19 de diciembre de 2011

0562- LOS ULTIMOS CANÍBALES.

Quedo perplejo al enterarme de que aún hoy, ya inmersos en el siglo XXI, siguen existiendo algunos pueblos que practican el canibalismo. Al parecer se trata de lugares remotos de la Indonesia, en zonas olvidadas de Papúa Nueva Guinea y más concretamente en la provincia de Irian Jaya. Áreas de difícil penetración. Selvas inmensas, protegidas al norte por cadenas montañosas de muy mala accesibilidad y al sur por las zonas pantanosas del mar de Arafura. Fue allí donde se cree que, el 17 de Noviembre de 1.961, Michael Rockefeller -hijo menor del gobernador de Nueva York- fue devorado por la tribu de los asmat.

Ese día Michel y su amigo René, con dos guías nativos, viajaban en una canoa de 12 metros cuando ésta se inundó y hubieron de alcanzar la orilla a nado. Al parecer todos llegaron perfectamente pero Michel desapareció y ya no fue visto jamás, puesto que su cuerpo no fue encontrado.
El escritor Paul Toohey afirmó que, en 1.979, la madre de Michel Rockefeller contrató los servicios de un investigador privado que fuera a Nueva Guinea para aclarar la desaparición de su hijo.

Llegado a la zona y poblado en cuestión, al parecer, el investigador canjeó un motor para canoa por tres cráneos que el jefe de la tribu aseguraba que eran los únicos hombres blancos que habían matado. El detective entregó a la familia los cráneos adquiridos a los asmat con el convencimiento de que uno de ellos tenía que ser el de su propio hijo, lo que llevaría a realizar las pruebas pertinentes, pero la familia no dio información alguna al respecto. El Museo Metropolitano de Arte, de Nueva York exhibe una colección de armas y utensilios de los asmat, así como multitud de fotografías de éste y otros pueblos de la región de Nueva Guinéa recogidos por Michel Rockefeller.

La zona de Irian Jaya es un verdadero infierno húmedo donde, al atardecer, los mosquitos se lanzan ávidos de sangre sobre sus presas. Las últimas décadas la zona ha sido visitada por turistas aventureros que, ajenos al peligro real que tiene la zona, fotografían con avidez a los primitivos Danis. Pueblos de raza no demasiado agraciada físicamente y totalmente desnudos, que muestran orgullosos la koteca, una calabaza que protege su pene.

El calor infernal y la ausencia de pistas que permitan el aterrizaje, protege la zona de curiosos turistas pero no impide la llegada de aventureros que lo hagan en minúsculas canoas a través de las aguas pantanosas o escalando montañas y lanzándose posteriormente con parapente. El destino es peligroso y, ante su inesperada llegada, nadie sabe con certeza cual será la reacción de las diferentes tribus que pueblan el territorio.
Los ríos son anchos y perfectamente navegables y en sus orillas se divisa de vez en cuando algún pequeño poblado que nadie sabe como te puede acoger. La noche no atenúa el calor pero parece más llevadera. Durante el día la exhuberante vegetación protege las orillas del duro sol, pero el peligro está mucho más próximo y hay que prestar más atención al recorrido.

Sin embargo, la mayoría de estas tribus ya empiezan a acostumbrarse a las visitas de los "hombres blancos", normalmente portadores de regalos y por eso casi siempre bien recibidos. Los guias que acompañan al visitante conocen perfectamente quienes son las tribus menos problemáticas; las que se prestan a recibir al forastero a cambio de unos regalos, contándoles parte de su vida y epopeyas, que van quedando en el recuerdo ante las continuas visitas de los misioneros que pueblan poco a poco la región, intentando civilizarles.

De todas formas, toda precaución es poca y la visita de la zona tiene que ser siempre acompañada por guías conocedores de las diferentes tribus y del momento que atraviese cada una de ellas en esa fecha concreta. Llegados al poblado en cuestión, el jefe y encargado de responder las preguntas del visitante, un pequeño aborigen al que los demás atienden y obedecen, dice que los misioneros ya le han explicado que lo de matar a sus semejantes no está bien y mucho menos comérselos después.

El jefe comenta que en el último asalto a un poblado enemigo, él ya no quería participar pero... algunas veces el ataque es obligado. En su última incursión, unos meses atrás, cogieron a un enemigo vivo y le dieron muerte; después lo trocearon, lo cocinaron y se lo comieron en medio de una gran fiesta.
- Los sesos y las entrañas son lo mejor -dice él recordando la hazaña con cierta nostalgia. Lo cuenta con naturalidad puesto que es lo que han hecho siempre. Un escalofrío recorre el cuerpo de quienes le escuchan, preguntándose qué cojones hacen allí...

EL ÚLTIMO CONDILL

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