5 de marzo de 2012

0622- EL LAMENTO DEL MORIBUNDO.

Ya lo he comentado en alguna otra ocasión. En nuestra casa y bajo mis cuidados y los de mi mujer, en un periplo que nos ha ocupado cerca de 20 años que se suponen han de ser los mejores de la vida de una pareja, han muerto seis personas: mis padres, los suyos y unos tíos. Pocas cosas pues, puede enseñarnos nadie de lo que es cuidar viejos hasta el final de sus días.
Todo esto viene a cuento del título de esta entrada, tema que no todo el mundo conoce. Bien por no haberlo vivido o porque cada final es distinto y si tienes pocos que ver, pocas son las diferentes opciones y posibilidades. Esta entrada no pretende entrar en narraciones tétricas o macabras, haciendo chistes del dolor ajeno, que en este caso sería el propio. No, no se trata de eso. Tampoco se trata de preguntarnos -porque estaríamos en nuestro derecho- quien cuidará al cuidador.

El motivo de esta entrada es para contarle a quien no lo sepa que, aunque al final del camino uno no está para charlas, puede darse el caso y se da con alguna frecuencia que el moribundo tenga la suficiente lucidez como para reflexionar sobre los pros y contras de su vida, análisis que puede ser en voz alta y haciendo por tanto partícipe al cuidador. Cuando esto sucede, lo que se lamenta en la mayor parte de los casos es no haber exprimido suficientemente el jugo de la vida. Se lamenta haber dedicado demasiado tiempo al trabajo y a los demás, dejando para más adelante la dedicación a sí mismos. Sencillamente porque ese tiempo "más adelante", al ser una forma de vida, no suele llegar nunca.

Otra cosa que suelen lamentar quienes han llegado al final de su vida, es la lucha diaria por ser lo que otros querían que fuesen y no por ser como ellos realmente hubieran querido ser. En el caso de haber sido más valientes, hubieran luchado por alcanzar sueños y metas que nunca persiguieron, mirando el qué dirán los demás...
Lo que se lamenta también es la falta de felicidad, por culpa del conformismo y comodidad de no buscar ese cambio que nos lleve hacia ella. En este apartado entra la valentía, el coraje y el esfuerzo de aprovechar esta vida -la única que tenemos- para expresar más abiertamente nuestros sentimientos, callando por timidez aquellos sentimientos que entendemos como memeces y que son claros testimonios de amor hacia nuestros familiares y amigos.

Esa coraza tras la que nos pertrechamos, haciéndonos los duros sin serlo, es la soga que algunas veces nos asfixia innecesariamente. No es un memo el que dice "te quiero", sino un necio quien lo calla por falsa timidez. Porque los demás no son adivinos y es muy difícil que puedan adivinar aquello que no les digas. No deberíamos pues, sentir vergüenza por hacer demostraciones de cariño si realmente las sentimos. Quienes se cohiben en demostrar sus sentimientos empobrecen sus vidas y acaban arrepintiéndose de ello, al darse cuenta demasiado tarde de que también los demás dejaron de abrirles sus corazones por esos mismos motivos. No cabe duda de que nos iría mucho mejor el ser más auténticos. ¿Qué mal puede haber en ello?.

Claro que para eso, tienen que ser sentimientos reales ya que, de lo que aquí se trata es de darle autenticidad a nuestra vida, no de convertirla en un vodevil de café-teatro. Todas estas reflexiones de personas en su lecho de muerte, hacen que la mayor parte de esos balances sean frustrantes. Todos ellos cambiarían en buena parte su forma de ser y de actuar, en el caso de tener una segunda oportunidad. Por lo tanto bueno es que, quien todavía esté a tiempo de cambiar, lo haga.

La mala conciencia, no es la mejor forma de iniciar el camino al más allá... Cuando lleguemos a ese punto y final de nuestra vida, que nada perturbe nuestra paz y que podamos mirar atrás sin oscuridades. Ya que no podemos escapar de las garras de la muerte, mirémosla cara a cara, con los deberes hechos y la conciencia tranquila.

EL ÚLTIMO CONDILL

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