitán hicieron que el rey le quitara todo su poder. Aunque el rey no le pidió cuentas, Gonzalo se las presentó igualmente para justificar lo equivocado de su proceder y para dejar claro que lo que se pudo haber dicho de él no era cierto. Dichas cuentas están conservadas en el Archivo de Simancas como ejemplo de meticulosidad. Sin embargo no sirvió esto para que el rey cumpliera con su ofrecimiento de devolverle a Italia que es lo que el Gran Capitán deseaba.
González de Córdoba se retiró a Loja, donde murió en 1.515. Idolatrado por sus soldados y ganada la admiración de cuantos estuvieron a sus órdenes, su mayor enemigo fue justamente la popularidad que alcanzó. Una vez más queda demostrado que los celos y las envidias son, o pueden ser, la mayor de las desgracias del ser humano.

Cuando en Enero de 1.971 marchaba yo a prestar el Servicio Militar obligatorio, mi padre, después de darme las llaves de un SEAT-600 de segunda mano que había aparcado en la puerta de la casa y 300 pesetas para posibles gastos extraordinarios (1,80€), me dijo en tono ceremonioso:
"Allí hay que pasar desapercibido. Procura no destacar en nada, ni te prestes voluntario a ninguna actividad o servicio..."
Claro que, cada cual es como es y eso es imposible cambiarlo. Construí el Belén de la Compañía y hasta una carroza para la fiesta de la Inmaculada, patrona de Infantería. Antes de acabar la primera semana ya era asistente del subteniente, que me colocó en las oficinas. Cuando este destino finalizó, al llegar la Lista de descendientes del bando republicano en la que naturalmente estaba incluido, "estaba resfriado" o me presentaba voluntario al servicio de cocina para eludir la gimnasia que daba nuestro teniente, un cabronazo deportista de élite que disfrutaba al exigir a los jóvenes soldados ejercicios para los que no estábamos ni remotamente preparados. Siempre rebelde yo, si podía, me escaqueaba de sus burlas y de sus tiranías...

EL ÚLTIMO CONDILL

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