1 de diciembre de 2009

0022- CABANES 50 AÑOS ATRAS.

Cabanes era ya en los 50/60 la envidia de los pueblos vecinos. Lo era incluso cien años atrás cuando (llegando a los 3.000 habitantes) superaba a algunas de las que hoy son principales ciudades de la provincia. Después bajó el número de vecinos, siendo en los 60 unos 2.000.
La famosa Fuente del Buensuceso, una fuente inagotable instalada en la plaza principal y algunas otras en puntos limítrofes del municipio, facilitaban a toda la población el necesario elemento. Pero eran muchos otros los servicios de los que el pueblo disponía...

Profusamente iluminadas sus calles, con sendas farolas adosadas a los muros de las casas, cada una de ellas apenas a un centenar de metros de la anterior y con una bombilla de 40 vatios... ¡el día se hacía interminable! Con tanta luz en las calles (?) en verano, tras la cena, los vecinos solían sacar unas sillas a la calle para pasar un par de horas al fresco donde, en compañía de sus vecinos, ponerse todos al corriente de las novedades de la jornada o degustar la primera sandía cosechada.
Cierto es que los accesos a la población no eran los más idóneos puesto que, aparte la carretera de Zaragoza que pasaba extramuros, el resto eran caminos de tierra con profundas rodadas producidas por la multitud de carros que entonces había, todos ellos con estrechas ruedas de hierro, pero poco a poco las cosas fueron mejorando.

Fué por aquellos años cuando se construyó la carretera que va al Arco Romano y cuando se asfaltó la de La Ribera. Una compañía de "Burreros" vino de La Mancha para convertir el sueño en realidad. Llevaban más de veinte burros y dueños y animales se instalaron en el Hostal de Amado, junto a la carretera de Zaragoza.
Los burros, con sus correspondientes alforjas, acarreaban la piedra y sus dueños se encargaban, con sendos martillos, de convertirlas en "machaca". Los pequeños montones de piedra partida se repartían a lo largo de toda la futura carretera y también dentro de la población, puesto que se considera que esta carretera empieza en la de Zaragoza, delante de la "villa de La Xurra", atravesando de parte a parte la localidad con lo cual también esas calles fueron alfaltadas.

Para Cabanes, población eminentemente agrícola, supuso un gran alivio disponer de unos kilómetros de excelente camino que llevara a los vecinos a sus quehaceres diarios, sin los baches y las frecuentes piedras con las que los caminos de tierra estaban plagados. Unos años después llegarían ya los primeros carros con ruedas de goma, que aliviaron las posaderas de sus dueños y los destrozos de los caminos.
El recibimiento de los foráneos, procedentes de la parte de Castellón, lo hacía el "río Ravachol", lugar de juego para los niños de los barrios colindantes que buscábamos las escasas ranas que el eterno caudal, de sucias aguas provenientes de los lavaderos municipales, permitía que se criasen. Mas frecuentes eran las cucarachas de agua puesto que ellas, en los eternos charcos de aguas putrefactas, se multiplicaban sin mayor problema.

Las calles de la población, entonces todas de tierra, eran el destino del agua de lavar platos y cacerolas y por lo tanto de los últimos granos de arroz que habían quedado pegados al fondo del puchero. Los materiales empleados en tan exhaustiva limpieza, eran unos restos de cordel viejo deshilachado (a modo de estropajo) y un puñado de arena, rascada unos días antes de la piedra original de arenisca que abundaba en las inmediaciones de la localidad. En las casas no había agua corriente ni por tanto alcantarillado en las calles, por lo que se carecía de cuartos de aseo (a lo sumo un retrete, con fosa séptica al que se echaba un cubo de agua tras su uso y que había que vaciar de vez en cuando).

Las ineludibles "necesidades fisiológicas" se hacían casi siempre en el corral, en el campo, en un retrete en la parte trasera de la casa, etc. No más de una docena de casas tenía fregadero en la cocina, alimentado por un depósito de agua instalado en el terrado, pero ello implicaba la necesidad de llenarlo con agua previamente traída con cántaros de la fuente y subirla por las escaleras. Tan trabajosa era esta labor, que el depósito estaba permanentemente falto de agua.

Constituía una novedad, frecuente en verano, la llegada de "saltimbanquis" que anunciaban su espectáculo armados con un tambor y una vieja trompeta que sonaba con poca profesionalidad. Un ligero andamio/trampolín y una pequeña escalera como único material y un mono y una cabra como vivo complemento a sus escasas habilidades, constituían todo el patrimonio que los "artistas" llevaban consigo, pero para los niños del pueblo era más que suficiente para romper la monotonía.
La actuación se realizaba invariablemente en la Plaça de la Farola (hoy denominada de La Constituciò) y la asistencia era, por tanto, gratuita aunque a mitad del espectáculo los actuantes pasaban "el plateret" pidiendo una colaboración económica que permitiera al menos su sustento. La petición estaba más que justificada pero, la mayoría de los niños, no llevando ninguno de ellos ni un solo céntimo en el bolsillo, salían disparados para no tener que sufrir la afrenda de los feriantes ante su falta de pago.

A pesar de todas las penalidades aludidas, nuestro pueblo destacaba sobre otros de la comarca y lo hacía para bien. Nada menos que ¡¡¡ TRES CINES !!!
El cine-teatro Benavente, en el que se proyectaban las más novedosas películas y en el que actuaban los más famosos cantantes de la época (Machín, el Titi, Juanito Valderrama, etc.) y dos cines de verano. El Astoria, en el número uno de la calle Teatro y El Trinquet en la parte trasera del Café de Xulla en el que, en los meses de verano, se celebraba todos los domingos a la salida del cine el típico "Ball de vermut"; razones más que suficientes para destacar sobre los pueblos vecinos.

Cabanes tenía dos orquestas (La Ildum y La vella) y ambas alternaban sus actuaciones en ese baile dominical a cambio de una módica retribución o simple comisión sobre las consumiciones realizadas, único desembolso que los asistentes habían de sufragar, salvo en determinadas fiestas especiales que se pedía una simbólica entrada. Alguna consumición era obligado realizar aunque los aperitivos (vermuts), que era el nombre al que hacía referencia el baile en cuestión, pocos, porque ello implicaba dos consumiciones (tapa y bebida) y el dinero escaseaba. Salvo fechas especiales o alguna celebración, lo habitual era pedir una cerveza los chicos y una naranjada las chicas. Tampoco había mucha sed, puesto que la comida no habia sido muy abundante y y lo importante era bailar... ¡y cuanto más arrimados mejor!

El cine era gratis para los niños, que aburrían al personal con sus carreras y griterío. Los mayorcitos, que ya pagaban entrada, se sentaban en las tres primeras filas que eran bancos generales y los controlaba el "Tio Vicent el Teulé" encargado de ese menester y por el cual no ganaba seguramente ni un solo céntimo, salvo ver la película gratis. Los más pequeños, como no pagaban, se sentaban sobre las rodillas de sus padres y ante la frecuencia de "necesidades menores" las hacían allí mismo a sus piés por lo que, al descanso de la proyección y especialmente al final de la película y bajo la pantalla, había siempre un charquito de orines, alimentado por la multitud de chorritos que bajaban del patio de butacas, cuyo pavimento era de hormigón pulido.
Una cosa destacable de la época era la frecuencia con la que se iba la luz, en muchas ocasiones dos y tres veces por sesión. La gente estaba tan acostumbrada que ya se lo tomaba con cierto cachondeo y al apagarse la proyección todos a una gritaban... ¡ooooooh!, mientras que cuando la luz volvía gritaban nuevamente todos... ¡aaaaaah!, en ambos casos seguido ello de las carcajadas de los espectadores que, de esta forma, descargaban el natural enfado.

En cuanto a los juegos infantiles, los niños de entonces jugaban permanentemente en la calle con el aro, a "guá", a indios y vaqueros, etc. Como las calles eran todas de tierra y llovía con frecuencia y las mujeres tiraban el agua de la limpieza a la calle, ésta estaba permanentemente embarrada, por lo que también era bastante común el jugar a "pastá fang". (Jugar con el barro)
Juegos de niños (de pueblo)... ¡Una delicia!
Esta expresión se utilizaba también entre los adultos (ves a pastar fang) como equivalencia a la de mandar a alguien a la porra o "a freir espárragos".
A pesar de todas las miserias relatadas, estoy convencido de que 50 años después los actuales habitantes, niños y mayores, no son más felices por mucho que las cosas hayan mejorado. Los niños porque carecen de maldad en cualquier circunstancia y los mayores porque cuanta más pobreza hay, más amor y menos egoismos.

EL ÚLTIMO CONDILL

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