28 de diciembre de 2010

0227- EL PIRINEO ARAGONÉS.

Una vez más voy a hablar de viajes. Tanto a mi mujer como a mí mismo, nos encanta viajar y sobre todo hacerlo en libertad; nada de viajes de Agencia, que también hemos hecho, pero que no acaban de gustarnos pues nos da la sensación de ser rebaño de corderos tras el despistado pastor.
Visitados media docena de países, prácticamente conocidas todas las capitales de provincia españolas, visitados todos los pueblos de la provincia de Castellón y recorridos todos los caminos y lugares del término municipal de Cabanes...
- ¡Nos faltan los pirineos! -dijo mi mujer.
- Sí, pero... ¡tenemos que hacerlo bien! -le respondí pensativo.
Ya con los planos a la vista, añadí:
- Vamos a hacerlo en cuatro etapas... Primero haremos el Pirineo Aragonés, después el Catalano-occidental (Vall d'Arán, Alta Ribagorça y Pallars Sobirà), posteriormente el Pirineo Navarro y, para finalizar el Catalano-oriental (Ripollés, Garrotxa i Alt Ampurdà). El resto lo tenemos visitado en múltiples viajes a Francia y Andorra. En esta cuarta etapa nuestro interés ya no estará en las cumbres pirenaicas, pero sí en la extensa riqueza del románico que encierran las iglesias y ermitas de estas comarcas.

Una fechas atrás ya relaté en este Blog nuestro viaje al Valle de Arán, etc., por lo que hoy toca el turno al realizado al Pirinéo Aragonés, para nosotros el que mejores recuerdos nos trae. ¿Será porque fue el primero?. No lo sé. Lo cierto es que lo pasamos de maravilla y maravillados quedamos ante todas y cada una de las visitas realizadas y de los paisajes contemplados. Bien organizado, pocas cosas quedaron en el tintero.
Salimos de Cabanes de buena mañana, pero sin madrugar. ¿Acaso no estamos de fiesta? Subiendo por la A-23 y aunque un poco tarde almorzamos (brasa) en Barracas. Después, por Zaragoza, tranquilamente hacia Huesca; primera etapa del viaje. Instalación en el Hotel Pedro I de Aragón****. Visita de la ciudad en la que destacamos la Iglesia de San Pedro el Viejo (XII) con claustro y Panteón Real de los reyes de Aragón (Alfonso I "el Batallador" y Ramiro II "el Monje") y que exteriormente no permite ver la gran riqueza de su interior. La Catedral... es una extraña mezcla de estilos que no nos gustó. Construida sobre templo romano y posterior mezquita árabe, fue iniciada en el XIII, finalizó en el XVI y por si todo lo dicho no fuera suficiente, en el XVII aún se sustituyeron retablos, capillas y sepulcros medievales por otros de estilo gótico y barroco. ¿Alguien da más?. Una locura, en la que el visitante no sabe hacia donde mirar y a qué atenerse.

El verdadero viaje se iniciaba a la mañana siguiente. Por la A-32 fueron apareciendo todos los destinos elegidos: el Castillo de Loarre, Riglos, Valle de Ansó, Valle de Echo y por la N-330, que baja de Candanchú, directos a la capital de la Jacetania. Pero, puntualicemos...
La primera parada fue en el Castillo de Loarre; construido en el siglo XI por el rey aragonés Sancho III, es la Fortaleza románica más importante de Europa. Como anécdota, decir que ha sido usado en numerosas grabaciones televisivas e incluso para el rodaje de alguna película.

La siguiente parada Riglos, con sus impresionantes mallos, formaciones geológicas del Mioceno, que en número de 18 y cada una con su propio nombre, son el paraíso de escaladores y amantes de la naturaleza. Seguimos hacia Puente la Reina, cruce con la N-240 que va de Jaca a Pamplona girando hacia Berdún para subir por el Valle de Ansó. .Antes de llegar a esta población, que da nombre al valle, nos desviamos hacia el Valle de Echo, sin olvidar la visita al Monasterio románico de Siresa

Sobre basamentos visigodos, la primera documentación es del siglo IX aunque lo que hoy podemos admirar, es la reforma de la antigua abadía carolingia y fue construido en el siglo XI. En aquella época era sede episcopal y lugar donde se educó el rey Alfonso I el Batallador.Después de la visita tomamos la carretera local HU-212 que, pasando por Jasa y Aísa, nos permite visitar la Ermita románica de San Adrián de Sasabe.



Según el Padre Ramón de Huesca, la Ermita de Sasabe fue un cenobio visigótico en el que en el siglo X se refugiaron los obispos de Huesca en su huida de los árabes, llevándose con ellos el Santo Grial, lo que explica su trascendencia histórica. 


Fue sede de los obispos de Huesca hasta 1.077, cuando se creó la nueva sede en Jaca. Totalmente contrarios a la perdurabilidad que siempre se buscó para la ubicación de estas construcciones, Sasabe está situada en la intersección de dos arroyos que acabaron enterrándola casi por completo. Fue en el año 1.962 cuando, a petición de los vecinos, obreros de ICONA decidieron desenterrarla, viendo sorprendidos el perfecto estado de conservación. El lecho del río está situado un metro más alto que el piso de la ermita por lo que, a pesar de los trabajos realizados, el agua fluye constantemente al interior.

Un sillar cercano a su portada sur, nos recuerda que aquí fueron enterrados tres obispos de Aragón. Su acceso actual tampoco es fácil puesto que, situada a la otra parte del arroyo que fluye constantemente, es menester pasar sobre piedras situadas a tal fin.
Ya cansados, tras esta visita salimos a la N-330 que, por Samport y Candanchú, baja de Francia hasta Jaca. Allí nos esperaba una cena suculenta y un merecido descanso en el Gran Hotel de Jaca***.

El siguiente día fue espectacularmente fructífero también. Tras desayunar en el propio hotel, salimos por la N-240 en dirección Pamplona para 5 Km. después desviarnos a la izquierda. Allí está el pueblecito de Stª Cruz de la Serós e inmediatamente el Monasterio de San Juan de la Peña. Fue el más importante de Aragón durante la Edad Media y aunque ya había algún pequeño cenobio anterior, su construcción la inicia Sancho el Mayor en 1.026 siendo el rey Sancho Ramírez, en 1.071, quien lo cede a los monjes cluniacenses y favorece la reforma y la construcción del claustro, ya dentro del siglo XII.

En el piso superior, en lo que fuera antigua sacristía de la Iglesia Alta, se encuentra el Panteón Real, en el que fueron enterrados varios monarcas de Aragón y Navarra durante cinco siglos. Las tumbas, en tres órdenes superpuestos, presentan a la vista los pies del féretro. Fue reformado por Carlos III en 1.770 siguiendo las indicaciones del Conde de Aranda, que pidió ser enterrado en el atrio. La reforma, de tipo estético, solo consistió en el levantamiento de una pared delante de las tumbas, en la que se colocaron láminas de bronce con las inscripciones correspondientes al orden en que estaban situados los sepulcros.

De acuerdo con la leyenda española, la primera ubicación constatada del Santo Grial fue hacia el año 715 en una caverna del poblado de Yebra de Basa donde, ante los peligros de la invasión islámica, lo escondió el obispo Acisclo de Huesca hacia el año 715. No sabemos nada hasta dos siglos después, cuando los obispos de Huesca (s.X) se refugiaron en la ermita de San Adrián de Sásabe, llevándolo consigo.


Según la creencia popular, el último refugio del cáliz fue un hueco del ábside de San Pedro de Siresa, donde los obispos lo tenían escondido y desde el que lo trasladaron a San Adrián de Sásabe. Desde allí a San Pedro de la Sede Real de Bailo en 1.071 y después a la Catedral de Jaca, desde la que pasaría al Monasterio de San Juan de la Peña. Posteriormente fue el rey Martín I el Humano quien, en 1.399, se lo llevó al Palacio de la Aljafería, en Zaragoza donde estuvo durante más de veinte años, excepto un corto viaje que el rey hizo a Barcelona, llevándolo consigo. Posteriormente y ya de forma definitiva, se trasladó a la Catedral de Valencia.

Realizada la visita a San Juan de la Peña seguimos viaje por la misma carretera local hacia Jaca, por el Puerto de Oroel. Desde allí Sabiñánigo y Biescas, donde nos desviamos por la N-260 hacia Toria para visitar el Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido. Sin embargo el tiempo no acompañó y a partir de Toria empezó a llover. Eso no nos amilanó y seguimos subiendo, disfrutando de los espléndidos paisajes, muchas veces cruzados por numerosas torrenteras que caían incluso sobre la misma carretera. De pronto una inmensa replaza nos indicó el final del asfalto. Aparcamientos, Servicios y Oficina de información al visitante es lo único que la misma contiene. Desde ese punto son varios los senderos que en todas direcciones te llevan a conocer el impresionante paraje natural, pero todos ellos cerrados a vehículo alguno. La lluvia seguía y se imponía volver sobre nuestros pasos y seguir hasta Aínsa.

Aínsa en una interesante ciudad, con dos núcleos bien diferenciados. La antigua villa medieval, situada en un promontorio y la única que merecía nuestro interés y la nueva Aínsa creada en la parte baja, en la confluencia de los ríos Cinca y Ara, donde vive el 90% de la población. La villa medieval de Aínsa queda para los artistas y bohemios que allí se han instalado y para los turistas. Toda la visita es de gran interés, destacando la Torre pentagonal del Tenente, la Plaza Mayor porticada y la Iglesia de Santa María (s.XI) que inicia su construcción en el s.XI y se consagra en 1.181.

Su torre, con saeteras para la defensa, tiene unas dimensiones únicas dentro del románico aragonés, por la sencilla razón de que tenía uso militar. Desde el primer tramo de la nave se accede al subterráneo y a la cripta situada bajo el presbiterio tomando gran similitud con la Catedral de Roda de Isábena, pero eso sería al día siguiente.
La villa medieval tiene solo dos calles, la Mayor y la de Arriba, que confluyen en la Plaza Mayor, toda ella porticada. Un conjunto especialmente interesante que hay que visitar. Visitada la villa descendimos a la nueva Aínsa, pernoctando en el Hotel DOS RIOS**. Capital del Sobrarbe y dentro de la comarca del Somontano adquirimos unas cajas de tan estupendo vino y continuamos hacia el siguiente destino: BARBASTRO.

Tampoco el siguiente día tuvo desperdicio y no todo estaba programado. Lo nuestro es alterar las rutas establecidas y, en este caso, lo hicimos despreciando la A-138 y siguiendo la Comarcal 260 hasta Campo y después la Local 1605, llegar a Roda de Isábena. Con menos de cincuenta habitantes es el pueblo más pequeño de España que cuenta con un templo cardenalicio.

El obispo Sisebuto la consagró en el año 819, pero fue en el 956 cuando fue segregada de la diócesis de Urgel y convertida en sede episcopal con obispo propio. Su primer obispo fue Odisendo, que la consagró a San Vicente mártir en 957. Destruida por el hijo de Almanzor en el 1006 fue recuperada por los cristianos, consagrándola de nuevo en el 1030 a San Vicente y a San Valero. El altar mayor está situado en alto, sobre la nave central y bajo el mísmo una triple cripta de características similares a la de Aínsa, en la que se encuentra el sarcófago de San Ramón, obispo de Roda. (1104-1126)

Tiene también un interesante claustro, en cuyo centro se encuentra el único pozo o algibe de la población. Ejerció como catedral hasta el año 1149 cuando pasó su jurisdicción a Lérida, habiendo sido ocupada nada menos que por 13 obispos (hasta 1100), más otros 6 que lo fueron de Roda y Barbastro (1100-1149). Destruido el mobiliario y casi toda su ornamentación en la Guera Civil de 1936, una de las piezas más cotizadas que le quedan es la silla de San Ramón (s.IX); junto a ella las sandalias, un guante y la mitra que fueron sacadas del sarcófago del santo.

Quedaban dos visitas más. Una excelente y otra no tanto, pero así son los viajes. Tras la visita a Roda seguimos viaje hacia Graus. Capital nacional de la trufa negra, comimos en el Hotel Lleida, uno de los participantes en las jornadas gastronómicas, evento que ocurre cada sábado desde mediados de Diciembre hasta mediados de Marzo. A continuación la primera de las visitas:
Santuario de Torreciudad, construcción promovida por el Opus Dei, en moderno y feísimo ladrillo. Había que huir con rapidez y lo hicimos por la A2210 en busca de Alquézar.

ALQUEZAR era harina de otro costal. Significa fortaleza y debe su nombre al castillo (Al-Qasr) construído en el siglo IX por Jalaf ibn Rasid. El encanto principal son sus casas y calles medievales, todas ellas de piedra y peatonales; la Colegiata de Santa María la Mayor, consagrada en el siglo XI y el Castillo.
Desde el casco urbano, una escalera construída en la misma piedra, baja hasta las profundidades del rio Vero, atravesando el monte que sustenta la villa por una cavidad horadada por el propio río. Llaman a este recorrido las Pasarelas del Vero y merece la pena llevarlo a cabo por la belleza del barranco y la visita a sus covachos y muy especialmente la Cueva de Picamartillo.
Ya sin más preámbulos nos fuimos hacia Barbastro. El lugar previsto era el GRAN HOTEL CIUDAD DE BARBASTRO****. La cena, en el propio hotel, fue magnífica y tras un breve paseo por la calle peatonal de las inmediaciones, donde adquirimos algunos regalos para la familia, se impuso el descanso. Al día siguiente no madrugamos, no era necesario, por lo que tras un interesante desayuno bufé pagamos la cuenta y salimos a la carretera. Alrededor de 300 Km. nos separaban todavía de nuestra casa... Monzón, Lérida, Mora de Ebro, Tortosa, Amposta. Como es preceptivo, ya junto al mar paramos a comer los ansiados manjares mediterráneos. Después cogimos la autopista que nos llevaría rápidamente a Cabanes.

EL ÚLTIMO CONDILL

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