10 de abril de 2010

0057- LA BODEGA DE CABANES.

Estamos a finales de la década de los 50.
La gente, cansada por el duro trabajo agrícola y su escasa rentabilidad, está desquiciada. El campo les da para comer sí, pero nada más. Agricultura de supervivencia.
El tiempo tampoco ayuda, unos años llueve poco y otros demasiado o fuera de tiempo. Todo parece estar en contra del sufrido agricultor.
Es cierto que los tiempos más duros de la posguerra ya han pasado, pero la luz no acaba de verse en la lejanía. La gente lucha con tesón por cambiar ese círculo vicioso, pero ningún éxito acompaña al duro trabajo. Caro lo que has de comprar y barato lo que has de vender, aún así hay que dar gracias a Dios por la salud, si la tienes, y por poder alimentar a la familia. No importa lo que se meta en la olla, se trata de alimento y éste nos da la vida.
De lo primero que uno se aseguraba al levantarse, era que la navaja estuviera en el bolsillo del pantalón. Sin navaja no eras nadie. Era uno de los pocos artículos que muchos compraban al llegar la Feria de San Andrés.

Lavarse la cara en la palangana instalada en aquella silla a la que se le había roto el asiento el año anterior y pasarse por el cabello el viejo peine al que le faltaban la mitad de las púas. Sobre el respaldo de la vieja silla un harapo que anteriormente había sido una camiseta, hacia las veces de toalla. En la pared un pequeño espejo de 10x20 cm. colgaba de un clavo y aseguraba que la operación realizada había sido satisfactoria.
A pesar de la miseria reinante, cosas de la vida o costumbre local, muy pocos hombres se afeitaban en casa. Pocos tenían dinero para comprarse una buena navaja de barbero. Las cuchillas desechables ya existían pero eran caras y cortaban poco. El afeitado en la barbería, una vez por semana y punto. El barbero se quejaba del enorme esfuerzo que representaba afeitar barbas de ocho días y de la escasa rentabilidad del negocio.
- Per anar ben afeitats s'ha de vindre dos vegades per setmana -decía el barbero, pero la gente ni caso. El gasto semanal de una afeitada y el mensual de "fer-se el collet" era lo máximo que la gente realizaba. El aseo personal dejaba bastante que desear. El cabello, algunos al cero; a otros la mujer les daba cuatro cortes con la tijera de vez en cuando y solo ante la proximidad de las Fiestas Patronales se hacía todo en la barbería.

Aparejar el mulo, poner arado y resto de herramientas sobre el carro, asegurarse que el pequeño cántaro "de petxurrull" estaba en su sitio y lleno de agua. Trabajos elementales para el sufrido labrador que se esforzaba en cumplir diariamente la rudimentaria labor de preparar los campos para una cosecha de la que alimentarse él y toda su familia.
Mientras tanto la mujer le preparaba "el saquet de la berena", media hogaza de pan, un trozo de tocino, un tomate y la bota de vino.
- La navaixeta per tallar la cansalada la portes? -pregunta la mujer.
- Si i l'aigua també -responde el marido.
- I el tabac i el llibret de paper? -pregunta la mujer con ritintín.
- Pues clar dona, clar! -responde el marido entendiendo la burla.
Pasimoniosamente, engancha al mulo en el carro, pasa toda la serie de correas y cadenas y despidiéndose de la parienta toma el camino hacia la partida donde tiene la viña.

Los trabajos de preparación del terreno son cada año lo mismo, como lo es la poda de la viña, su desbrote (despollà) y arado de los campos y recolección de la cosecha. También era lo mismo ver que año tras año, aparte los naturales altibajos del tiempo y su problemática, los precios del género obtenido no permitían ahorrar más allá de cuatro pesetas mal contadas.
Varios comisionistas, según el tipo de mercancía de que se tratase, habrían sus puestos para recibir la mercancía que el sufrido labrador había obtenido.
En la época de la siega, allí donde se emplazaba la "máquina de batre" nunca faltaban compradores, tanto para el grano como para la paja. En la de la vendimia varios comisionistas locales compraban la uva para terceras personas, propietarias de bodegas, que elaboraban el vino.

Falomir, en el solar que hay junto a la central telefónica,
Els Juliets, en la carretera de Zaragoza, ahora de Jorge "el Teulé",
Pastor, en su bodega junto a la carretera de l'Arc,
Bodegas Vidal, junto al Cuartel de la Guardia Civil, etc., etc.
Lo mismo era para las almendras y para los guisantes.
ELs Juliets,
Els Sanantonis,
Bartolet,
El Roig de la carretera,
Els Gafes, etc. compraban cada año las cosechas al agricultor pero... ¿a qué precio?
Naturalmente al precio más bajo que podían comprar y no hay que criticarles por ello. Era un negocio como otro cualquiera y como es lógico nadie compra a tres si puede comprar a dos. Su única competencia, eran ellos mismos. Todos querían adquirir la mayor parte de la cosecha y la única forma de conseguirlo era pagando igual o un poco más que los demás. Eso y no otra cosa era lo único que salvaba de la miseria más absoluta al sufrido labrador.
Pero eso, como todas las cosas de la vida, no dura siempre...

Abusos anteriores, en la distribución de abonos y en la molturación de las aceitunas, había forzado la creación de la Cooperativa de Cabanes, así como una oficina de Crédito con la que ayudar a sus socios, que tenía sus instalaciones en la calle de San José.
Sus dirigentes, cansados del abuso que existía en la compra de la uva, decidieron construir una Bodega que albergara las cosechas de los asociados, que elaborara el vino correspondiente y que lo comercializara directamente a los mayoristas interesados.
Convocada la Junta se aprobó la construcción de la Bodega que, naturalmente se llevó a cabo en varias fases. El coste era descomunal y a cargo de los socios, por lo que muchos tenían dudas de que la diferencia de precios fuera tan importante como para poder afrontar los gastos de su construcción y permitir beneficios directos para el socio. En principio se construyeron dos naves que albergaban la maquinaria, depósitos de fermentación y almacenamiento del vino, pero el éxito acompañó a aquellos socios iniciales y nuevas peticiones de entrada en la sociedad obligaron a la construcción de una tercera nave que permitiría aumentar la capacidad de elaboración y almacenamiento.

La amortización de la Bodega se llevaría a cabo descontando al socio un porcentaje por cada kilo de uva entrada en bodega. Sin embargo los agricultores, a pesar de descontárseles el importe acordado en Junta, cobraban la uva mucho más cara del precio que pagaban los comisionistas y siempre según graduación, por lo que quien mejor uva entraba, mejor precio cobraba.
La diferencia entre precio de comisionista y precio real de la cosecha, permitía el pago de la Bodega construída, los gastos generales y de personal y dejaba al agricultor una liquidación muy superior al precio de mercado.
Exceptuando un 10% de la población que no se asoció por cuestiones familiares o políticas, el resto eran todos socios de la Bodega Coop. de Cabanes, llegando a superarse los 7.000.000 de kilos en un solo año.

La plantación de la viña supuso una gran solución económica no solo para Cabanes, sino para todos los pueblos de la comarca. La gente humilde con poca tierra y de escasa calidad, podían sumarse al cultivo de la vid puesto que al tratarse de pies americanos sin injertar producían en cualquier tipo de tierra. Las familias humildes solían producir una media de quince mil kilos de uva, lo cual era una pequeña fortuna para ellos. Teniendo en cuenta que en aquellas fechas su precio estaba alrededor de las 5 ptas. por kilo, venían a liquidarse unas 75.000 Ptas. de media por familia. A partir de aquellas fechas se arreglaron casas y se compraron los primeros tractores de uso particular, entre otras cosas.

La época de la vendimia era grandiosa en Cabanes. Un verdadero caos, diría yo, que era el encargado de la Báscula; el que pesaba carros y animales sin fin, desde primeras horas del día y hasta las diez de la noche y algunas veces hasta más tarde. Éramos tres empleados allí; yo me ocupaba del pesaje, el Chato Ponso sacaba las muestras y graduación de la uva y Javier el de Chulla se ocupaba de las máquinas
estrujadoras y de bombeo hacia los depósitos de fermentación. Al final, con gran contrariedad y enfado de los socios, impusimos el paro de media hora para comer. Supongo que a muchos les resultara extraño lo que acabo de decir, pero así eran las cosas entonces. En principio no se paraba para comer. El primer año había menos socios y parar en mitad de la comida para pesar a un inoportuno socio no significaba gran sacrificio y se hacía sin problema alguno, pero cinco años después, cuando casi la totalidad de habitantes del pueblo eran socios y estaban vendimiando a un tiempo, colas interminables de carros llenaban el patio de la Bodega a todas horas. Reclamamos un horario de comida y nos concedieron 30 minutos, tiempo más que suficiente.

Un palo largo con un trapo rojo atado en la punta, que sacábamos por la ventanilla de la báscula, indicaba al personal que se cerraba el pesaje para comer. Al principio la gente refunfuñó un poco puesto que estaban acostumbrados al horario ininterrumpido, pero pronto comprendieron que el cierre era justo y relativamente corto.
El tiempo, mucho más lluvioso que ahora y algunas veces acompañado de pedrisco, no permitía descansar un solo minuto hasta que toda la cosecha estaba recogida. Niños y viejos se sumaban al grupo familiar y carros repletos de gente marchaban cada mañana hacia los campos. Antes del mediodía, algunos a media mañana, ya tenían el carro lleno y tomaban camino hacia la Bodega con el fin de hacer un nuevo viaje para la noche. Los pocos tractores que había costaban más de llenar y solo hacían un viaje al terminar la jornada.

A primera hora estábamos tranquilos; recogida del día anterior y limpieza del local, utensilios de graduación y tolvas donde se depositaba la uva, pero tras el almuerzo llegaban los primeros carros cargados hasta los topes.
- Daniel Boira Bellés, ¡SEÑORITO! -cantaba el socio al tiempo que, metía mulo y carro sobre la báscula...
- Avant, ¡ya está! -respondía yo antes de que el mulo parase la marcha.
- ¿Ya está? -preguntaba el socio extrañado. -si no he tengut tems ni per a parar-me!
Yo bajaba el cierre de la báscula y el socio comprobaba que "el fiel" no se movía.
- Ah pues sí, està be, perdona. -decía el socio extrañado ante la rapidez del pesaje y sacaba el carro de la báscula parando después para la recogida de muestras.
De inmediato, otro carro ocupaba su lugar...
- Vicente Valls Sorribes, ¡EDO! -cantaba el siguiente socio.
Y así durante los 30 días que duraba la vendimia, que solía abrirse hacia el día 10 de Septiembre y se cerraba para la fiesta del Pilar. Eran tiempos difíciles para todo y tampoco la luz se escapaba a aquellas miserias.
No había un solo día que no se fuera la luz, al menos unos minutos. Otros días eran horas y algunas veces muchas.
Yo, siguiendo las órdenes del bodeguero, que dicho de paso era mi futuro suegro, sacaba por la ventanilla de la báscula la bandera que habíamos confeccionado para señal de cierre en los treinta minutos de la comida.
De inmediato, unas veces nervioso y otras incluso enfurecido el socio, que había quedado en puertas para pesar, venía al habitáculo donde la báscula estaba instalada...
- Y ara per qué tanqueu?
- Se'n ha anat la llum i m'han dit que deixe de pesar, -respondía yo.
- Però, per un! -marchaba el socio hasta su carro refunfuñando.
Y el tiempo iba pasando y los carros se amontonaban en el patio esperando que volviera la luz y se abriera nuevamente el pesaje. Unas veces era media hora y otras eran tres.
Se hacía de noche y empezaba a llover. Los corrillos y las maldiciones se hacían inevitables. Javier y yo nos mirábamos preocupados porque de vez en cuando un grupo de ellos se acercaba a la báscula buscando noticias que nosotros no podíamos dar.
De pronto volvía la luz, se quitaba la bandera y se reiniciaba el pesaje y descarga de uva en las tolvas. El personal, cansado de un largo día de vendimia y de interminables horas perdidas por los cortes de luz estaban nerviosos y con razón, pero nada podíamos hacer.

Yo, como si solo dependiera de mí la solución del problema, al volver la luz pesaba sin tregua todos los vehículos que sobre la báscula se metían y un nuevo casos se producía en las tolvas que no daban abasto. Socios y animales, amontonados en la zona de descarga, me pedían que cerrara la báscula puesto que eran más los que entraban que los que salían. Hubo que imponer una nueva norma que impedía la entrada de un carro lleno hasta que no saliera uno de vacío.
Algunas veces, ya con noche cerrada, la luz no volvió y hubo que pedir a los socios que desengancharan sus mulos y se fueran a sus casas, emplazándoles para la mañana siguiente. Cientos de carros quedaron muchas noches amontonados en el patio de la bodega, esperando una luz que no llegaba y algunas veces con una tormenta sin fin, amaneciendo el nuevo día con los carros llenos a rebosar del agua caída durante la noche.
Desde aquí quiero hacerle, al Bodeguero José el de Perdiu (mi suegro) el pequeño homenaje de incluir en esta entrada al blog el ticket de la última garrafa de vino que despachó.
A las siete de la tarde del día 31 de Diciembre de 1.983, día de su jubilación, su hija Montse y yo fuimos con nuestras tres hijas (Montse, Ana y Elena) a la Bodega a pedirle que fuera la nuestra la última garrafa de vino que despachara en los 25 años de servicio ininterrumpido en el puesto de bodeguero de la Cooperativa Ntra. Sra. del Buensuceso.

Ni el presidente ni nadie de la Junta fue a despedirle, pero su hija mayor, sus nietas y yo mismo estábamos allí viendo como sus ojos estaban húmedos por la emoción. Para nada le sirvieron los cientos de horas extras trabajadas, sin pedir ninguna remuneración adicional. Así de ingrata es la vida y la sociedad en la que vivimos.
Como he dicho antes, tampoco esto duró cien años. Poco más de 25 años después el gobierno decretó la inconveniencia del cultivo de uva híbrida ordenando un arranque que, aunque subvencionado con 60 Ptas. por cepa, supuso no solo el cierre de la Bodega sino también el del bienestar de muchas familias.

Algunos, yo entre ellos, plantaron melocotoneros y frutales de todo tipo; otros olivos o almendros de floración tardía; todo parches que obligaron a muchos a abandonar el cultivo de la tierra y a buscar trabajo en la construcción, fábricas, etc.
Otros 25 años después, los políticos inventaron la GLOBALIZACION. Apertura de fronteras que solo beneficia a los paises poderosos y también a los emergentes que producen cualquier alimento o artículo a la décima parte del precio que en los paises adelantados nos es necesario simplemente para subsistir. El resultado, una crisis mundial jamás conocida anteriormente y que nadie se sabe como solucionar. Los campos están semi-abandonados y de todo punto improductivos por los bajos precios que se cotizan.

Las fábricas han dejado de ser competitivas y junto a los empresarios de la construcción están cerrando por falta de trabajo.
Nadie sabe en este momento cuando, ni como se podrá solucionar el problema.
Solo Dios sabe cual será el final de este caos en el que nos encontramos inmersos, pero mucho me temo que volvamos a tiempos pasados, cuando el pobre era más pobre y el rico más rico.
La pregunta es... ¿Aceptará la sociedad actual esa regresión?

EL ÚLTIMO CONDILL

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