28 de enero de 2010

0034- TEATRO-CINE BENAVENTE DE CABANES.

Mucho habría para contar sobre esta histórica sala de cine y espectáculos, pero no podemos alargarnos demasiado y me limitaré por tanto a reseñar cuestiones generales, aliñadas con alguna anécdota si cabe.

CINE
En lo que se refiere a la sala como cine, ya son muchas las cosas que tengo escritas (ver blog) y no quiero reiterarme demasiado sobre el particular, por lo que me referiré a los grandes esfuerzos y pundonor personal que empleaba el llamado Arturet "el sastre", no solo en el extremo cuidado de la clara proyección de la película (maquinista) sino también en su profesionalidad al cuidar las cintas recibidas, no siempre nuevas, y que él siempre devolvía perfectamente saneadas. Un "diez" también como artista (que lo era) para la confección de los carteles anunciadores que consistían en grandes pizarras sobre las que, con tiza de todos los colores imaginables, presentaba no solo el título en letras siempre diferentes y espectaculares, sino incluso algún pequeño dibujo referente al tema que en la cinta se trataba.
Otro "diez" también para Laureano Boira, el empresario que regentaba la sala, que para satisfacción de todos los cabanenses proyectó siempre los films más actuales, con una premura digna del mejor cine de la capital. La gente de Cabanes no le falló nunca y el lleno dominical estaba garantizado de antemano pero, aún así, creo que tampoco recibió nunca una palabra amable por el esfuerzo económico que puso siempre al servicio de sus conciudadanos. Naturalmente que él luchaba por su negocio, pero traer a un pueblo de 2.500 habitantes las películas más actuales y los mejores artistas del momento, era sin duda un riesgo económico que nunca se le agradeció suficientemente por lo que yo, en este momento y porque considero que el pueblo se lo debe, quiero públicamente hacerlo constar.

ESPECTACULOS:
En esta sala y en la modalidad de Variedades actuaron todos los artistas más importantes de la época: Antonio Machín, Rafael Conde "el Titi", Juanito Valderrama y Dolores Abril, Rafael Farina, Pepe Blanco y Carmen Morell, Antonio Molina, etc. etc. etc., todos ellos siempre arropados por diferentes compañías de Revista, cuya variedad siempre agradaba al público de entonces. Era impensable un concierto exclusivo en aquellos tiempos, como ahora es costumbre y los cantantes, aunque siempre anunciados de forma destacada, iban siempre acompañados de un espectáculo de "Varietés".
En los bajos del escenario y con una altura que obligaba a ir encorvado hasta al más bajo de los artistas, estaban los camerinos. Se accedía por sendas puertas, situadas a derecha e izquierda del escenario y que daban a la sala. Para los más famosos y exigentes, que no querían que el público les viera antes de la actuación ni después de ésta, había una puertecita que desde la parte trasera del escenario y a través de una pequeña escalera, accedía a uno de los patios laterales y desde allí a la calle.
Los camerinos eran una especie de cuartitos que no cumplían las expectativas del más humilde de los artistas, pero no había más. Entonces, como ahora, era frecuente que los más jóvenes fueran a pedir algún autógrafo a las celebridades y se hacía cola para llegar hasta el "camerino" del cantante en cuestión, que compensaba la paciencia con una foto dedicada, aunque no siempre. Unas semanas antes el empresario editaba folletos anunciando el espectáculo.
Estos folletos los repartía un par de domingos antes a los espectadores del cine de Cabanes y a los del cine de Benlloch, que también regentaba. Además montaba unos altavoces en un coche de su propiedad y marchaba por los pueblos vecinos, llamando la atención y lanzando la propaganda por las calles. Era suficiente... La semana anterior el papel estaba vendido y media hora antes de la función ya no cabía un alfiler en la sala.
Para este tipo de eventos las butacas estaban numeradas, no las tres primeras filas que eran bancos generales y el "gallinero", donde la gente se apretaba como sardinas en "bota".
A cada lado del escenario un pequeño palco con capacidad para unas 8/10 personas que, paradójicamente, siempre ocupaban los mismos; la flor y nata local, o sea, los solteros maduros de la localidad que aprovechaban su proximidad al escenario para increpar a las bailarinas y vedettes, alargando las manos más de la cuenta y lanzándoles chaquetas y jerseys, como si de corrida de toros se tratara. Gracias a ellos el espectáculo aumentaba el divertimento del resto de espectadores. Las artistas no se molestaban por ello y el espectáculo, cómico-musical al fin y al cabo, ganaba en risas generales que es siempre el objetivo de estos eventos.

AMBIGÚ
En todos los casos de cine o variedades, primeramente Paulino y posteriormente Vicentica "la Valenta", tenían instalado en el Hall del teatro Benavente su tenderete de chucherías, gaseosas, rosquilletas y cacaus i tramussos que hacían las delicias de los espectadores. En verano "la Valenta" añadió, además, los típicos helados artesanales de vainilla con dos galletas y cuyo grosor dependía del dinero que gastara el interesado. Vicentica, en cada momento que la parroquia le dejaba libre, movía sin descanso el cacharro que envuelto en corcho, cáscara de arroz y hielo, garantizaba la dureza de la masa.
- Rosquilletes, cacaus i tramussos, llimonaes fresques! -gritaba ella.

BAILE DE NOCHEVIEJA
Ante la falta de local adecuado para ello, hasta finales de los 50 y principios de los 60, el baile de Nochevieja se hacía en la sala del Teatro Benavente. Una verdadera barbaridad que no duró muchos años puesto que no había beneficio suficiente que compensara el duro trabajo de tener que desmontar y trasladar las butacas, alquilar e instalar todas las mesas y sillas y pagar una orquesta siempre cara para esa noche tan especial.
Con la sala a rebosar, el entonces llamado champán (ahora cava) corría a borbotones olvidándose todos de la escasez de un día cualquiera. Ante la falta de costumbre la mayoría de los asistentes acababan bebidos en exceso; también las mujeres, por lo que a alguna de ellas, ante lo mal visto que estaba ello en aquellos tiempos, los amigos o familiares solían sacarla discretamente a la calle a través de los patios laterales.
Un desmadre total. La gente olvidaba, aunque solo fuera esa noche, todas las carencias que se vivían durante el año y se disfrutaba al máximo.
Pasada la medianoche y celebrada la entrada al nuevo año, bailar en la pista se hacía difícil y peligroso. Con todas las mesas alrededor de la sala y un círculo central a guisa de pista de baile, los "bailarines" no cabían en la zona habilitada. El piso, de cemento batido extremadamente fino y resbaladizo, así como por la inclinación natural de la sala y por el vaho de tanta aglomeración de personas con tal cantidad de bebida ingerida y desparramada, estaba literalmente mojado.
Más que una pista de baile semejaba una pista de patinaje. Cientos de kilos de confeti y serpentinas absorbían buena parte de esa humedad y facilitaban un poco la estabilidad, pero más de uno acababa cayendo ante las carcajadas de los presentes que lo achacaban al exceso de alcohol.
Un disfrute total para los clientes y para el empresario que se frotaba las manos viendo que el stock de botellas preparadas para el evento acababa agotado en su totalidad.

Unos años después llegaron los primeros televisores, primeramente a los Bares y un poco más tarde a todas y cada una de las casas. Con esto llegó la ruina de las salas de cine y de los espectáculos, hasta el punto de que la llamada Revista o espectáculo de varietés, ya no existe ni siquiera en las más importantes ciudades del Estado. La televisión nos encerró en nuestras casas y acabó con esas sesiones de cine y espectáculos, que tantas veces echamos de menos en más de una ocasión. Sencillamente ya no son rentables por la escasez de espectadores.

Con respecto a los bailes de Nochevieja, se probó a hacerlos en algunos almacenes particulares de la localidad: Bartolet, Rosiñol, etc. pero eran pequeños y faltos de todo. Mal sonido, deficiente iluminación y la mayoría con paredes de ladrillos sin enlucir, sin servicios y consiguientemente ilegales para otro destino que no fuera el de almacén de aperos de labranza.
Las emisoras televisivas ya hacían espectáculos monumentales para esa noche y la gente dejó de acudir a unos bailes que no tenían condiciones de ningún tipo.

Así finalizó aquella etapa que ya no volvería a ver la luz hasta la apertura de la Discoteca de la localidad. El empresario de la citada discoteca devolvió el esplendor de esa noche a Cabanes pero, unos años después, también optó por anularlos reforzando la sesión de discoteca. Las orquestas cobran mucho dinero esa noche... los CD cuestan bastante menos.
No hay nada en este mundo que dure para siempre.
En cuanto al Teatro Benavente, objeto de este artículo, allí espera impasible que le asignen nuevo destino. Una espera que va para largo y que mucho nos tememos que finalice con su derribo.

EL ÚLTIMO CONDILL

No hay comentarios:

Publicar un comentario