15 de abril de 2010

0061- CABANES Y LAS FIESTAS DE SAN ANTONIO.

A lo largo de los años, las fiestas de San Antonio han variado bastante. Contrariamente a lo sucedido en Vilanova d'Alcolea que ha engrandecido la fiesta, en Cabanes ésta ha perdido buena parte de la importancia que antaño tenía. Es curioso que su mayor esplendor se haya producido en las épocas de mayor escasez. Esto demuestra que para la Fiesta no es el dinero lo más importante, sino las ganas de escapar de la rutina diaria y de colaborar.
Hasta bien avanzada la década de 1.960, en Cabanes las Fiestas de San Antonio eran cosa del Ayuntamiento. Solo se colaboraba a la hora de preparar la descomunal hoguera que frente a la iglesia reunía cuatro o cinco carros de "malea" que los vecinos aportaban.
Como no podía ser de otra manera había vaquillas puesto que, la permisividad en el pastoreo de los animales en la zona del Prat tenía como contraprestación la exhibición gratuita del ganado en las fiestas locales.

En San Antonio la exhibición era solo "per la vila" y solo dos o tres días, según cayera el día del Santo, pero los extras de fiesta tan peculiar suplían perfectamente la falta de toros "de plaça".
Como es todavía tradicional al atardecer de la víspera, entonces indefectiblemente en la plaza de la Iglesia, bendición de los animales y procesión por el recorrido de costumbre. Acto seguido el famoso "tropell", carrera de todos los mulos y burros participantes en la procesión anterior y algunos más que se añadían después; el premio un pollo para cada tipo de animales y una cesta repleta de "coquetes i prims". A continuación pasaban repetidamente el resto de animales participantes en la carrera, con el interés añadido de que no había orden ni medida para la recogida de pasteles, lo que se traducía en una guerra por acercar al mismo tiempo todos los animales a la tarima donde estaban las jóvenes que entregaban los pasteles (coqueres) y de recoger cada uno el máximo posible.

Los chasquidos de las varas sonaban en el aire y descargaban sobre los mulos que espantados se veían obligados a acercarse repetidamente a la tarima para que sus dueños cogieran la máxima cantidad posible de los dulces trofeos. ¡Todos no cabían y eran los animales más fuertes y los dueños más arriesgados quienes se llevaban la mayor parte de los premios! La cantidad de pasteles no era lo importante, el mérito estaba en conseguir superar a los demás. Esa era la fiesta.
Tras esa demostración de bestialidad venía la calma. El resto de vecinos participantes en la procesión anterior con sus animalitos pasaban en riguroso orden a recoger su premio (dos coquetes i un prim) y después de éstos si había sobras, que sin duda las había, pasaban el resto de vecinos a los que se premiaba por asistir al evento.
Naturalmente, después verbena por todo lo alto.

Esa era la víspera día 16, al día siguiente fiesta del Santo con misa, procesión y toda la chiquillería del pueblo preparada para participar en las diferentes pruebas previstas, que en esta ocasión se premiaban con una paloma al ganador.
Carrera de velocidad a pié, carrera de parejas con dos piernas atadas, carrera de sacos, cordada de ollas (perols) con premios diversos, etc. Durante un par de años en la calle de San Vicente se hicieron carreras de bicicletas y posteriormente de motos, con salida en la esquina de la calle Ramón y Cajal (Planiol) y meta en la plaza de la Iglesia con premio de un pollo al ganador y una paloma al segundo ¡que tardara más tiempo en llegar, sin tocar el pié en el suelo y sin poder retroceder un solo centímetro!

La prueba de mayor entidad era a las cuatro y media de la tarde y siempre en la calle del General Aranda, hoy carrer de la Fira. Media docena de pollos atados de las patas a un grueso y largo palo, eran el premio que aguardaba apoyado en una pared a los ganadores. Dos pollos para el primero y un pollo para el segundo en cada una de las categorías de "matxos y burros". La salida, que se daba con un tiro de escopeta para mayor emoción y fácil escucha de cuantos estaban apostados a lo largo del recorrido, estaba en la puerta de la Taberna de Micalet y la meta en la Ferrería de Pan, es decir, toda la calle de punta a punta.
Cada una de las pruebas reunía a casi una docena de animales, la flor y nata local, con una afluencia de público espectacular. Aficionados y gente que posteriormente tenía previsto ir al cine, se daban cita en esta prueba que levantaba verdaderas pasiones y alguna apuesta.

En la categoría de "matxos" los favoritos eran un mulo tordo de Pepe el de Venancio y otro negro como el azabache de Fernando el de Amador; indefectiblemente como farolillo rojo un feo mulo blanco de Ernesto el de Cona que siempre entraba el último.
En la categoría de burros se exhibían todas las razas y tamaños, en una carrera siempre simpática pero falta de interés puesto que siempre ganaba el mismo. El favorito indiscutible y ganador sin parangón era un pequeño burro de Soledad la Fandanga que llegaba a la meta cuando el resto apenas si habían cruzado la calle Teatro.
Los demás contendientes, cansados de participar inútilmente año tras año, dieron con el secreto y pidieron al comité organizador que la carrera fuera al revés... Salida en la Ferrería de Pan y meta en la Taberna de Micalet. ¡Ahí estaba la clave!

Dieron la salida y a los veinte metros, en la calle de San José, el burro de Soledad se fue calle arriba. Los dueños que ya esperaban la reacción cogieron al animal rápidamente y lo enfilaron nuevamente pero en la calle Teatro el burro se fue nuevamente, esta vez hacia abajo. Cuando los demás burros llegaron a la meta, al de Soledad aún no habían podido cogerlo. Ahí finalizaron las proezas deportivas de tan insigne animal...
¡Que solo corría (y de qué manera) cuando era en dirección a su casa!

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