11 de marzo de 2011

0294- CARNAVAL EN LOS PUEBLOS DE LA II REPUBLICA.

Me es obligado poner un cartel del carnaval de Cádiz como portada, puesto que los pequeños pueblos no tenían ni para carteles. En cuanto a las fotos...
Al menos en la provincia de Castellón, pueblos todos minifundistas, de bajísima producción y rentabilidad, los medios eran escasos pero no impedían las ganas de divertirse, de reírse de todo y de todos.
- ¡Al menos tenemos libertad!. -decían las gentes de izquierdas. Los de derechas no lo tenían tan claro. La quema de iglesias y el uso y abuso de la libertad de aquellos que antiguamente bailaban al son que ellos tocaban, era extraño para ellos, casi una afrenta. Un uso de esa libertad era el Carnaval pocos años antes prohibido, y que prontamente volvería a serlo. Pero, claro, eso era el futuro y lógicamente no podían saberlo: sin embargo algo en su interior les decía que tanta libertad no era normal y justamente por eso no podía durar demasiado. La libertad es posible ¡sí! pero solo cuando el pueblo está preparado para ejercerla y aquel pueblo todavía no lo estaba. Demasiada represión hasta entonces, demasiados odios y rencores, demasiados abusos de la iglesia y de los gobernantes. Nada en concreto y todo a la vez. Las autoridades municipales hacían un Bando y se pegaban unos carteles por los bares anunciando el evento. ¡Todos al carnaval!

Al menos por un día, todos pueden hacer las tonterías que les apetezca, pero al rústico le cuesta ponerse el disfraz. Vivir el carnaval no era fácil, pues se venía de tiempos de gran represión. Aunque se respiraba libertad, las situaciones agónicas de antaño estaban demasiado recientes y no era fácil olvidarlas, ni aún siendo carnaval. Sin embargo algunos se sobreponían a todo ello y era frecuente ver algún cartel satírico o escuchar cancioncillas burlándose de determinada situación o personaje en particular.
Seguiremos votando a Vicente,
porque es un hombre muy formal
y porque nos paga los votos
con buenos puros de a real.
Sin embargo el Bando municipal lo había dejado claro: "Nada de abusos ni extralimitaciones".
Sin tiendas que vendieran disfraces, ni dinero para pagarlos, solo hacía falta imaginación y ganas de divertirse. Siempre oí contar en casa que, en uno de aquellos Carnavales de la II República en el que había concurso de disfraces, lo ganó una tía mía con un vestido confeccionado exclusivamente con pleita de palmito (aquí llamado margalló). No es difícil imaginar lo duro e incómodo de un traje de tal material, que solo se empleaba en la confección de capazos y albardas para las caballerías del campo. El sacrificio valía la pena, lo importante no era participar, si no ganar y reírse de todo, con todos.

Cualquier ropa vieja, estrafalaria, apolillada y con decenas de parches y remiendos era válida para reírse de uno mismo y para hacer reír al personal. Gracias a la magia del carnaval, en unos instantes uno era general o soldado, obispo o cura, magnate o pordiosero, hombre o mujer... Y para colmo de posibilidades, podía reírse del alcalde del pueblo, del cura, de la Guardia Civil y hasta del Presidente del gobierno. En carnaval, todo era posible y gracioso. Como en el puchero, cuanto más le metes mejor sabe y más sacas después.
Desfiles, baile, desenfreno y todo al módico precio de cero pesetas. Cada cual buscaba en el más arrinconado de los cajones del desván y algo siempre encontraba.
Unos años antes, con Primo de Rivera, las cosas no eran así... Queda prohibido el uso de máscaras por la calle, ni entrar en el baile con espuelas, bastón o cualquier tipo de arma, aunque lo requiera el disfraz. Quemar carretillas, tirar petardos o mistos fulminantes, garbanzos de pega y arrojar agua a las personas; darle a otro con guantes impregnados de yeso, carbón, cal o harina o cualquier otra sustancia que pueda perjudicar.

Lo normal era acudir al baile en grupo, lo que obligaba a una cierta homogeneidad que no siempre se conseguía pero, cuando no se tenía lo necesario, la imaginación se ponía en plena actividad creativa y se improvisaba sobre la marcha. Los que tenían menos posibles o poca imaginación, se vestían de pobres. ¿Era necesario?
Chaquetas raídas, mugrientas gorras que la polilla no había respetado, podían encontrarse en aquellos desvanes que, a pesar de la pobreza, estaban repletos de anticuallas. Nada se tiraba a la basura porque, en los pequeños pueblos, no había contenedores ni vehículos que los vaciasen. Los desperdicios de la comida se tiraban al corral, donde los animales comían lo comestible y donde el resto se pudría bajo sus patas. El estiércol era valioso, en unos tiempos en que los abonos brillaban por su ausencia.

Los utensilios más voluminosos, en desuso por haber quedado rotos o inservibles, tampoco se tiraban y quedaban almacenados a modo de desguace, como recuerdo de mejores tiempos pasados o para utilizarlos como piezas de repuesto. Cuando te hacía falta una madera, un alambre o un cordel, el primer sitio donde buscar era el desván. Un pozo sin fondo en el que cualquier cosa era factible de ser encontrada. Allí era pues donde se encontraba aquel armario artesanal, cobijo de ropa inservible, o aquel arcón donde, como cajón de sastre, todo tenía cabida.
Y con todos aquellos hallazgos, solo faltaba elegir, modificar y el disfraz estaba conseguido. No hacía falta gran cosa para llevar a una fiesta donde probablemente te lo arruinarían al primer cuarto de hora. De todas formas, las opciones eran pocas, nadie tenía nada, pero nadie quedaba sin disfraz y cuando nada de nada se encontraba...
Quedaba el citado disfraz de pobre, ¡que era ir tal cual!.

CONDILL

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