11 de enero de 2011

0238- DIAS DE "MILI" EN ZARAGOZA.

Quinto del 70, me correspondió hacer el Campamento de Instrucción de Reclutas (CIR) en Bétera y el Servicio Militar posterior en el Cuartel de Infantería Tetuan-14 de Castellón, hoy ubicación de la Policía Local de la ciudad.
La vida en dicho cuartel castellonense fue plácida y sugestiva. Poco dado a los deportes me presenté voluntario a recoger cada día, con mi SEAT-600, al sub-teniente de la Compañía en su casa y ello me libró de la gimnasia matinal, proporcionándome destino en la Oficinas. Posteriormente, cuando otros con más enchufe ocuparon mi lugar, volví a la sección de morteros del 81 que era lo que en principio me había correspondido.
Siendo "pernocta" a la una del mediodía salíamos y hasta la mañana siguiente quedábamos libres. Hasta ahí todo perfecto, pero en "la mili" siempre hay altibajos y uno de los más duros fue que nuestro Batallón debía participar en las maniobras de fuego real a desarrollar en el Campo de San Gregorio, en Zaragoza.

El impresionante despliegue militar, se desarrolló en plena canícula y participaron todos los medios terrestres y aéreos.
Citados en la Estación de RENFE de Castellón un tren especial completo nos llevó a Zaragoza y desde allí, mediante camiones del ejército de tierra, fuimos trasladados al lugar donde teníamos ubicado el campamento. No menos de treinta enormes tiendas de campaña, con capacidad para unos 10 soldados cada una, nos fue destinada y en un lado de la explanada una cocina de campaña se supone que debía alimentarnos. Digo lo de que se supone, porque el olor de la comida era tan nauseabundo que nadie se acercaba a recogerla. Tanto es así que todos preferíamos comprar los bocadillos de tortilla que nos hacían unas gitanas en mugrientas sartenes, nunca lavadas. Con más de 50º, el calor se hacía insoportable dentro de la tienda y cuando no teníamos servicio deambulábamos por el campamento, buscando la sombra de alguno de los escasos árboles. Una masía cercana al campamento tenía servicio de bar y allí íbamos también a apagar la sed mediante un porrón de cerveza mezclada con gaseosa. Apagada la sed, bajábamos a las cercanas acequias del Ebro que se consolidan con la plantación de matas de regaliz; claro que eso duró poco puesto que enseguida nos llamaron la atención.

Con las tardes libres, algunos más avezados pronto descubrieron la posibilidad de transladarse a Zaragoza con autobuses de servicio regular a la zona y tras la comida y siesta pertinente nos desplazábamos a la capital, apenas distante unos 4 Km., dejándonos el bus en la misma Plaza del Pilar. Multitud de bares ya tenían entonces implantado lo de la tapa gratis con la cerveza y nosotros, que por aquí no lo teníamos visto alucinábamos pidiendo una tras otra. Excursiones por las cercanías hubo para todos los gustos y no solo nos limitamos a visitar a la Pilarica y antigua catedral de La Seo, si no también todas las cervecerías de la zona y hasta incluso el propio local de variedades Sala Oasis que, casi a modo de cabaret, hizo las delicias del respetable. La juventud de la clientela y el descoque de las super-vedettes, daba pie a numerosas situaciones desternillantes que aún recordamos todos aquellos que las hemos vivido. Claro que en los diez días que estuvimos en Zaragoza solo fuimos un par de veces, puesto que el dinero escaseaba, pero valió la pena.

A mediados de semana se llevaron a cabo las maniobras propiamente dichas. La Infantería surcando a pie las estribaciones de Los Monegros y la artillería tirando con fuego real sobre nuestra cabezas, con grandes silbidos de los proyectiles. De vez en cuando la aviación hacía acto de presencia y soltaba bombas y misiles a escasos kilómetros de nuestra posición. El calor no se puede describir. Cargados con todos los pertrechos y armamento correspondiente, aquello era insufrible. Al atardecer acampamos por aquellas tierras desérticas y se montó el oportuno servicio de guardia, del que pocos escaparon. Como una forma más de entrenamiento, los oficiales rondaban la zona en la más absoluta oscuridad y debía dárseles el alto correspondiente. Afortunadamente las armas no estaban cargadas entonces puesto que, con los nervios, igual hubiera podido haber alguna baja. Sin cocina de campaña el alimento para ese día y medio se nos dio enlatado y más de cuatro después no podían ir al servicio. La tarde del segundo día volvimos al campamento y la primera cita fue con el porrón de cerveza y gaseosa de la cercana masía-bar. Al siguiente día se desmontó el campamento y regresamos a Castellón.

Unos años después y ante los muchos comentarios hechos por mí, sobre el calor sufrido esos días, en un viaje a Zaragoza mi mujer quiso visitar el lugar. Allá fuimos con nuestro coche y también con mucho calor, después de enseñarle el lugar donde se ubicó nuestro campamento, la llevé a la mencionada masía que todavía prestaba sus servicios. Teniendo en cuenta nuestra forma de llamar "llimonà" a la gaseosa le pedí al propietario un porrón de "cerveza con limonada". Él me miró extrañado y me preguntó si estaba seguro que eso era lo que quería. Le dije que sí y a los pocos minutos nos sirvió el porrón que nos aprestamos a levantar de forma tan rápida como después lo bajamos. Lo servido era cerveza con Fanta de limón y no con gaseosa que era lo que yo esperaba. El tabernero se excusó diciéndome que le había extrañado sobremanera el pedido, que no era habitual, pero ante mi insistencia...
A la hora de marcharnos y aunque él solo quería cobrarnos uno, le aboné los dos porrones de cerveza y marchamos hacía Zaragoza, donde pernoctamos. Antes, después de cenar prontito, llevé a mi mujer al Cine Palafox. El Oasis estaba cerrado, o no estaba, vaya Ud. a saber... ¡la cuestión es que allí, no la llevé...!

EL ÚLTIMO CONDILL


No hay comentarios:

Publicar un comentario