24 de febrero de 2010

0044- C.D.CABANES - BENLLOCH C.F.

Está claro que todo el deporte en general y el fútbol en particular, ha movido y mueve a las masas desde mucho tiempo atrás. Pero si esto ocurre en ahora, en un momento avanzado en el que cualquier cosa está al alcance de la mano, imaginemos lo que sería 40/50 años antes, en un pequeño pueblo como el nuestro y en el que las distracciones eran mínimas y no coincidentes.
Sin televisión en las casas y habiendo pactado el presidente del club de fútbol con el empresario del Cine Benavente el horario de ambos espectáculos, el éxito de espectadores estaba garantizado en los dos eventos dominicales. Para que así fuera, la película no empezaba hasta 15/30 minutos después que terminara el partido, lo que daba tiempo a los aficionados al fútbol para ir a buscar a novias y mujeres llevándolas al cine para contento de todos.

Había algunas confrontaciones futbolísticas comarcales que destacaban en interés y espectacularidad, más por los enfrentamientos de la afición que por los que deportivamente llevaban a cabo los jugadores. Con diferencia la lid más importante era con el F.C. Benlloch, con el que el espectáculo estaba asegurado.
Ante la más mínima duda por cualquier jugada ocurrida en el campo, las dos o tres docenas de "Belloquins" que habían llegado a Cabanes con el autocar de los jugadores saltaban del banco que cercaba el perímetro del campo de juego insultando al árbrito y a toda su familia.
- Fill de puta, burro, cabró! -eran los más suaves adjetivos.
Los aficionados locales, si la jugada les era favorable, defendían al árbitro y su manera de pitar por lo que increpaban a los espectadores foráneos...
- Malcriats, masovers!. Del Barranquet per amunt havieu de ser! -decían los de aquí.

Los jugadores seguían y los ánimos se calmaban hasta la siguiente jugada dudosa, en la que se repetía todo lo relatado anteriormente.
Así se llegaba al descanso, en el que buena parte de los espectadores acudían a la cantina del club que a este efecto estaba instalada junto a los vestuarios de los jugadores.
Se calmaban los nervios fumando un cigarrillo en tertulia con los amigos y la sed con una gaseosa "Beltrán" de fabricación local.
La cantina era un pequeño cuartito adosado a los vestuarios, de unos tres metros cuadrados y con grandes ventanas con portón exterior de madera que el encargado levantaba en vertical y daba sombra a los clientes en verano o protección en caso de pequeña lluvia. La sombra no era de mucha necesidad puesto que delante mismo, a poco más de 3 m., había un albaricoquero de gran envergadura (al que nadie le había visto madurar sus frutos, puesto que la chiquillería local nos los comíamos a medio engordar) y que por consiguiente daba buena sombra a la concurrencia.
Los vestuarios eran una habitación mediana para cada equipo, en las esquinas de la pequeña construcción, y otra más pequeña en el centro que servía para el arbitro y como pequeño almacén.




Quince o veinte minutos después de pitado el descanso se efectuaba la salida de los jugadores al campo, bebiéndose un último sorbo de gaseosa y echándose el resto por cara y parte posterior del cuello. Lo recuerdo con nitidez, posiblemente por la escasez de la que tantas veces he hablado y que me hacía pensar que aquella gaseosa que con tanta alegría se tiraba al suelo gustosamente nos la hubiéramos bebido más de uno que, faltos de dinero, padecíamos la sed que otros ya habían conseguido apagar en la cantina.

Los socios y espectadores volvían a sus respectivos asientos al tiempo que se renaudaba el juego y caso de que unos minutos después el C.D. Cabanes marcara gol...
- Fòra de joc... fòra de joc! -increpaban els Belloquins.
- Àrbitre, cabró, fill de puta! Que estas cec? -recalcaban los foráneos.
Una vez más, los de Cabanes defendían al árbitro...
- Malcriats, pocavergonyes, masovers. -al tiempo que, más de una vez, las cosas iban a más y la Guardia Civil tenía que cortar el altercado con amenazas.
Los ánimos se calmaban momentáneamente pero nadie daba su brazo a torcer.



Al finalizar el partido era frecuente que algunos aficionados y especialmente aquellos "Belloquins" que habían protagonizado el altercado, formaran un pasillo que desde el terreno de juego llegaba hasta los vestuarios y que los alterados espectadores aprovechaban para insultar al árbitro, dándole incluso algún empujón.
Cuando durante el partido había habido alguna jugada altamente polémica, que eran prácticamente todos, se montaba el citado pasillo al que acudían rápidamente la pareja de la Guardia Civil, siempre presente en estos partidos comarcales en los que la bronca estaba asegurada.
Eran tiempos de obligado acatamiento a las órdenes de la Benemérita y los aficionados, sin poner un solo pie en el campo de juego, esperaban la salida del árbitro; pero éste, si veía peligro para su integridad física, no osaba salir del campo y mucho menos recorrer el pasillo que le esperaba amenazante.


La mayoría de las veces el agua no llegaba al río puesto que los guardias, libreta en mano amenazaban con tomar el nombre a quien tocase al juez de la contienda deportiva, pero en más de una ocasión los ánimos se caldeaban hasta el punto de meterse aficionados en el campo corriendo tras el árbitro de turno. Éste siempre más en forma que los perseguidores esquivaba algún que otro manotazo y corriendo hasta su caseta conseguía llegar a ella con la ayuda de los civiles, que cortaban el paso a los acalorados espectadores, pero muchas veces no podían evitar que le alcanzara algún puñetazo.
Aunque los campos de las grandes ciudades están mejor protegidos al respecto, en los pueblos estas cosas siguen sucediendo, por lo que la pregunta es obligada... Por cuatro euros mal contados que cobran los árbitros de este tipo de categorías regionales, ¿Cómo es posible que todavía encuentren voluntarios para pitar estos partidos?

EL ÚLTIMO CONDILL

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