29 de marzo de 2010

0050- CRUCIFIXION DE LA SEMANA SANTA.

Sonará raro que os diga que soy un nostálgico de todos los actos eclesiásticos y muy especialmente de aquellos que componen la Semana Santa. Extraño, se dirán algunos, que lo diga justamente alguien que nunca va a misa. A quien jamás se ha conocido como un católico practicante. La vida tiene sorpresas, pero la explicación no es tan difícil. Sencillamente no me gusta lo que allí veo.
Hay muchas formas de creer y para mí es más válida la sencilla, la que predica el amor a todo y a todos, la que dice que ...¡Dios está en todas partes...!
Sí amigos, los que verdaderamente creemos en Dios no necesitamos ir a la iglesia porque a Dios lo encontramos en cada rincón de nuestra casa y en cada uno de nuestros hijos y nietos; también en los amigos y vecinos que nos rodean, en cualquier florecilla del borde de un camino, en el nido que instala cualquier pajarillo en un árbol.

Sin embargo no quiere esto decir que reniegue de la Iglesia, de la Casa de Dios. Siempre recuerdo con nostalgia la misa de los domingos y todos los actos que allí se celebran; porque, lo parezca o no, desde mi más tierna infancia y contrariamente a lo que en mi casa se predicaba, yo vivía cada una de esas celebraciones en lo más profundo de mi ser. Pero de la misma manera que soy susceptible a las creencias que allí se propugnan, lo soy igualmente para analizar a las personas que las imparten.
Es difícil creer a quienes no predican con el ejemplo y no hay que ser un lince para llegar a la conclusión de que si quien predica no teme a Dios es porque todo cuanto dice es una comedia, de la que predicador es el primero en reírse.
No hace falta ser tonto para creer, ni listo para mandarlo todo a la mierda. Es simplemente una cuestión de lógica.

Todo esto, a quienes creemos, nos duele en lo más profundo. Nos duele porque queremos creer y no podemos, no nos dejan creer y hasta casi los odiamos por ello.
Yo soy de los que me hubiera gustado ir todos los domingos a misa, con mi mujer y mis hijas y ojalá también si después hubiera podido hacerlo con mis nietos. Pero...
¿Cómo creer si vemos lo que vemos? ¿Alguien me puede decir como comulgar con ruedas de molino?... ¡porque yo quiero comulgar, pero no sé como hacerlo!
No necesito probarlo, para saber que una rueda de molino no me cabe en la boca.

Ir a misa a estrenar vestidos...! No era eso lo que Jesucristo predicó y menos todavía criticar el que otros llevan. Recordemos que, según la Biblia, Jesús azotó personalmente a éstos y a los mercaderes en el templo de Jerusalén. Gente con lenguas viperinas que solo se mueven para desacreditar al vecino y no solo en la calle, sino dentro de la propia iglesia. ¿Donde está el amor a Dios, si no hay el más mínimo amor y respeto al prójimo?
Una cosa es que uno sea apático por naturaleza, ya que esa apatía o timidez la desgrana de forma igualitaria sea quien sea el interlocutor. Otra cosa es mostrarse eufórico ante quienes tenemos altamente considerados y totalmente apagado o ausente para los que consideramos inferiores; que dicho sea de paso, es más que probable que alguno de ellos nos dé cien patadas, ya no solo desde el punto de vista económico, sino en el intelectual y en todos los demás. ¿Quienes somos nosotros para juzgar al prójimo? ¡Hay de aquel que se cree el ombligo del mundo, el que todo lo juzga y condena!

Ignoro como interpretarán el verdadero fondo de este artículo aquellos que lean la entrada porque puede parecer contradictoria, pero no lo es.
No se trata de criticar, ¡allá cada cual! se trata de que estoy dolido en lo más profundo de mi ser porque quiero creer y no puedo. Los que hay allí y algunos de los que allí van, no me dejan creer ni en Dios ni en los hombres. Aquellos párrocos abnegados, sin afán de protagonismo, que no tienen ambición ni orgullo y cuya meta es vivir por el pueblo y para el pueblo, ya no existen o al menos escasean, tanto que se han vuelto invisibles; como también escasean los verdaderos feligreses, creyentes en mayúsculas que solo miran por el bien común y de cuya boca solo salen palabras amables para todos, en un acto de caridad sin límites.

Eso hace Iglesia pero, como apenas existe, lamentablemente ya no podemos ver a la iglesia como la casa de Dios, sino como la casa de los hombres y no siempre la de los mejores. Es más, puedo asegurar que somos muchísimos los que miramos hacia esa puerta, que debería ser sagrada, bajo ese prisma. ¡Y no nos consideramos infieles por ello! Muy al contrario, me consta que es mucha la gente que lamenta y mucho, no poder ir a la iglesia... ¡gente que quiere ir y creer y no le dejan!
¡Que no es confesar los pecados al cura, la fórmula para redimirlos! La fórmula es el arrepentimiento sincero, el propósito de enmienda y muy especialmente el amor a los demás.
No vale lo de querer a familiares y amigos, que desinteresadamente te ofrecen casa y comida sin esperar compensación. El amor tiene que ser en mayúsculas, es decir: ¡A TODOS! y especialmente a aquellos que más lo necesiten.

Amor a todos y caridad para los débiles. Es muy fácil amar lo que nos favorece, recibir con los brazos abiertos al emigrante que por cuatro euros nos recoge las ramas de la poda, nos pulveriza los campos con productos de todo punto perniciosos para la salud y limpia la mierda del culo de nuestros mayores, mientras nosotros estamos tomándonos unas cervezas en el bar.
Amémosles también cuando hayamos abandonado el cultivo de nuestros campos o cuando nuestros padres se hayan recuperado o hayan sido enterrados. Se trata de las mismas personas, con los mismos defectos y cualidades de antes... No se trata de que les des tu comida si no te sobra pero, al menos, míralos con la consideración que sin duda merecen.
No creo que sea muy cristiano despreciar a quien no necesitas. Quienes más piden ahora que los inmigrantes vuelvan a sus países, son justamente quienes más se han aprovechado de ellos. ¿Donde pues está la justicia y el amor a los demás? Eso, que desde mi punto de vista es un pecado, nadie se lo confiesa aunque estemos en Semana Santa. Entre otras cosas porque nadie o casi nadie va actualmente a confesarse pero, aunque así fuera, tampoco lo confesarían puesto que quienes así actúan no lo consideran un pecado, ni siquiera una falta. Te necesito, te cojo; no me haces falta, te desprecio... ¡y el amor! (o el agradecimiento) ¿Donde está?

Yo, que soy ferviente devoto (en la sombra) de nuestra Mare de Deu de les Santes y muy especialmente de la reflejada en la foto adjunta (no quiero decir su advocación para evitar equívocos innecesarios) digo con toda la Fe que soy capaz de expresar, que la Virgen no llora solamente por la pérdida de su Hijo, al que ama con locura por ser Dios y sangre de su sangre, sino por la de toda la humanidad. Perdidos como estamos por el desamor y el egoismo más exacerbado.
En cuanto a ese obsceno órgano del que Dios nos ha dotado, la lengua... ¡hay la lengua y el veneno que de ella sale...!
Antes de hablar mal de nadie, de los cuchicheos, las risitas entre dientes, las miradas de soslayo, cuando no el insulto directo... ¡asegurémonos de que hay motivo cierto para ello! No repitamos como insensible altavoz aquello que un desalmado hable al micrófono que "cuando el Diablo reza, engañar quiere" y cuando las pruebas queden probadas, que todavía quede de nuestra parte la caridad de dudarlo, de intentar comprenderlo y perdonarlo.
Ser altavoz del bien y no del mal haría un mundo mejor para todos.
¡Eso sería amor! pero... ¿Dónde está esa caridad?

EL ÚLTIMO CONDILL

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